Texto e imagen de Iñigo Maneiro (@inigomaneiro en Twitter)
Hace dos años viajé por las 13 provincias de Cajamarca para hacer un libro. Fueron 2 viajes y 40 días por uno de los departamentos más bellos del Perú. Coincidió con la época más caliente del conflicto Conga y se respiraba irritación, confrontación y mucha tensión social. Incluso, al final del segundo viaje, un grupo de 60 ronderos de varias comunidades de la zona Conga me retuvieron durante 14 horas en su local comunal al sospechar que era minero. De haberlo sido, no habría salido de la comunidad. Fue una noche larga y fría, llena de situaciones surrealistas, desconfianzas, conversaciones, opiniones, risas y tensiones que me hicieron pensar mucho sobre las razones de ese conflicto.
Hoy acabo de regresar de Cajamarca tras pasar una semana recorriendo varias ciudades, localidades y comunidades. El departamento y su gente siguen siendo de los más bellos del Perú. Si hace dos años el proyecto minero generaba reacciones de irritación, violencia y confrontación, en este viaje he sentido que la oposición a Conga está más interiorizada, más sosegada y es absolutamente mayoritaria. Se respira que Conga simplemente no va. Que se ha ganado la batalla. Que Cajamarca no está con el proyecto.
Se pueden hacer estudios de impacto ambiental, proyectos sociales, chorrear millones de dólares… pero sin el consenso y aceptación social un proyecto minero no tiene futuro, incluso un proyecto como el de Conga que se calcula podría generar tanta riqueza que afectaría directa y positivamente el PBI del Perú. Esto es algo que todavía hoy las mineras no entienden: lo social forma parte esencial de la estructura del negocio minero. Y la estrategia de tapar el sol con un dedo, de seguir considerando a las comunidades como algo infantil y manipulable por oscuros poderes políticos, de pensar que detrás solo hay una estrategia de extremistas y antisistemas, no tiene ningún sentido.
Conga solo podría ir si se cambiasen de raíz tres cosas :
1) la política, totalmente perversa, del canon minero: actualmente un botín entre autoridades y absolutamente ineficiente en la mejora de las condiciones sociales,
2) los modos, maneras y estilos de cómo los mineros y sus empresas se dirigen, relacionan y negocian con la población afectada o involucrada: el pésimo conocimiento del país que tienen gerentes y altos cargos, su falta de análisis y compromiso con él, y el cortoplacismo y mediocridad de consultores y fundaciones que hacen de intermediarios, a precios astronómicos, entre empresa minera y población local,
3) las condiciones de insalubridad, desastre ambiental, informalidad y fealdad (dos islas en un departamento tan bello) de Bambamarca y Hualgayoc, territorios históricamente mineros y afectados negativa y directamente por la minería: su imagen, que es la que ven diariamente los comuneros de Conga, hace risible cualquier comentario sobre las bondades y nuevas prácticas de la minería del siglo XXI.
A partir de ahí uno puede sentarse a hablar con la población local y negociar si Conga va o no va. Sin eso, como se ve claramente ahora, Conga no tiene futuro alguno. Hay que salir, con Conga o con el proyecto que sea, de la comodidad de nuestras oficinas, ministerios y gabinetes de sesudos sociólogos y consultores. Vendemos el Perú en el extranjero como el destino de la diversidad ambiental y cultural, pero miramos nuestra propia casa como si todo fuese homogéneo, centralista y urbano. Hay que saber querer al Perú. Pero para hacerlo hay que tenerlos bien puestos.