━━━ ∗ 𝐓𝐀𝐒𝐊 𝟎𝟎𝟐 : interrogatorio.
𝘌𝑁 𝐿𝘈 𝘗𝐸𝘕𝑈𝘔𝐵𝘙𝐴 𝐷𝘌𝐿 𝐶𝘖𝑁𝘍𝐸𝘚𝐼𝘖𝑁𝘈𝑅𝘐𝑂 𝐴𝘗𝑅𝘌𝑁𝘋𝐼́ 𝑄𝘜𝐸 𝐸𝘓 𝘗𝐸𝘙𝐷𝘖́𝑁 𝐸𝘚 𝘜𝑁 𝐴𝘙𝑀𝘈 𝘋𝐸 𝐷𝘖𝐵𝘓𝐸 𝐹𝐼𝐿𝑂. ( @losavntos )
Se adentra en la sala de interrogatorios con semblante cansado y serio, no luce tan sereno como debería. Ha intentado descansar, ha intentado convencerse de que él no está pisando en falso. ¿El problema? La gente que quiere, sí. Camina tras su abogada, una mujer imponente pese a su baja estatura, de hebras rojizas y unos ojos verdes que a pesar de lucir dulces, podrían atravesarte como una flecha. Voltea a ver de soslayo a su abogada, y siente que es demasiado, que no la necesita, mas está ahí por insistencia de su madrina. Se hacen las introducciones pertinentes, se explica el proceso, y Sage solo guarda silencio en medio de asentimientos y monosílabos
¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐜𝐮𝐦𝐩𝐥𝐢́𝐚 𝐜𝐨́𝐦𝐨 𝐥𝐚 𝐦𝐚𝐧𝐨 𝐝𝐞𝐫𝐞𝐜𝐡𝐚 𝐝𝐞 𝐌𝐚𝐮𝐝𝐞 𝐂𝐚𝐝𝐝𝐞𝐥?
Primera y directo a la yugular. Traga con fuerza mientras mira el vaso de agua que se le ha ofrecido y frunce ligeramente los labios. “Mano derecha suena… ¿Cómo decirlo? Maquiavélico,” junta las cejas, observa al detective Jeperson con ojos entrecerrados y la cabeza inclinada. “Siempre le llaman de ese modo a los villanos en las películas— tienen un compinche mucho menos interesante al cual llaman mano derecha, porque lo cierto es que sin él, el villano no sería nada,” explica, y un detective se ve más fastidiado que el otro, pero para empezar, le tienen paciencia. “Maude confiaba en mí porque soy observador. Y le venía bien tener un ojo en el resto del alumnado, dadas las circunstancias. No me malentiendan,” se corta, alzando una mano ligeramente. “Nunca rompió el secreto profesional,” miente a medias. Las cosas que sabía Sage eran en base a descripciones sin nombre que Caddel le brindaba, para luego hilarlas a raíz de lo que veía y escuchaba por los pasillos. “Yo solo… Repetía lo que escuchaba en Pomona.”
¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐭𝐢𝐩𝐨 𝐝𝐞 𝐢𝐧𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐩𝐢𝐥𝐚𝐛𝐚 𝐲 𝐜𝐨𝐧 𝐪𝐮𝐞́ 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝?
Pestañea un par de veces y encoge los hombros. “Cosas banales,” resume, y sabe que no será suficiente para los sabuesos que tiene frente a sí, por lo que empieza a elaborar: “Pomona podría ser digno de un caso de estudio. El síndrome de la gente rica que lo tiene todo, pero aún así es infeliz, y siempre quiere más,” él no lo entendía, pues teniendo todos los bienes que su madrastra le otorgó, no podía comprender como para otros no simplemente no era suficiente. “Muchos de los que juegan a ser dioses entre humanos, en realidad, son bastante pequeños de autoestima,” alza las cejas, hombros suben y bajan de nueva cuenta. Mira de reojo a su abogada, que le da permiso a continuar por ese camino. “La gente en la universidad me subestimaba y veía hacia abajo por ser becado, lo cual fue decisión propia. No sabían que podía entrar a Pomona con el dinero de mi madrina, que de hecho estudió allí también. ¿Park Minji? Es como la Tomb Raider surcoreana,” busca bromear, y está seguro de que le habría arrancado una risilla a Varela si no fuese por la seriedad del momento. “Así que,” retoma entonces. “Me enteraba de muchas cosas porque me veían como un ente silencioso y sin memoria. No importaba si me enteraba de sus secretos, por cuenta propia o porque ellos los comentaran— No importaba que Sage Hwang supiera esas cosas. Era irrelevante.”
¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐬𝐚𝐛𝐢́𝐚 𝐞𝐱𝐚𝐜𝐭𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐞 𝐞𝐥 𝐞𝐧𝐭𝐨𝐫𝐧𝐨 𝐝𝐞 𝐀𝐦𝐞𝐥𝐢𝐚, 𝐎𝐭𝐢𝐬 𝐲 𝐀𝐥𝐟𝐫𝐞𝐝 𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐬𝐮𝐬 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐞𝐜𝐭𝐢𝐯𝐨𝐬 𝐢𝐧𝐜𝐢𝐝𝐞𝐧𝐭𝐞𝐬?
Inspira algo de aire por su nariz, emitiendo solo un tenue sonido que apenas se alcanza a oír. “Bueno, no creo poder decirles algo que no sepan ya después de varias horas aquí, y otros tantos años arrastrando los casos,” se estira levemente en su asiento, los observa a ambos. “Que Alfred era odiado y amado por muchos,” intenta disimular el disgusto cuando menciona aquello. Recuerda a mejor amiga mirarlo con ojos brillantes, y el malestar se instala en su estómago. “Si me preguntan mi opinión, creo que más bien la gente le temía. Es mejor estar sentado alrededor del rey que recogiendo migajas con el último eslabón,” presiona labios entre sí. Sage no tenía una mala relación con Buchanan, tampoco era tonto. Siempre fue imparcial ante el público, pero tenía sus opiniones bien forjadas en el interior. “Amelia también tenía lo suyo. El mal carácter no la ayudaba mucho, y sé que eso le ganó bastantes enemigos,” relame inferior. “Y Otis… Demasiado bueno, demasiado justiciero,” presiona labios entre sí, como quien da a entender que ese fue su tiro de gracia. “Era mi amigo, así que perdonen si mi opinión está sesgada, y mejor tómenlo con pinzas,” se asegura de aclarar, a lo que su abogada lo mira y asiente imperceptible. “Creo que ese buen corazón fue el que lo llevó a la ruina.”
¿𝐄𝐧 𝐪𝐮𝐞́ 𝐦𝐨𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐜𝐨𝐦𝐞𝐧𝐳𝐨́ 𝐚 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐥𝐞𝐜𝐭𝐚𝐫 𝐢𝐧𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐫𝐞𝐥𝐞𝐯𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐨𝐬?
Las cejas se encuentran ligeramente, como quien juzga de entrada la pregunta que recibe. “Lo dice como si hubiese sido algo… No sé, sumamente premeditado,” una risa monosílaba y apagada abandona sus labios. Mira a su abogada, luego a los detectives. “No sé qué clase de acosador están sugiriendo que soy,” pretende ofenderse, aunque si lo analiza bien, lo cierto es que siempre ha recolectado ese tipo de datos, la cosa es que nunca fue malintencionado. Además, accionar se amplificó cuando Maude Caddel le hizo sentir útil y especial, incluso con potencial como el de ella. “No es como que hubo un antes y un después, detectives. Como les dije previamente, soy una persona observadora, la gente habla. Simplemente era cuestión de unir las piezas…” deja la oración al aire, pero Varela y Jeperson lo miran expectantes. “Me gusta mantenerme al margen, detectives. No necesitaba esta información sobre ellos, simplemente llegaba a mí. Nunca hice nada con ella.”
¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐥𝐞 𝐨𝐫𝐝𝐞𝐧𝐨́ 𝐌𝐚𝐮𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐧 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐞𝐜𝐭𝐨 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐭𝐞𝐬𝐭𝐢𝐦𝐨𝐧𝐢𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐚𝐥𝐮𝐦𝐧𝐚𝐝𝐨?
“¿Ordenar?” bufa, frunce el ceño. Sí, está molesto con Maude, tiene dudas y preocupaciones, pero de eso a echarla a las vías del tren había una brecha considerable. “¿Recuerdan lo que les dije del compinche del villano?” alza las cejas, y ahí nota que Jeperson empieza a perder la paciencia. Él se mantiene en su posición. Al final, el Valium estaba jugándole a favor. “Maude Caddel nunca me ordenó absolutamente nada. Teníamos una relación de mentora y alumno, al igual que con Clemente. A ambos los respeto y admiro mucho, así que tengan por seguro que no soy el peón que están insinuando,” pero está tan equivocado. Él no era más que una pieza en el tablero de ajedrez, igual que el resto de sus compañeros. Al final, becados o no, todos padecían la misma condición. Jeperson mira a Varela, parece que está a punto de gruñir, y luego vuelven a mirar al surcoreano.
¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐢𝐧𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐝𝐢𝐨́ 𝐨𝐦𝐢𝐭𝐢𝐫 𝐨 𝐦𝐨𝐝𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐫 𝐞𝐧 𝐬𝐮𝐬 𝐫𝐞𝐩𝐨𝐫𝐭𝐞𝐬?
Apenas puede pensar en formular una respuesta ante pregunta que lo arrincona un poco, pero la abogada se le adelanta al recordar: ‘Mi cliente está aquí en calidad de colaborador, y me temo que su pregunta está sugiriendo otra cosa’. Sage voltea a verla, y se siente un poco estúpido, por no haberse detenido a pensar en lo que ella objeta. “Perdonen,” dice después, en tono calmo, pero este es pura fachada. “¿Reportes?” acento se marca en desconcierto, se endereza levemente. “Solo estaba compartiendo con Maude las cosas que escuchaba, no estaba pasándole una bitácora con la vida de mis compañeros, detective. Maude Caddel era una persona de mi confianza, con la que podía charlar y contarle mis cosas,” una manera natural e inocente de llamarle a los pedazos de intimidad que escuchaba en los pasillos.
¿𝐅𝐮𝐞 𝐮𝐬𝐭𝐞𝐝 𝐪𝐮𝐢𝐞́𝐧 𝐟𝐚𝐜𝐢𝐥𝐢𝐭𝐨́ 𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐚𝐭𝐨𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐥𝐚 𝐜𝐫𝐞𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐚𝐫𝐭𝐚𝐝𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐨𝐫𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐝𝐚 𝐩𝐨𝐫 𝐏𝐞𝐭𝐞𝐫 𝐋𝐚𝐧𝐝𝐫𝐲?
‘El señor Landry está siendo investigado por el cargo de Obstrucción, a diferencia de mi cliente, que como se aclaró antes, está aquí para colaborar con ustedes,’ una vez más, la abogada interviene ante la sorpresa de Sage por su astucia. ‘Si está insinuando que el señor Hwang es cómplice del acusado, entonces tendremos que detener el interrogatorio hasta que se le garantice inmunidad o se levanten los cargos necesarios’. Por poco la quijada se le cae al suelo, pero músculos están lo suficientemente adormecidos para que azabache se limite a tomar aire antes de relamer sus labios. La detective Varela es quien zanja la pregunta y luego la reformula, pregunta sobre su relación con el mencionado. “Peter Landry y yo no somos ni fuimos amigos, tampoco conocidos,” aclara, sin mencionar las veces que lo trató desde primera vuelta a Dover, así como pudieron cruzarse en la universidad. “Lo único que sé de él es que encontró el cuerpo de mi mejor amiga,” si lo dice con malicia o no, eso no es detectable, pero no se lo puede tragar, le sabe amargo. Es ahí que su abogada se tensa, como quien quiere reprender a un niño que acaba de rebelarse, y por eso aclara que Sage no contestará más preguntas al respecto debido al conflicto de intereses.
¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐬𝐞𝐜𝐫𝐞𝐭𝐨𝐬 𝐟𝐮𝐞𝐫𝐨𝐧 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐜𝐮𝐥𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐝𝐞𝐥𝐢𝐜𝐚𝐝𝐨𝐬 𝐝𝐮𝐫𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐬𝐮 𝐠𝐞𝐬𝐭𝐢𝐨́𝐧?
“Nada de lo que hablaba con Maude o en general era precisamente un secreto si, al final, llegaba a mis oídos,” por supuesto no menciona el apodo que se le otorgó en años universitarios, y no vuelve a mencionar la parte en que sentido afilado lo hacía conocedor, se aferra solo al hecho de aquellos que decidían compartirle cierta información. “Supongo que no es nada nuevo si les menciono que Amelia Melbourne era bastante conflictiva, los problemas que tenía con su hermano Otis— venga, que ni se esforzaban en disimular. Podías andar por los pasillos tranquilamente y te encontrabas a Amelia diciéndole hasta de lo que se iba a morir,” y se ve que le molesta decirlo, porque sentía empatía por Otis. Hace una pausa, luego sigue: “O el hecho de que tenía una relación secreta con Buchanan,” encierra palabras con sus dedos imitando unas comillas, es medio irónico cuando sus labios se estiran en una lánguida sonrisa. “¿Ven que nada es secreto, mucho menos a los diecinueve o veinte años?” se burla de manera falsa, como con pereza. “Al final son cosas banales… Hasta que ya no lo son.”
¿𝐓𝐮𝐯𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐚𝐜𝐭𝐨 𝐝𝐢𝐫𝐞𝐜𝐭𝐨 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐨𝐬 𝐦𝐢𝐞𝐦𝐛𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐜𝐢́𝐫𝐜𝐮𝐥𝐨 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐀𝐥𝐟𝐫𝐞𝐝 𝐁𝐮𝐜𝐡𝐚𝐧𝐚𝐧 𝐨 𝐝𝐞 𝐎𝐭𝐢𝐬 𝐌𝐞𝐥𝐛𝐨𝐮𝐫𝐧𝐞?
Sage asiente, es solo una vez, firme y sin dudar. “Ambos,” sentencia, entrelazando sus dedos entre sí sobre su regazo. “Me han dicho que soy bastante, huh, ¿camaleónico? O como a muchos otros les gusta llamar, hipócrita,” alza las cejas, lo dice con ligereza como si no le importara. Lo hace un poco, pero también se convence de que ha sido instinto de supervivencia. “Me mezclaba bien entre la gente, supongo. Soy bueno escuchando, y en mis buenos días me atrevería a decir que soy encantador,” sonríe, aquello solía ser verdad en cierta medida. Hoy por hoy, no se reconoce. “Pero Otis era mi amigo— mi amigo de verdad, quiero decir. No era solo una persona que saludaba entre clases o después de ellas, era alguien con quien compartía gustos y secretos,” rememora con suma sinceridad, y por un instante siente que los ojos le pican y media luna flaquea. Todo eso que ha querido minimizar para mitigar el dolor, se le escapa de las manos. ¿No se suponía que esa pastilla tenía que apagarle los sentidos? “Albertina Solanas era mi mejor amiga, y—” el labio inferior le tiembla tan pronto como formula oración, agacha la cabeza avergonzado. Por su mente se reproduce la memoria de sonrisa encantadora y destellante, contagiosa, saludándolo desde el otro extremo del pasillo con un escandaloso alardeo en español. El corazón se le rompe en un millón de pedazos y un sollozo se le escapa cuando intenta volver a hablar. La abogada coloca una mano en el brazo de Sage, le da un apretón y pide un minuto para que se recomponga, no sin antes aclarar que apresuren ya que no está en las mejores condiciones para continuar por mucho más.
¿𝐄𝐬𝐭𝐚́ 𝐝𝐢𝐬𝐩𝐮𝐞𝐬𝐭𝐨 𝐚 𝐡𝐚𝐜𝐞𝐫 𝐮𝐧𝐚 𝐝𝐞𝐜𝐥𝐚𝐫𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐛𝐚𝐣𝐨 𝐣𝐮𝐫𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨?
Aprieta en zurda el pañuelo desechable que se le ha ofrecido, y guarda silencio un par de segundos con mirada recelosa sobre los detectives. Su respuesta instantánea hubiese sido positiva, sin dudar un solo segundo. “¿No es eso lo que estaba haciendo ahora? Lo lamento, mis únicas experiencias con esto han sido viendo Criminal Minds o en medio de un shock,” es irónico una vez que se siente quebrado, y dadas las circunstancias, Varela suspira y lo mira como si esperase convencerlo de que les ofrezca una mejor respuesta. Hwang hace lo mismo, pues su perspectiva ha cambiado. Sí, quiere justicia para Otis Melbourne, quiere que Amelia pague por las cosas que dijo en ese video pero sobre todo por lo que ha hecho. Sin embargo, la última conversación con Ellen lo hace dudar, la actitud de Jesaiah lo confunde. No está seguro de poder seguir pretendiendo pararse en una zona gris. ‘La pregunta es irrelevante, no aporta a la investigación, así que si no hay nada más que agregar…’ la abogada recoge su carpeta y su portafolio, haciéndole una señal al surcoreano para que se prepare para irse. ‘Lo llamaremos de nueva cuenta de ser necesario, señor Hwang,’ le informa Varela, a lo que azabache asiente y se levanta para salir de la sala.
Camina cabizbajo, lúgubre, aturdido. La de hebras rojizas se voltea a encararlo una vez que se alejan de la gente y alza el mentón para mirarlo. “Sage,” lo llama, y él la observa en silencio, preparándose para lo que viene. “Necesito que me digas todo lo que sabes,” demanda de una manera casi maternal. “No puedes seguir con tu juego del velador de secretos. Minji no me va a perdonar si terminas ganándote cargos por tu necedad, y no voy a perder a mi esposa por tus caprichos. ¿A quién estás protegiendo?”
Sage mira a ambos lados, relame sus labios y suspira.
“Te veo después, ¿vale? Saluda a mi madrina.”