Él era siempre la palabra que se lleva el viento y nadie escucha, ahogada entre otras más sonoras o de bocas más atractivas. También era la frase que nunca salió de su mente, que murió coñaceada por las propias inseguridades que agobiaban su ser.
Solía ir a caminar por Sabana Grande y sentarse en un café, pedir un con leche y fumarse un cigarro mientras hablaba consigo mismo sobre ucronías. Tal vez Hitler solo necesitaba a alguien que creyera en su vena artística. Entonces, dentro de un hilo de circunstancias menos desafortunadas, la Magnum Opus de Adolf hubiera sido una bella pintura de la torre Eiffel junto al Sena y no la catástrofe esvástica.
Una de tantas tardes, vio ocupado su pequeño pensadero, la mesa de siempre fue expropiada por una dama de tez oscura que disfrutaba de una amena lectura de periódico y un cachito de jamón con queso crema.
Se dirigió a la mesa y se sentó junto, sacó un Marlboro de su bolsillo.
— ¿Qué piensas de los extraterrestres? — dijo Omar; Bárbara dejó el diario a un lado al mismo tiempo que él llenaba sus pulmones de nicotina.
— El universo es muy grande, algo debe haber allá afuera.
— Pues yo creo que ese algo de allá afuera es más que marcianitos verdes, eso es demasiado simple. Aquello que está fuera de este planeta es el producto de milmillones de años de evolución y al final, la perfección, es prescindir de un cuerpo físico para la mera existencia. Entonces, tanto el vacío como las leyes físicas que al final rigen todo lo conocido, son los extraterrestres en la cúspide de su cadena evolutiva. Son cuantificables y están ahí.
Omar pidió un con leche antes de continuar, Bárbara daba mordisquitos de cuando en vez entre diálogos al cachito.
— Nunca me había pasado por la cabeza porque suena demasiado rebuscado, es más sencillo indagar en el propio sufrimiento antes de intentar creer entender qué coño es lo que nos rodea — comentó ella, se limpió la boca con una servilleta— por ejemplo, no somos los mismos en el parque, con mamá, con los panas, ni somos los mismos en la universidad, en el trabajo, en casa o en una fiesta. Nuestro comportamiento y quienes somos está condicionado por el rol que se la sociedad nos impone además del lugar y con las personas que coexistamos en el ahora, eso me lleva a pensar que uno realmente es quien es cuando se deslinda de personas y lugares; y la única forma de hacerlo es a través de los sueños. Por lo tanto, en el plano onírico es donde realmente podemos ser Bárbaras.
— Ah, entonces ¿ese es tu nombre o eres una caraja bárbara en serio?
— Mi nombre es lo que me define, además de los poemas haiku en francés que escribo para este maldito periódico.
“La petite sérénade des chicharras annonce au soleil il va mourir; doucement, ses revêtent les étoiles sur le ciel et entre les gestes affectueux, accueille la lune. Le soleil est une étoile, imbécile”.
“Quand il se réveilla, il a pleuré sur la mort de son père aux mains du chien qui a dû sauver”.
“l'œil du front salue les étrangers qu'il voit alors qu'il passe entre les émotions dispersées”
No era importante el significado de las palabras mal unidas, la belleza artística radicaba en el todo.
Comentaban constelaciones hechas pecas en la piel de los amantes, ladridos de los perros que se vuelven saludos por la tarde paseando en El Hatillo, comer helado sabor felicidad en cualquier puestico, o comprarlo a un guyanés en medio de la calle.
Era una conexión sin precedentes en la vida de un tipo que era siempre la palabra que se lleva el viento y nadie escucha.
De pronto se vio a sí mismo, frente al Café de siempre, observando a una bella dama de tez oscura expropiando su pensadero. Tomó un cigarro del bolsillo de su camisa, lo encendió y se fue caminando, porque al final todo es una ucronía.