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Casteldefels
Spanien 2025/26 - Tag 28
Damas y Caballeros! Señoras y Señores!
Für uns geht es zurück nach Frankreich.
Gebucht haben wir für den nächsten Zwischenstopp nichts, wegen der anhaltenden Bauernproteste, die aktuell die Autobahnen blockieren.
Bis kurz vor Girona bleiben wir auf der Autobahn, denn da zeigen sich die ersten Warnhinweise.
Dann fahren wir über Landstraßen weiter.
Wir finden einen Reiterhof mit großem Turnierplatz und großem Parkplatz.
Hier frühstücken wir erst einmal in aller Ruhe.
Danach kann man wieder ein Stückchen Autobahn fahren...
... dann müssen alle wieder runter.
Die Polizei stellt sicher, dass der Schwerlastverkehr gut durch kommt.
Wir umfahren wieder weit räumig ...
Das ist uns sonst viel zu viel zu viel Trubel.
Um Figueres herum sind die größten Proteste.
Da müssen sich alle in Geduld üben.
So nett bleibt es nicht:
Kurz darauf schon wieder eine kleine Rudelbildung:
Da hat ein Fahrer gegen den Kapitalismus des Coca Cola Konzerns protestiert und die Ladung im Kreisverkehr deponiert.
Und hier kommt auch schon gleich die nächste Vollsperrung:
Andorra grüßt aus der Ferne:
Und es geht über die Grenze nach Frankreich.
Da ist der Grenzübergang.
Frankreich ist erreicht!
Dann wollen wir mal die nächste Autobahnauffahrt suchen.
Angekommen auf dem Aire de Camping Car bei Beziers.
Es gibt Strom sowie Versorgung und Entsorgung von Wasser.
Duschen und Toiletten gibt es nicht.
Dafür kostet der Platz keine 20 Euro.
Das geht für diesen Preis in Ordnung.
À bientôt!
Angie, Micha, Honey und der Hasenbär
26.04.2025 UE Figueres - UE Castelldefels 1:2 Estadio Municipal de Vilatenim (170)
#limpieza #defuncion #fallecimiento #castelldefels | 629 501 941

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Primer baño
Es viernes después de comer y sigo estando en el centro de la ciudad, en plena ola de calor, a oscuras, con las persianas bajadas por completo, en mi habitación. He pasado la mañana trabajando y aunque podría seguir, no tengo ganas ni ánimo ni urgencia para hacerlo. Es otro viernes; he visto el video semanal de David Lynch en Twitter X, y a pesar del calor y de lo entrado del verano, todavía no he ido a la playa. He estado en otras playas, pero no en estas, no en la ciudad. ¿Por qué no? Es viernes después de comer y decido ir a la playa.
Me bajo del tren en Castelldefels y había olvidado que aún queda media hora de camino hasta el agua. Recorro la Avenida de la Pineda, en una sola línea recta que une el pueblo con la costa. Voy andando en chanclas, por el lado derecho porque hay sombra, por las aceras que crecen desde los edificios costeros, escondidos tras los toldos verdes y naranjas y algunos con rayas, como cítricos. Los que han bajado del tren en la misma parada caminan junto a mí por el lado derecho, siempre en la misma dirección hacia la costa, porque todavía es solo la hora de ir y no la de volver. La playa de Castelldefels es larga y bastante ancha. Es de esas playas en las que al mirar de punta a punta no se distinguen los finales. Entre medias yacen cuerpos esparcidos sobre la arena. Busco un lugar alejado de grupos, niños, chiringuitos y músicas y me tiro al agua nada más extender la toalla porque no soporto la espera. Lo que más me gusta de bañarme en el mar es que, en el momento de entrar, cuando las olas ya ocupan todo el campo de visión y en los ojos solo caben el agua y el cielo y alguna boya amarilla sobre el horizonte, aquello que queda a las espaldas desaparece. La imagen que veo al entrar me es tan familiar porque la he encontrado todas las veces que he entrado en los mares. Siempre se entra en el mismo. Y al estar dentro, dejo de estar en la playa, en Castelldefels, y regreso a un territorio ancestral que solo existe en los límites, en playas, cuevas y acantilados, y tal vez en otros abismos.
Estoy en el primer baño. Miro hacia la arena, a lo largo de la costa ondean banderas en postes equidistantes. Hace viento, así que hoy han colgado las amarillas. Veo una medusa entre las algas y vuelvo deprisa a la orilla. Me tumbo sobre la toalla cuadriculada, saco el Menos que cero y leo hasta que me empiezan a arder las pantorrillas. Todavía es temprano y el sol insiste y abrasa y hay que tener cuidado. Me echo crema por todas partes porque estoy muy blanca. Aparece una chica de pelo moreno y ondulado que se tumba no tan lejos de mí, aunque sí lo suficiente para impedirme ver el título de su novela. Distingo el dibujo de un camaleón en la portada. La chica hace topless y el pelo le cuelga hasta la cintura, pero ella no le presta atención. Me voy al agua. Esta vez no encuentro medusas y estoy más relajada. Me doy un baño, corto. ¿Cuánto dura un baño? Miro las nubes usando el brazo de almohada y pienso en helados y en fumar y al final me encapricho con ambos y compro un polo en el chiringuito y leo mientras la nata se va derritiendo sobre este libro. La chica morena tiene compañía, una amiga más rubia con el pelo igual de largo que se queda en bragas nada más aparecer. Pienso «qué majas» hasta que llega el tercero del grupo, un tipo de abdomen curtido que resulta ser el ligue de la primera, y ambos se sumergen debajo del agua para hacerse arrumacos mientras la rubia se queda a solas con el camaleón. Yo no hago topless ni hago nada desde hace un rato más que observar esta plaza de arena donde parece que todo está permitido, incluso mear en el agua y quitarse las bragas unos segundos para calzarse unas secas.
A las siete anuncian por megafonía el cese del servicio de salvamento. Los amantes regresan a las toallas y el cielo cuelga preñado de unas nubes negruzcas que envían las montañas. Las familias recogen, se hace tarde y aún hay que ducharse. Antes de irme corro al agua, me encojo entre las olas de tarde, grises, perladas, mercuriales, que ya no dejan entrever los pies ni las medusas. Después hago la maniobra de la toalla, me descubro y salgo vestida de ciudad. A esta hora sí me gusta la playa.
De camino al tren estiro de unas buganvillas y hago fotos borrosas de coches desde el puente que se eleva sobre la autopista. Son más de las ocho y hacemos el camino de vuelta por la Avenida de la Pineda, dejando a las espaldas un rastro de mar. Aunque podríamos, nadie silba, y parece que va a llover.