🌙 "Él aparece en mis sueños"
Una historia sobre encuentros que sólo podrían suceder en la dimensión donde el alma no miente.
Era una tarde sin tiempo. No había relojes, ni ruido de autos, ni sombras largas en el suelo. Todo estaba cubierto por una luz blanca, suave, casi líquida. Como si el mundo estuviera hecho de algodón y sol.
Yo estaba sentada en una banca de madera, bajo un árbol sin nombre, en un parque que no recordaba haber visitado nunca. El aire era perfecto. Y entonces lo vi. Él.
El adolescente distante que caminaba con seguridad y al que todas miraban. Tranquilo, serio. Con los ojos más profundos, como si hubiera vivido mucho desde la última vez que lo vi.
Se sentó a mi lado como si siempre hubiéramos tenido una cita en ese lugar.
—Te estaba esperando —dijo.
No pregunté por qué. No me sorprendí. Solo me acerqué. Y él abrió los brazos.
Nos abrazamos por tanto tiempo que el mundo pareció detenerse. Era como si todo el silencio que había acumulado durante años se derritiera en ese abrazo. No nos dijimos más. No hacía falta. El momento nos contenía.
La segunda vez fue más intensa. La ciudad estaba vacía, como si todos hubieran desaparecido. Era la pandemia, ese tiempo suspendido entre la ansiedad y el encierro. Caminaba sin rumbo, como si buscara algo que no sabía cómo nombrar.
Y ahí estaba él. De nuevo. Esta vez de pie, al otro lado de la calle, mirándome como si supiera exactamente lo que estaba sintiendo. Cruzó sin decir nada. Se detuvo frente a mí. Sus ojos eran exactamente como los recordaba, pero esta vez había algo más. Decisión.
Me tomó el rostro con ambas manos y me besó. Sin preguntas. Sin dudas. Un beso directo, suave, largo.
Me sentí real. Me sentí viva después de semanas de entumecimiento emocional.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba. Pero su calor seguía en mis labios. Su presencia me acompañó como un perfume suave durante días. Como si el sueño hubiera querido recordarme que todavía podía sentir.
III. La llave y el vientre
La última vez fue más extraña. Más cruda. Más humana. Yo estaba embarazada. No sabía de quién, pero lo sentía mío, íntimo, como una promesa dentro del cuerpo. El mundo parecía cerrarse, no tenía dónde ir, y en mi mano apareció una llave. Una vieja llave plateada.
Era la llave de su departamento.
Subí las escaleras, agotada, con el corazón latiendo en el estómago. Abrí la puerta y adentro estaba una chica. Me gritó. Me acusó. No entendía qué hacía yo allí, y la violencia de sus palabras me atravesó.
Me dolió el vientre. Lloré. Lloré como no lloraba desde niña.
Y entonces, como si el universo supiera el límite de mi dolor, él apareció.
Entró, me miró, y no dijo nada. Me abrazó. Me tomó las mejillas como aquella vez en la calle y las besó una a una, secando mis lágrimas sin palabras.
—Ven —me dijo, y me llevó al baño.
Abrió la llave del agua caliente y esperó a que se llenara la bañera. Me ayudó a entrar, sin apuro, con una ternura que nunca había sentido despierta. El agua me envolvió, y él se sentó a mi lado, sin tocarme, solo acompañándome con la mirada.
—Estás bien —dijo, y por un segundo, lo creí completamente.
Fue ahí, en esa bañera tibia, con el cuerpo flotando y el alma en paz, donde me sentí amada de verdad. No como un sueño de cuento de hadas, sino como un amor que no necesita explicación.
IV. Despierto, pero no me voy
Desperté llorando. Llorando de amor. De pérdida. De deseo. De algo que no sé si existe fuera de mi cabeza.
Y sin embargo, no puedo dejar de pensar en él.
No en él como era en el colegio. Ni siquiera como es en la vida real.
Pienso en la versión de él que aparece cuando cierro los ojos. Esa versión que me espera en bancos de madera, que me besa sin permiso pero con ternura, que me cuida cuando duele, que me hace sentir que el mundo puede detenerse un momento para que yo pueda respirar.
No sé si yo misma lo estoy llamando en sueños o si él, de alguna forma, me sueña también.
Pero cada vez que aparece, algo dentro de mí se acomoda.
Como si él fuera el eco de una canción que todavía no sé cantar, pero reconozco cuando la oigo.