La rueda de la fortuna
No podía imaginar un calor más profundo que el que sentía cuando sus ojos café claro se dirigían cuidadosamente hacia ella. El recorrer de su mirada hacia sus labios, sus mejillas y sus ojos le suponían un colapso interior que lejos de parecerse al fuego abrazador que consume un papel con rapidez se asimilaba a un reloj de arena que grano a grano proyecta el paso del tiempo. Así se sentía desmoronándose a poco mientras era totalmente consciente que esos ojos la llevarían como una serpiente a cualquier camino que el destino le deparara. La barba tupida y los pequeños labios de él se acercaban suavemente a su mentón mientras hablaba cuidadosamente para evitar a los entrometidos que los merodeaban. Era como un tanque de tiburones acorralando a sus presas mientras que para ellos el mundo giraba alrededor de sí mismos ignorando por completo que la muerte y el amor los rodeaban pacientemente.
Había un misterio que las partículas guardaban entre ellas en el reducido espacio que separaba sus cuerpos. No había explicación en el mundo pudiera dar razón de cómo ese par de corazones habían sincronizado sus latidos con tanta rapidez. Parecía que no hubiese un solo gesto o movimiento en ella que él no previera, nada en ella le tomaba por sorpresa, le era tan familiar que podría jurar que una costilla suya estaba insertada en ella desde que nació.
Fue en medio de toda esa conexión que la fortuna escapó de sus manos entrelazadas como agua y la ocasión abandonó la estancia como el humo que se eleva entre el aire hasta volverse imperceptible. No era posible el amor entre ellos aunque lo hubiera, aunque sus ojos se cristalizaran únicamente al imaginar la ausencia del otro. No había poder humano -ni divino- que uniera a ese par que como enceguecidos deambulan amando con el corazón por delante y los ojos vendados, reventando de ternura ante cualquier estímulo y desechando lo que se les da sin darse cuenta que en sus manos yacen los secretos del mundo.
















