Tuve sobredosis e intenté suicidarme,
Escribí muchas cartas de despedida,
Soñé con mi funeral y como sería,
Y estando totalmente drogada, escribí esto:
No sé qué día fue.
Solo sé que el cielo parecía haber entendido antes que todos lo que estaba pasando.
Porque estaba gris, nublado y frío.
La sala estaba vacía, no porque nadie me quisiera sino porque no había forma de avisar rápidamente. Mis papás no eran muy hábiles con el celular y mis amigos estaban bastante shockeados. Lo había logrado, después de 12 intentos el 13 era el vencido. Luego comenzó a llenarse.
Había personas que no se conocían entre sí y, sin embargo, todas tenían una versión de mí, pero distinta. Mis compañeros de trabajo que recordaban mi obsesión por ayudar a cualquiera. Mis amigas que todavía guardaban las pocas cartas escritas a mano. El vecino que apenas me había tratado, pero que siempre recibía un "buen día" aunque yo estuviera rota por dentro.
Mi mamá no lloró al principio.
Se quedó inmóvil.
Como si aceptar que ese cajón era real significara aceptar una verdad para la que nadie está preparado.
Mi papá miraba el piso.
Él si lloraba, siempre fue de lagrima fácil.
Lo consolaba la hermana, la misma que cada vez que podía me lastimaba con sus palabras.
Mi hermano tenía los ojos perdidos, intentando sostener a todos mientras se desarmaba por dentro.
Nunca me quiso mucho, pero supongo que no se esperaba que pase eso.
Mis amigos se abrazaban entre ellos porque ya no tenían a quién llamar cuando la vida se les viniera abajo. Ni tampoco a quien molestar cuando estaban aburridos, mi casa ya no seria la sede de encuentro.
Mis mejores amigos que siempre dijeron que querían mis libros, mis zapatillas y mis perfumes, no querían saber nada con eso, sólo darían lo que fuera por no haberme perdido.
Hubo personas que hacía años no hablaban conmigo y viajaron a despedirse.
Porque entendieron demasiado tarde que uno siempre cree que queda tiempo.
—Fer tenía una forma muy rara de amar. Hacía sentir importante a cualquiera que se cruzara con ella.
Otra persona respondió entre lágrimas:
—Y nunca entendió lo importante que ella era.
Todos asintieron en silencio.
y entonces mi mamá les dio una caja.
Era una caja llena de cartas.
Cartas que nunca envié.
Cartas para personas que amé.
Para personas que me rompieron.
Para amigos.
Para mi familia.
Y una que decía solamente:
"Abrir cuando yo ya no esté."
Nadie quería leerla.
Hasta que una de las personas que más había amado respiró hondo y empezó.
"No lloren demasiado por mí, o sí, pero les pido por favor que no me olviden, sanen, sigan adelante, pero recuérdenme con las sonrisas que siempre me sacaron. Si alguna vez me quisieron de verdad, háganme un favor. Abracen más. Perdonen antes. Digan 'te quiero' aunque les dé vergüenza. No esperen a un funeral para decir las cosas lindas que todavía están a tiempo de decir. Porque yo pasé demasiados años creyendo que siempre iba a haber otro momento. Y a veces, el otro momento no llega."
La voz empezó a quebrarse.
No pudo seguir.
Otra persona tomó la carta.
Después otra.
Nadie era capaz de terminarla completa.
Cada uno leía dos o tres líneas antes de romperse.
Y fue ahí cuando todos entendieron que el verdadero peso de una ausencia no está en la muerte.
Está en todas las conversaciones que quedaron pendientes.
En todos los abrazos que se postergaron.
En todos los "después te llamo".
En todos los "algún día nos vemos".
Cuando terminó la ceremonia, nadie se fue enseguida.
Porque irse significaba aceptar que esa iba a ser la última vez que iban a estar tan cerca de mí.
Entonces pasó algo que nadie esperaba.
Una de mis amigas recordó algo, yo le había pedido que ponga música divertida, que me despidan con alegría.
Y mi mejor amiga dijo que yo amaba que me escriban cartas, así que sacó el cuadernito del principito que me había regalado con muchas cartas y fotos y lo abrió en una hoja en blanco. Escribió: "te amo, sé que no lo escuchaste a tiempo" Lo dejó sobre una mesa con una lapicera al lado.
Sin decir una palabra.
Uno por uno, todos empezaron a escribir.
Historias.
Perdones.
Gracias.
Recuerdos.
Promesas.
Al final del día, el cuaderno ya no tenía hojas en blanco.
Porque, aunque yo ya no pudiera escribir una sola palabra más, había conseguido lo que siempre quise sin darme cuenta.
Que las personas se animaran a decir lo que sentían antes de que fuera demasiado tarde.
Me despidieron con amor, con el mismo amor que me dieron durante años, y yo sólo miraba desde un lado oscuro y desvaneciéndome que por fin ya podía descansar en paz.
No dejen nunca para mañana ese llamado, ese te quiero, ese te amo, ese te extraño, porque a veces, no existe un mañana.