Abrumada es mi nueva palabra favorita.
Si hoy tuviera que buscar una palabra para aclarar mi estado mental, probablemente sería “abrumada”; tengo mucho trabajo, cosas para leer y preparar para la facultad, estoy tomando clases virtuales y tratando de sobrevivir al hecho de que llevamos en cuarentena casi un mes y medio; no haber vuelto a ver la calle realmente me afectó un poco más de lo que pensé. Algunas cuestiones familiares también me rondan por la cabeza, y en cierta ocasión tampoco me dejaron pegar un ojo en toda la noche.
Todas estas situaciones ocupan una parte importante de mí día a día y en mi mente, pero este es el punto: en realidad, no estoy pensando en ninguna de ellas. Mi estado de abrumación se debe a otra cosa, completamente distinta. La gran mayoría de mis pensamientos simplemente están divirtiéndose en algún lugar remoto de la galaxia, enterrando las uñas en la espalda de alguien más, mientras gritan que por favor ese momento no se termine.
Y ese es el verdadero problema, porque esos pensamientos me enojan y me desvían. Me prometí a mí misma que este año era mío, que iba a hacer cosas por y para mí, que nada iba a poder sacarme de los enormes planes y proyectos que tengo para este 2020. Más allá del COVID-19, determiné que bajo ningún punto de vista iba a pasar otro año de mi vida atrasándome con ciertas cosas o a deteniéndome en nimiedades.
Bueno, claramente eso no está siendo posible, porque constantemente recurro a la imagen… a su imagen. Una cama para dos, las sábanas sedosas y un hombre que reposa semi desnudo en ellas. Tiene la piel más blanca que haya visto jamás, y sus brazos trabajados se alzan por encima de su cabeza mientras me mira con la mirada encendida, las mejillas sonrosadas y la sonrisa perezosamente sexy.
No puedo concentrarme en nada más.
Todo empezó por un incidente. Estaba en un congreso de líderes que llevaba a cabo el ministerio en donde sirvo, hace casi un año. Para ese entonces, recuerdo que tenía mucho estrés, no había superado a Franco y todavía me agarraban ataques de pánico de vez en cuando. Por un descuido y una mala respiración, mi cuerpo cometió el error de pasar vergüenza desmayándose en el medio de una multitud de personas que corrieron a socorrerme (y a sofocarme en atenciones) gravemente afectadas.
Su voz es lo único que recuerdo de ese momento. Un poco nasal, pero para nada desagradable, diciéndome cerca del oído que todo estaba bien, que esto iba a pasar, que no tenía que preocuparme por nada. Pedía en un tono razonablemente fuerte que me levantaran las piernas y que me trajeran azúcar, y su mano acariciaba mi hombro con mucha delicadeza. Así nos conocimos: yo tirada en el piso sobreviviendo a mis nervios, y él susurrándome que iba a estar bien. Casi poesía.
A partir de ahí, todas las veces que coincidimos, nos saludamos con una fresca cordialidad pero sin profundizar: es alguien muy simpático, agradable de tratar, pero para nada el estilo de persona que frecuento. Jamás se me ocurrió pensar que iba a ser el nuevo causante de mi completa falta de atención a las cosas importantes. Como siempre, la vida termina confirmando que, de lo que yo creo, es lo opuesto.
La situación que realmente cambió todo fue cuando pudimos entablar una conversación más o menos decente, un día que respondí a una de sus historias en Instagram, hace casi dos meses. Previo a eso, los comentarios sobre él que había recibido siempre habían sido favorables pero solo en cuanto a su físico, y puedo entender por qué. P (voy a referirme así a su persona) no es precisamente el chico que pasa desapercibido: Es alto, corpulento (1,80 y algo de músculos definidos a base de entrenamiento), con la mirada dulce y la piel blanca, llena de pequitas. Su boca… Dios mío, podría perderme en sus labios durante una eternidad; su sonrisa debe ser la más perfecta que existe. La forma de su cara cuadra con todo lo que es, e incluso su caminar es uno de los más gráciles que contemplé. Una belleza.
La gran mayoría de las chicas de la iglesia tienen un crush con él, o en algún momento lo han mirado con otros ojos. Incluso amigas mías han caído por sus encantos o han intentado tener algo, pero P no es de esas personas. De hecho, él sabe lo que es y, en su mundo, solo hay lugar para el cachondeo; nada de cosas formales. Gente a mi alrededor ha contado lo encantadoramente profesional que es para el histeriqueo, y más de un corazón se ha visto conflictuado por este motivo. Al haber recibido este tipo de información, por supuesto que mi interés hacía él había sido reducido a unos pocos cruces de palabras. Siempre me jacté entre mis amigas de no sentir ningún tipo de atracción por P; cuanto más lejos, mejor. Ni copado, ni lindo: afuera de mi campo de atención.
Después de esa historia respondida, empezamos a tener un contacto más o menos saludable, respondiéndonos cada dos o tres días, hasta que una noche terminamos hablando de mi tema favorito: las novelas, y ahí todo se nos fue completamente de las manos. Un momento conversábamos sobre Mona Kasten y sus escritos para adolescentes/jóvenes adultos, al siguiente se hacía presente Cincuenta Sombras de Grey y menos de un cuarto de hora después estábamos teniendo sexting a las casi 4 de la mañana. No recuerdo cómo llegamos a eso, pero sí mi cuerpo se siente extremadamente atento cada vez que evoco esas imágenes.
Desde esa noche, mi vida sexual cambió por completo. Empezaron los intercambios, los mensajes hasta altas horas de la madrugada y la imaginación a tope 24/7. El sexting se volvió parte de mi rutina y volví a sentirme aquella mujer deseada y hermosa de la que tanto me había enamorado tiempo atrás. Porque, lo quiera o no, yo estaba muy comprometida conmigo misma hasta que la alopecia arrasó de nuevo con mi autoestima. Detalles.
El punto es que todos los mensajes, los videos y las fotos suyas se volvieron casi como una droga a la que me siento cada vez más adicta. Todas las frases guarras que me ha lanzado desde aquella noche, las insinuaciones y las imágenes que ha creado en mi mente se tornan en algún punto casi necesarias. Me veo a mí misma atada de pies y manos como él me prometió mientras me penetra ansioso en la cama y mi cuerpo no tarda en reaccionar; comencé a soñar con todas las posiciones eróticas que pude constantemente y sin pedirlo se me hicieron carne, dulcemente me torturan hasta empujarme al vacío. Incluso él sin tocarme me ha causado los orgasmos más intensos y eso es algo que no deja de maravillarme. Es increíble la piel, la conexión que tenemos, y cada día que pasa de cuarentena se convierte en algo interesantemente agónico de sobrellevar: necesito verlo. Necesito lo que él quiera darme, básicamente.
Ni siquiera puedo pensar en otra persona que no sea él. Hace unos días mis amigas intentaron conseguirme un ligue y, si bien ese chico era todo lo que siempre me gusta en un hombre, no causó siquiera una brisa de igual a lo que me causa P con solo su voz. Me sube de cero a cien en segundos. Como una obsesión, una cuenta pendiente, sólo pienso en estar en su cama y entregarme enteramente a lo que quiera hacerme. Mojada, sedienta y desesperada. Completamente loca.
Y eso me molesta, me enoja, me frustra y me distrae. ¡Este año se suponía que era para mí! Para lograr lo que yo quería, para enfocarme, para finalmente mantener el ojo en el Grand Prix, pero de repente llega este señor con toda su humanidad, su boca que muero porque me recorra el cuerpo entero y esa maldita sonrisa y ahí estoy, perdiendo de nuevo los estribos y la tanga por los rincones. Las fantasías aparecen en cualquier momento del día y tengo que reprimirme cerrando las piernas para que deje de extenderse ese calor que me ocasiona. Me vuelvo a sentir una adolescente presa de mis propias hormonas; imágenes de él desnudo, tocándose, acariciándose, y mi cuerpo se revoluciona por completo. Más de una vez me encuentro a mí misma pensando en sus brazos y me obligo mentalmente a volver a tierra. ¿Cómo de jodido tengo que tener el cerebro para prenderme fuego con solo pensar en algo tan trivial como eso?
Trato de volver a mi foco y concentrarme, pero fracaso miserablemente. Vuelvo a su chat y escucho su último audio antes de resignarme por completo y dormirme. Cuento las horas para el próximo encuentro, ruego al cielo que la cuarentena termine pronto y que esto no me destroce el cerebro por completo.