ERROR DEL SISTEMA
El modelo de desarrollo de Perú debe cambiar. Tía María, Espinar, Conga, Bagua, Pichanaki, Tambogrande, Quilish, el Aymarazo y el Arequipazo son casos emblemáticos y lamentables de conflictos sociales que estallan al interior del país y se convierten en crisis nacionales debido a la incapacidad del Estado, la inversión privada y la sociedad civil de negociar intereses y establecer compromisos que perduren en el tiempo. Esta falla en la manera de "promover” el desarrollo no es algo que aparece solo en el interior del país. Las movilizaciones, las protestas y el desencanto de la ciudadanía respecto de cómo y para qué se toman las decisiones importantes también están presentes en la capital del Perú. Las marchas contra la ‘repartija’ congresal, el aporte obligatorio de los trabajadores independientes al sistema de pensiones, la ley Pulpín y la gestión de Luis Castañeda Lossio nos demuestran que Lima tampoco está satisfecha con el sistema. ¿Dónde está la falla? Se podría decir que la “culpa” es de nuestros presidentes. Que Fujimori, Toledo, García, Humala y sus gabinetes no han estado a la altura de las expectativas. Es cierto que nuestros mandatarios no han dado la talla, pero el rumbo de un país no se define solo por lo que haga el Poder Ejecutivo. También podríamos señalar a los impresentables parlamentarios que desde hace varios años dejan muy mal parado al Congreso de la República; así como a los gobiernos subnacionales (alcaldes y gobernadores regionales) que hoy son vistos como los socios ideales de la corrupción y la delincuencia. Si a ello agregamos el hecho de que el Poder Judicial tampoco funciona, y que –en general– nuestras instituciones son débiles; tenemos un Estado prácticamente infectado en todas sus instancias por intereses de distinto tipo: operaciones políticas, lobbies empresariales, campañas mediáticas, sobornos, mafias y hasta grupos religiosos. ¿Y si el error del sistema está en la Constitución Política diseñada en 1993 durante la dictadura fujimorista? Si así fuera, la solución sería “disolver” ese documento y crear uno nuevo, o –en el peor de los casos– hacer una revisión de dicha carta magna y mejorarla en todos los aspectos posibles. Sin embargo hay algo que no sé si pueda corregirse con una nueva Constitución o una versión mejorada de la actual. Me refiero a esta obsesión casi nacional con el desarrollo económico que ha cometido la equivocación de colocar al capital como la panacea que solucionará todos los problemas del Perú. Es cierto que la inversión genera desarrollo. Es cierto que el país necesita varias dosis de inyección económica. Pero no debemos someter el Estado Peruano en función de lo que digan o hagan uno o dos ministerios (específicamente los de Economía y Energía y Minas). La salud, la educación, la cultura y los demás aspectos del desarrollo humano son tan importantes como la creación y distribución de riqueza. Perú lleva más de una década sorprendiendo al mundo con su desempeño económico. Es hora de que el país nos sorprenda a nosotros mismos –los peruanos– y que por fin tengamos un Estado que dirija todos sus esfuerzos a alcanzar ese bienestar y ese desarrollo sostenible del que hablamos y hablamos desde hace tanto tiempo. La elecciones de 2011 fueron, en parte, una expresión de esta expectativa nacional. Quiero creer que las elecciones de 2016 –que están a la vuelta de la esquina– serán la oportunidad para que reparemos este grave error del sistema y logremos que el Perú deje de ser solo una marca o una máquina de hacer dinero y se convierta en un país sano, justo y equitativo.














