Aun recuerdo la primera vez que la vi.
Era el día de mi ordenación sacerdotal. Oficialmente me convertía en el clérigo más joven de la historia de la Diócesis de Ebibeyin, y no podía estar más dichoso. Era siete de julio, y como todos los veranos de Guinea Ecuatorial, llovía a mares. Preso por los nervios, ese día me levanté más temprano que nunca. Tanto, que a las nueve de la mañana ya estaba prácticamente listo para la ordenación, que era a la una de la tarde.
- “¡Vaya Fernando!” – Me dijo el Obispo Rafael Nsue Nkulu, mientras se asomaba por la puerta de mi austera habitación – “Con lo impuntual y tardón que eres, ¿tenía que llegar el día de tu ascenso en la casa del Señor para que hagas todo rápido?”. – Esbozó una tierna sonrisa paternal, y se fue.
La verdad es que ver al Padre Rafael me alivió interiormente mucho. Todo lo que era y estaba a punto de conseguir en ese momento, era gracias a él. Yo era un niño huérfano que vivía con su tía (la hermana de mi difunta madre) en el seno de la familia más pobre de todo Micomiseng. Nunca conocí a mi padre biológico. Todo cuanto sabía de él, era que abandonó a mi madre antes del parto y desde entonces no he vuelto a saber de él. Conocí al Padre Rafael, un domingo en el que varios clérigos de Ebibeyin fueron a realizar la misa en Micomiseng por las fiestas del pueblo. No tenía la costumbre de ir a la misa dominical. Pero ese día, se formó tal barullo en el pueblo, que no pude reprimir la curiosidad que tenía por dentro de ver en riguroso directo todo lo que iba a acontecer ese día. Me iba a poner la ropa más elegante que tenía y, a pesar de que al lado de la mayoría de los niños del lugar yo seguiría luciendo de manera zarrapastrosa, tampoco desentonaba tanto como de normal lo hacía.
- “¡Llegaremos tarde! ¡No sé por qué te arreglas tanto! ¿A quién tratas de impresionar?” – espetó mi tía Guillermina, mientras miraba impaciente a su reloj. Me apresuré, ya que no soportaba que me chillasen. Y, tras dar los últimos arreglos a mi camisa, me fui a la iglesia.
Me senté en primera fila y, en el preciso instante en el que vi entrar al Padre Rafael para comenzar a dirigir la ceremonia, supe qué era exactamente lo que quería ser el resto de mi vida. Sin figura paterna, ni materna, sin amigos dada mi excesiva timidez, y con la única compañía de una tía que parecía cuidarme, más por obligación moral que por tenerme cariño, preferí consagrar el resto de mi vida al mas Altísimo.
Y así fue como, sin pensármelo dos veces, fui al encuentro del Padre Rafael a su salida de la iglesia y le dije sin reparo alguno: - “Padre, quiero irme con Usted. No tengo papá, ni mamá. No quiero seguir aquí. Quiero consagrar el resto de mi vida a Dios.” – El Padre me miró agradablemente sorprendido y, acto seguido, le lanzó una mirada escudriñadora a mi tía Guillermina, queriendo, a través de sus ojos, adivinar si estaba a favor o en contra de mi propuesta. Ella le respondió, también mirándole a los ojos, con desdén mientras movía su cabeza hacia un lado para que el pelo barato que llevaba cosido a su cabeza no se enmarañase con el chicle que estaba mascando. Y miró a otro lado.
Gracias a Dios, nunca mejor dicho, el Padre Rafael interpretó ese gesto como un “sí” a mi propuesta.
- “Recoge todas las pertenencias tuyas que puedas, y espérame a las 17h de la tarde en frente de la casa del gobernador de Micomiseng. Si a esa hora no estás ahí, me iré.” – Me dijo el Padre Rafael. Y se marchó.
Y efectivamente, llegué siete minutos tarde de la hora prevista. Pero él, aun así, me esperó con el motor ya en marcha de su NISSAN PATROL listo para partir hacia Ebibeyin. Y el resto, como se suele decir, es historia: Ingresé en el Seminario Menor de la Diócesis de Ebibeyin y me matricularon en el centro de enseñanza “Doctor Rafael María Nze Abuy”, donde destaqué como alumno llegando hasta segundo de bachillerato con la máxima nota de mi generación. Después, ingresé en el Seminario Mayor de la ciudad de Bata, donde realicé durante cuatro años los estudios superiores de Teología, que aprobé satisfactoriamente. A continuación, la Diócesis de la ciudad de Bata, muy satisfecha con mis progresos, me mandó a Roma para cursar los estudios de Filosofía. Dos años después, volvería a mi querida ciudad de Ebibeyin, dada a mi precocidad, más temprano de lo que se suponía que tendría que haber vuelto. Y, a mi vuelta, me nombrarían Acólito, para seis meses después, nombrarme Diacono. Y así llegamos al momento que estoy recordando…
…al día en el que por primera vez la vi.
- “¡Apresúrese, Padre Obama!” – Me dijo un monaguillo que cruzó a toda velocidad el pasillo que conectaba la residencia episcopal con la gran Catedral de Ebibeyin. Faltaban apenas diez minutos para que comenzase la ceremonia. Pero me quedé a mitad de camino a contemplar el paisaje.
Diluviaba cual día de Noé en el arca y el cielo estaba completamente encapotado. Pero a pesar de las condiciones climatológicas, había un ambiente de fiesta. Un ambiente de celebración, que se respiraba por todos los lados. Veía a la gente del pueblo apelotonarse en la entrada de la catedral mientras los primeros accedían a ella lentamente. Dentro, ya estaba el Coro Ntonobe, haciendo con sus preciosas voces, que a los feligreses que se adentraban en la casa del Señor se les fuera llenando poco a poco, el corazón con esos cantos de alabanza celestiales. En cada esquina de la catedral se encontraban varios monaguillos, estratégicamente colocados que lanzaban trozos de papeles en blanco, cual guirnaldas, a modo de pétalos. Y todos los sacerdotes, diáconos, acólitos y seminaristas mayores estaban, junto al Monseñor Obispo Rafael Nsue Nkulu, esperándome de pies alrededor de la mesa eucarística.
Todo ese clima de solemnidad, la ciudad entera prácticamente dentro de la catedral, todo eso por mí. Por primera vez en mi vida, me sentí plenamente feliz y apreciado.
La ceremonia transcurrió con normalidad. Todo como me lo podría haber imaginado en el más bonito de mis sueños sobre ese momento. Hasta que, a la hora de repartir la comunión, se me acercó una mujer alta, de pelo rizado y ojos de un negro azabache muy profundo; tenía la tez del color de una galleta tostada, y los labios carnosos y rosados. Llevaba puesto un vestido largo que la cubría su generoso escote y unos tacones de color blancos a juego con sus pendientes. Se acercó a mí, y abrió la boca mientras me miraba fijamente a los ojos para que la introdujese la ostia sagrada. Después, dio media vuelta y se fue a su asiento…
…y ahí fue cuando por primera vez la vi.
Me quedé petrificado, anonadado, momentáneamente desorientado, mentalmente perdido.
Había visto ya mujeres guapas en casi todos los sitios en los que había estado. Pero ninguna, absolutamente ninguna, como ella. Era la creación de Dios más bonita que había visto en mi vida.
Y ahí me quede, con los ojos como platos, sin darme cuenta de que el coro ya no cantaba, los instrumentos ya no sonaban y los fieles estaban atónitos, mirándome como si pensarán que había visto al mismísimo diablo en plena ordenación sacerdotal.
- “Padre Fernando, vuelve con nosotros hermano” – Me dijo amablemente el Padre Gabriel. Luego, dirigiéndose al público, añadió: - “Disculpadle, el pobre está nervioso” – y todos en la catedral se pusieron a reír ante la gracia fácil que hizo mi compañero.
La ceremonia prosiguió con normalidad.
- “Demos la bienvenida a nuestro hermano, y desde hoy sacerdote de esta comunidad, Padre Fernando Obama Oyana” - dijo solemnemente, mirándome con orgullo, el Obispo Rafael Nsue Nkulu.
Todo concluyó bien, pero aún así, en lo más profundo de mi interior, tenía una sensación agridulce. Era por ella.
Pasaron los días y comencé a ejercer mi nueva función eclesiástica con mucha ilusión y ganas. Pero, cada vez que hacía la misa dominical y la veía, no podía negarme a mí mismo que tenía un interés por ella, mucho más grande y prohibido del que un sacerdote debería de tener con una laica.
- “Soy un sacerdote…soy un religioso…he prometido celibato…estoy casado con Dios Padre, Dios Hijo y con el Espíritu” - me repetía a mí mismo una y otra vez, como quien memorizaba la doctrina de Santo Tomás de Aquino Lara en un examen de filosofía religiosa. - “Entonces, ¡¿por qué no puedo parar de pensar en ella?!” - me pregunté, intentando hallar respuesta.
No podía seguir así, asi que decidí pasar a la acción. Me tocó oficiar la Misa del día de Todos Los Santos, y ahí, una vez más, como buena cristiana que era, no faltó a su cita semanal con Dios. La misa fue tranquila y bonita. Tras la celebración, me apresuré rápidamente en abordarla para así, poder saber más sobre ella.
- “Buenos días, hermana” – La dije algo nervioso – “Soy el Padre Fernando Obama.”
- “Se perfectamente quien es Usted. Vengo a misa todos los domingos, y estuve en su ordenación sacerdotal” – dijo mientras se la escapó una leve carcajada – “yo soy Juana, Juana Abaga. Encantada” – concluyó con el gesto ya más serio, mirándome confundida, como tratando de saber que podría querer un sacerdote de ella.
Tuve el valor de mirarla por primera vez a la cara: estaba igual de preciosa que siempre. De cerca se apreciaba aun muchísimo mejor. Era tan sencilla, tan natural. Como si no fuera consciente de la sensualidad que rezumaba de cada gesto que hacía. En aquella ocasión tenía el pelo recogido, llevaba un pantalón vaquero y una camiseta blanca ceñida que hacía ver sus prominentes curvas. A pesar de todo, tenía una mirada muy triste.
- “¿Podría acompañarme a mi despacho, Juana? Estamos interrumpiendo el paso” – solté más tranquilo, mientras las señoras de la limpieza se iban acercando poco a poco con las fregonas, al lugar donde estábamos.
- “Esta bien” – Dijo Juana.
Nos metimos al despacho. No sabía ni siquiera que la iba a decir, pero prefería que estuviéramos en un sitio más privado. Estaba actuando por puro instinto. Me senté en el borde de la mesa y me quité la sotana para estar más cómodo. Ella, tomó la silla, se sentó y me miró completamente desconcertada.
- “Pues….esto…Juanita…” – No sabía ni cómo empezar a hablar, no sabía que decirla. Solo podía mirarla con la boca abierta balbuceando sonidos que no terminaban de convertirse en palabras; palabras que no terminaban de salir por mis labios, ya que estaba concentrado mirando los suyos. Y fue en ese preciso momento, cuando dejé de ser yo. Me levanté abruptamente y me acerqué a ella. Ella se quedó quieta, sin saber exactamente qué hacer en ese momento. Y yo, sin pensármelo más, cogí y la besé.
¿Qué se suponía que estaba haciendo? ¿Me había vuelto completamente loco? Ese no era yo. Jamás en mi vida había estado con una mujer. Ni antes, ni mucho menos después de decidir consagrar mi vida a Dios. Pero esa mujer…aquella mujer a la cual estaba besando y que había correspondido mi beso, me estaba volviendo loco. De repente, pude apreciar mejor su perfume: era suave, delicado y fresco, como ella misma. Mis manos pasaron de agarrar su cara a recorrer lentamente su cintura. Parecía que no ponerme frenos. Hasta que, de repente, abrió los ojos súbitamente, y me empujó tan fuerte que caí al suelo.
- “¿Está Usted loco, Padre Fernando?” ¡Usted es un sacerdote! ¿Cómo puede verme sexualmente como una mujer? – me espetó, hecha una furia. – “Además, ¡Estoy casada, es usted un sinvergüenza!”.
Y sin más dilación se fue. Me merecí ese empujón y esas palabras, pero a pesar de todo, no me arrepentí en absoluto de haberla besado. No supe nada de Juana durante más de un mes. Desapareció. Fueron los días más tristes para mí. Saber que vería su cara todos los domingos al oficiar la misa dominical era la motivación por la que me levantaba todos los días. ¿Por qué negar algo que era ya evidente en mi interior?
Lo cual me llevó a preguntarme: ¿porque los sacerdotes tenían que guardar celibato católico? ¿Acaso no somos personas que sienten y padecen como el resto?
Durante todas las navidades de ese año me tiraba horas y horas investigando sobre el tema en las amplias bibliotecas que teníamos en la Diócesis.
No supe si es un error, pero lo cierto es que el celibato católico no tiene fundamento bíblico, sino que es una opción voluntaria de los candidatos al sacerdocio, según pude leer, en el Reino de los cielos (Mt 19,12); y que el Derecho canónico, en su canon 277, les obligaba a guardar con perfección, fidelidad y continencia. Esta misma opción voluntaria, San Pablo la recomienda en (1Cor 7,32-34), pero no de manera absoluta. Seguiría siendo opcional. Incluso hay varios textos bíblicos que entrevén que tanto el obispo como el cura y el diácono pueden contraer matrimonio una sola vez (1 Tim 3,2; Ti 1,6; 1 Tim 3,12).
En el fondo, el sentido bíblico de “una sola vez” significa que pueden casarse con una sola mujer y no con varias. El verdadero fundamento del celibato católico del rito romano se remontaría desde el primer Concilio de Letrán de 1123 cuando el papa Calixto II promulgó el celibato como condición indispensable para los candidatos al sacerdocio. Por lo que, no tiene fundamento bíblico. Pero, por lógica, cualquier persona es libre de optar por cualquier estado de vida que estime favorable para su felicidad personal. En ese sentido, es inútil obligar a la gente a ser célibes o no.
Yo empezaba a estar realmente enamorado de Juana Abaga, pero ¿que podría hacer yo, un insignificante cura de una iglesia del lugar más recóndito de la selva tropical africana, con respecto a ese tema? ¿Podría yo cambiar un dogma eclesiástico que, aunque no estuviera escrito en la Biblia de manera oficial, se respetaba y cumplía durante siglos y siglos? Y aunque fuera así, estuve pensando en todo eso sin tener en cuenta los sentimientos de Juana. ¿Y si no le gustaba? ¿Y si ella estaba muy enamorada de su marido y mi sentimiento hacia ella no era correspondido? Hombre, al principio, me respondió al beso. Pero después, me empujó e insultó, y desde entonces no supe nada de ella en dos meses.
Comenzó el año nuevo y seguí sin saber de ella. Poco a poco me fui resignando. Poco a poco me fui olvidando de ella. Seguía realizando mis actividades eclesiásticas de nuestra comunidad cristiana, con el deseo de verla aparecer de cualquier lado…
Y cuando ya se había desvanecido en mi corazón cualquier hálito de esperanza…apareció de nuevo.
Estaba preparándome para visitar a unos enfermos del barrio de Misang, cuando Juana entró furtivamente en mi despacho y cerró la puerta con el pestillo, para garantizar que nadie entrase de sorpresa. Sin decirme nada, corrió todas las cortinas, y bajó la persiana de la única ventana que había. Se acercó a mí y me empezó a besar. Podía sentir la calidez de su aliento al entrelazar mis labios con los suyos. Juana se quitó la ropa lentamente mientras no despegaba su boca de la mía. Completamente desnuda, hizo lo mismo conmigo. Y no me opuse, ya que era todo cuanto deseaba en ese momento.
Paró de besarme y durante unos segundos se quedó mirándome completamente en silencio, mientras esbozaba una pequeña pero atrevida sonrisa al recorrer con sus ojos todo mi cuerpo de arriba a abajo. Acto seguido, extendió su vestido en el suelo, a modo de “colchón” y se incorporó de nuevo. Agarrándome de la cintura, mientras de nuevo volvía a conectar sus labios con los míos, fuimos inclinándonos dócilmente hacía abajo. Ya completamente tumbados, abrió lentamente sus extremidades inferiores y, con fuerza, introdujo mi erecto miembro en su húmedo interior. Empecé a moverme en vaivén, al ritmo ascendente-descendente que me marcaba su mano apoyada en la parte baja de mi espalda como si fuera una madre meciendo a su bebé.
Aún me costaba creerlo: estaba perdiendo la virginidad siendo sacerdote, pero sin embargo, estaba disfrutando de cada segundo de ese placer tan intenso que en la vida había sentido.
Si eso no era gloria, ¡que bajase Dios y lo viera!
Nunca había estado en un parque de atracciones, pero, de repente, empecé a tener la sensación que la gente describe cuando han montado en una montaña rusa: sentía que la temperatura de mi cuerpo iba subiendo poco a poco, mientras mi ritmo cardiaco aceleraba. Seguía subiendo y subiendo y subiendo mientras aumentaba la velocidad de nuestros movimientos perfectamente sincronizados. Y cuando pensé que ya no podía llegar más alto, cuando sentí que estaba en la cúspide de esa “montaña” de sensaciones….bajé súbitamente en picado, a tal velocidad que sentía que iba perdiendo hasta la última partícula de energía que tenía.
Estuvimos unos 15 minutos abrazados en silencio, mientras todo el despacho estaba a oscuras. Apenas eran las 18h de la tarde, pero a esa hora ya anochecía en Ebibeyin.
- “Padre Fernando…” - comenzó a balbucear Juana - “siento haber desaparecido durante todo este tiempo. Me sentía confundida. Desde el día que le vi, siempre había sentido algo por ti…”
- “Uno: no me llames Padre Fernando, llámame Fernando a partir de ahora. Y dos: para de tratarme de Usted. Tutéame. - la corté mientras la comenzaba a acariciar el pelo.
- ”…te vi por primera vez, tú aún siento acólito…“ - prosiguió Juana - “en una de las misas que oficiaba el Padre Gabriel, antes de que tú le relevaras en el cargo, y ya desde entonces me parecías el sacerdote más guapo que haya visto jamás. Pero claro, estabas "casado” con Dios. Así que enseguida me quité esa absurda idea de la cabeza. Aún así, no me perdía ni una misa como buena cristiana que me consideraba, y cuando fueron anunciando por el barrio tu ordenación sacerdotal, me alegré muchísimo, y obviamente no pensaba perdérmelo, así que ahí estuve. Pero luego, aquel día en el que me llamaste a tu despacho y me besaste, no supe cómo reaccionar. Era todo cuanto deseaba, pero… ¡estoy casada! Y tú eres sacerdote. ¡No podíamos hacer eso! Estaba hecha un lío, y con un cúmulo de sentimientos por dentro que no sabía cómo exteriorizar. Así que solté lo primero que me salió en ese momento. Siento si te ofendí.“
- "No pasa nada, Juana…” - dije, tratando de ser comprensivo.
- “Y como no sabía qué hacer si te volvía a ver, decidí desaparecer. Fingí estar enferma y decidí quedarme en casa, ya que tampoco trabajo fuera. Pero normalmente, suelo ayudar con los papeles y la contabilidad en la oficina de mi marido…” - dijo Juana.
- “¿Oficina?” - solté, sorprendido.
- “Sí…mi marido es el comisario general de la gendarmería.” - añadió ella mientras empezaba a sollozar. - “a pesar de que sólo tengo 28 años, llevo ya casada con él 10 años. Él era el hijo del mejor amigo de mi difunto padre. Y cuando éste estaba a punto de fallecer, expresó a su amigo el deseo de que su familia y la nuestra estuvieran juntas para siempre. Y así, se las idearon para que casarme con el mayor de sus hijos. Cuando cumplí 18, me obligaron a vivir con él. No le quise entonces ni le quiero ahora, pero al menos me da estabilidad y procura que no me falte lo básico, cosa que en esta ciudad es difícil.”
Paró de hablar y me miró con timidez durante unos minutos. Parecía avergonzada por tener que hablar de su marido en mi presencia, pero a mí no me molestaba en absoluto. Era una manera más de poder conocerla.
- “Durante el tiempo que estuve ausente, en mi casa, no paraba de pensar en tu cara, en tus labios, en tu beso, el cual me pilló tan de sorpresa que, por dentro, no me lo creía. No paraba de pensar en ti. Pero tenía miedo a enamorarme de ti, dadas tus condiciones. Aún así, me harté de esperar. Me harté de tener siempre que hacer lo que me impongan los demás. Me harté de ser una sumisa. Me harté de tener que reprimir siempre mis sentimientos. Esta vez quiero empezar a ser yo. Quiero disfrutar, vivir, sentirme libre sin importar las consecuencias. Vivimos en una sociedad en la que hagas lo que hagas, te van a juzgar. Así que, si me llegasen a juzgar, prefiero que sea haciendo lo que más me haga feliz en ese momento. Y lo que más feliz me hace en este momento…eres tú.” - concluyó Juana, mirándome fijamente a los ojos, como poniéndome entre la espada y la pared esperando una respuesta mía que fuera de su agrado.
- “Me siento halagado por tus palabras hacia mí, Juana. Y coincido con casi todo lo que has dicho. No obstante, debemos de ser cautos. Se que ya soy un pecador, pero aún así debo tratar de seguir cumpliendo con mis obligaciones como sacerdote, mientras veo como evoluciona esto. Lo único que se ahora mismo a ciencia cierta es que te quiero. Y ya sea en el cielo o en el infierno, quiero estar contigo, Juana.” – dije mientras la abrazaba con fuerza sabiendo que se tenía que marchar en breve.
- “Esta bien Fernando.” – Se vistió rápidamente – “222077077, ese es mi número. Estaremos en contacto por ahí” – y saliendo a hurtadillas del despacho, se fue.
Las siguientes semanas fueron maravillosas para mí. Juana y yo nos veíamos cada vez que teníamos tiempo, ya sea en mi habitación, en su casa cuando no había nadie, en algún descampado o incluso en el sótano de la iglesia. Fuera cual fuera el sitio, nos daba igual, con tal de estar juntos. Pero las primeras complicaciones no tardarían en llegar. Era la mañana de un 19 de marzo, cuando un seminarista menor entró en mi habitación de manera un poco precipitada.
- “Buenos días y perdone las molestias Padre Fernando. El Monseñor Rafael le insta a que vaya a su despacho obispal urgentemente – e igual de rápido que entró, se fue.
Me puse nervioso. Llevaba tiempo sin hablar con el Monseñor Rafael, pero nunca me había llamado a su despacho para hablar con él, lo cual me intrigaba muchísimo. Me vestí de la manera más eclesiástica que pude en ese momento y me fui a su despacho, que se encontraba al otro lado de la residencia obispal. Entré en el despacho, el cual era enorme. El flanco derecho estaba cubierto de una biblioteca llena de arriba a abajo de libros de toda clase de tamaños. El lado izquierdo estaba cubierto de fotos con grandes personalidades de todas partes del mundo, y de condecoraciones y otros logros de carácter eclesiástico. El Obispo Rafael era una verdadera eminencia en el mundo católico de nuestro país. El monseñor se encontraba levantado al lado de la ventana con la mirada perdida y visiblemente preocupado.
- “Hijo, siéntate” – tomé asiento lentamente – “Seré directo: me han llegado ciertos rumores que no quiero creer que sean cierto, pero todo parece indicar que lo son. ¿Cómo se te ocurre tener un affaire con la mujer del Comandante? Obviamente, no eres el primer sacerdote en el mundo que se corrompe por la tentación de la carne, pero tenía todas mis esperanzas puestas en ti. Aun recuerdo como me hablaste, siendo un niño, al salir de aquella iglesia de Micomiseng. Vi fe. Vi a un futuro y ejemplar sacerdote en tus ojos. Ahora...no sé que sentir.”
- “Padre, siento haberte decepcionado, no era mi intención. No te voy a negar que los rumores que hayas escuchado sean ciertos, pero Padre ¿qué le voy a hacer? ¡ESTOY ENAMORADO! No lo he podido evitar. He tratado…le juro que he tratado de evitar no sentir nada, pero me temo que soy débil. Además Monseñor, estuve durante días documentándome, y en ningún pasaje bíblico dice que los sacerdotes tengan que guardar celi…” – intenté terminar cuando de repente, el Monseñor me espetó:
- “¡CA-LLA-TE! ¡No quiero escuchar más sandeces!” – Era la primera vez que el Obispo Rafael me chillaba – “Fernando…hijo…por favor…” – añadió intentando mantener la calma – “Mira, alguna gente del pueblo ya se lo está oliendo. Te ven con mucha frecuencia en el barrio del Comisario General. Incluso faltas a tus visitas a los enfermos, etc…Si sigues alargando esto, no sólo todo el pueblo se enterará, sino que esto llegará a oídos del mismísimo Comisario General. Es bien conocido por todos los habitantes de esta ciudad el carácter de Don Onésimo Abaga, Comisario General de la ciudad de Ebibeyin. Te quiero como si fueras mi hijo, como si fueras mi propia carne. Sólo quiero lo mejor para ti. Ya eres mayor, y por lo tanto, libre para decidir por ti mismo. Mi consejo es que dejes esa relación y vuelvas a la senda del señor. Aún no es tarde para ti. De lo contrario, me veré obligado a excomulgarte y dejarás de realizar tus funciones como ministro de la palabra del Señor. Y ahora…vete”.
Salí afligido del despacho del obispo sin decirle nada. Estaba molesto. Entendía su postura pero, a pesar de eso, no estaba de acuerdo con él. Tenía que hacer algo y lo tenía que hacer rápido.
Llamé a Juana:
- “Juana… ¿podemos hablar un momento?” – la insté, un poco nervioso.
- “Hola Fernando. Lo siento pero ahora no podrá ser posible. Estoy con mi marido…” – se quedó unos segundos en silencio. Desde el otro lado de la línea se podía sentir lo mucho que la desagradaba decir mi marido – “Tenemos que irnos en unos minutos a Mongomo, ya que se celebran las fiestas del pueblo del Presidente y han convocado al Comisario General de Ebibeyin para formar parte del comité de Seguridad Presidencial. Estaremos ahí tres semanas. El día seis de abril seguramente ya estaré de vuelta. Mientras, no contactes conmigo hasta que vuelva, por seguridad. Te voy a echar mucho de menos este tiempo. Cuídate…Te amo.” – y me colgó.
Y ahí me quedé. Con la miel en los labios de poder contarla qué me había pasado con el Obispo Rafael. Sin poder saber su opinión al respecto y sin poder despedirme por teléfono en la conversación telefónica que acabábamos de tener.
De nuevo, sin Juana durante tres semanas. Me había acostumbrado tanto a ella, a su voz, a su tímida sonrisa, a sus ardientes labios, a sumergirme en la profundidad de ojos, a su perfume…eran tantas las cosas físicas y psíquicas que me gustaban de ella, que su ausencia era lo más parecido a un purgatorio para mí. La echaba tanto de menos que no pude, en uno de esos anocheceres sin ella, reprimir las ganas de mandarla un mensaje de texto.
- “TE ECHO MUCHO DE MENOS JUANA…TE AMO” – y, sin pensarlo dos veces, le di a enviar.
Pasaron los días, y finalmente llegó el día.
El día en el que…por última vez…la volvería a ver.
Era siete de abril, y llovía a mares. El ambiente me evocó recuerdos del día de mi ordenación sacerdotal. Pero, por algún motivo, el aura de ese siete de abril era completamente distinto al de aquel siete de julio.
Sentí mi teléfono vibrar en mi bolsillo izquierdo. Lo agarré para ver quien me llamaba. Era Juana. Contesté.
- “Si, cariño…dime” – la dije reteniendo la emoción que sentía al volver a saber de ella.
-“Hola amor. Siento no haberte llamado antes. Al final no pude volver ayer porque la carretera estaba provisionalmente cortada. Pero ya estoy aquí, y te tengo una noticia. Pero no te la quiero dar por teléfono. ¿Quedamos a las siete de la tarde en nuestro lugar favorito? – preguntó.
- “Mmmm…vale, está bien”.
- “De acuerdo, amor. Entonces nos vemos ahí. Te quiero.” – y colgó.
La noté especialmente contenta. ¿Qué sería eso tan importante que me quería decir? Pronto lo sabría.
Llegaron las siete de la tarde. Me vestí rápidamente, tras ducharme y perfumarme, y me fui a nuestro lugar favorito: la azotea de la catedral. Nos encantaba ese lugar porque desde lo alto de la catedral, donde se encuentran las campanas, podíamos ver toda la ciudad de Ebibeyin. Las vistas eran preciosas.
Subí y ahí la encontré. Estaba más guapa que nunca. Se había cortado el pelo que la acentuaban aun más sus rasgos faciales. Llevaba un sencillo vestido largo de color blanco que la llegaba hasta los tobillos. La notaba feliz y con unos kilitos de más, lo cual me pareció curioso, ya que ella siempre corría todas las mañanas para mantenerse en forma. Se abalanzó sobre mí y me abrazó fuertemente.
- “¡Vaya! ¿Te has comido todas las cabras de Mongomo o qué pasa? – bromeé amistosamente.
-“Jajajaja… ¡Estúpido! ¿Eso es lo primero que se te ocurre decirme tras llevar tres semanas sin verme? ¡Qué poco romántico!- y se puso a reír a carcajadas- “pero ya que has sacado el tema, tengo algo que decirte. Vamos a ser padres: estoy embarazada. Y se que el bebé es tuyo, porque llevo sin tener relaciones sexuales con…el comisario…desde que me besaste por primera vez. Y te quiero proponer algo: vayámonos de aquí. Sal de la iglesia, vayámonos lejos y comencemos una vida juntos. He robado unos cinco millones a mi marido de los quince que le han dado al ir a Mongomo, más lo poco que puedas tener tú, podríamos ir empezando de cero tranquilamente. No me importan los lujos. Ni los caprichos. Ni nada. Lo único que me importa eres tú, Fernando, y nuestro bebé, que está creciendo ya en mi interior” – y acto seguido, cogió mi mano y la posó sobre su vientre.
Tenía a la mujer de mis sueños, con la que estaba a punto de formar una familia y ser plenamente feliz el resto de mi vida. El resto, ya me daba completamente igual.
-“¿Vamos a ser padres? ¡Qué gran noticia amor! Y me parece genial que quieras que nos vayamos de aquí. Era justo lo que te quise decir el día que te ibas a Mongomo. Ahora debemos planificar todo y ver en que día exacto nos vamos de aquí.” – no cabía en mi de felicidad. Me daba igual lo que el Obispo Rafael o el resto del mundo pensara. Ya había tomado mi decisión.
-“¡¡¡¡¡Vosotros dos, no iréis a ninguna parte!!!!! – dijo una voz grave, fuerte y excesivamente dura, a nuestras espaldas.
Era Onésimo Abaga, el Comisario General de la Ciudad de Ebibeyin.
El comisario Onésimo era un hombre de tez muy oscura, no muy alto, y físicamente muy fuerte. Llevaba una camisa vaquera a juego con un pantalón ceñido, el cual parecía cortarle la circulación sanguínea, y unas botas militares de cuero negro. En sus manos sujetaba una pistola que, en ese momento, estaba apuntando directamente a mi frente.
- ”Ayyyyy Juanita Juanita Juanita…“ - me apartó de un empujón y la dio un tortazo - "¿A quién has querido ver con cara de tonto? ¿A mí? Jajaja… ¿te piensas que soy estúpido? Tengo que admitir que si nuestro "Romeo" de turno no te hubiera mandado ese mensaje de TE AMO, no hubiera sabido nada. Solo a él se le ocurre mandar un mensaje a altas horas de la noche, cuando a esas horas, las mujeres casadas están completamente dormidas. En cuanto volvimos a Ebibeyin, pinche tu línea telefónica para saber con quién hablabas. Y no era nada más y nada menos que el guaperas del Padre Fernando. Tras escuchar tu llamada, salí del trabajo y decidí convocar a toda la ciudad de Ebibeyin en la catedral, para que vean qué hace el sacerdote más venerado del momento con la mujer de todo un Comisario General” – añadió con fanfarronería.
Me asomé levemente en el alfeizar de la torre de la catedral, y en efecto, todo el pueblo estaba abajo presenciando el espectáculo, desde grandes personalidades, hasta niños que salían del colegio por la tarde. El Obispo Rafael y todo el elenco de sacerdotes estaban abajo también pidiendo ayuda. El monseñor Rafael estaba visiblemente preocupado, pero sobre todo se podía ver decepción y tristeza en su cara. Entre el gentío se oían gritos como:
- “¡Sin vergüenza! ¡Pecador! ¡Qué le expulsen! ¡Qué la chica pasee desnuda por todo el pueblo!”
Me volví a Onésimo. Ya era de noche, pero las luces de la calle iluminaron parte de su cara . Y ahí, pude fijarme en él con mayor claridad. Tenía los ojos ligeramente desorbitados y desprendía un fuerte olor a vodka camerunés.
- “Pensaba dejarte vivir, Juanita” – prosiguió Onésimo – “pensaba en solo castigarte. Pero he escuchado como le has dicho que estas embarazada de él, lo cual me duele a un más. Ese bastardo no verá nunca la luz del nuevo sol, porque no solo voy a matar a tu "Romeo", sino que a ti también. Decid vuestras últimas palabras…” – y volvió a cargar la pistola.
- “¡¡NO!! No le mates a él” – dijo Juana interponiéndose entre Onésimo y yo – “El sexto mandamiento dice NO COMETERAS ACTOS IMPUROS, lo cual incluye el adulterio. Y la única persona que está casada soy yo, no él. Asi que mátame a mí, no a él. Por favor…”
- “¡Cállate de una vez, maldita ramera! – Dijo Onésimo – “Le mataré ahora mismo, delante de ti.
Levantó violentamente la pistola, dispuesto a dispararme. Pero Juana se abalanzó sobre él, haciendo que la bala se fuera al aire. Siguieron forcejeando en el borde de la torre. Durante unos segundos pensé en meterme en medio, pero cualquier movimiento en falso, supondría un accidente.
- “¡JUANA! ¡Por favor…DÉJALE! – dije con lágrimas en los ojos.
Onésimo y Juana siguieron forcejeando por la disputa de la pistola, cuando, de repente, Onésimo piso el vestido largo de Juana y el pie izquierdo se le enredó en el vestido. Preso por el susto, se le cayó la pistola al suelo, y chocando contra Juana, ambos cayeron desde lo alto de la catedral a los jardines de la entrada de la catedral, donde estaba todo el pueblo presenciando toda la escena desde abajo.
Habían muerto. El comisario general…mi futuro hijo….Juana…
…y esa fue la última vez que la vi.
Y así, tras verla caer y quedarme en blanco mientras veía toda mi vida pasar en unos segundos, recobré la noción del tiempo.
Me encontraba en lo alto de la catedral de la ciudad de Ebibeyin, llorando como un crío, absolutamente perplejo por todo lo que acababa de acontecer minutos atrás. La gente que me miraba desde abajo no para de gritar, entre llantos, sollozos y lamentaciones, mientras los bomberos y demás fuerzas de seguridad comenzaban a subir para tratar de rescatarme.
Pero ya todo me daba igual. Había perdido todo cuanto me importaba.
- "¡¿Eso es lo que queríais no?! - comencé a gritar como un poseso a la multitud que me observaba desde abajo - ¿Estáis ahora contentos? Sí, soy sacerdote. Pero ¿acaso un sacerdote no es persona? ¿Hasta cuándo va a seguir vigente esa estúpida norma? Yo amaba a la mujer que ahora yace inerte ahí entre vosotros. Y amaba predicar la palabra de Cristo a mis feligreses día a día. Ambas cosas no están reñidas. Ahora estáis todos ahí, que solo habéis venido aquí para cotillear, no para ayudar. Entonces, ¿de qué os sirve ir a misa todos los domingos, si luego no ponéis en práctica absolutamente nada? Estoy cansado de esta sociedad que solo vive por y para criticar a los demás sin tratar de conocer; sociedad que solo juzga por las apariencias, y no se deja llevar por la realidad; sociedad que solo está para cumplir con los prototipos que la misma sociedad crea. Para vivir así, prefiero no vivir. ¡A la mierda la iglesia moderna que se lucra a costa de engañar a sus feligreses! ¡A la mierda este mundo falso y sin corazón que sólo vive del juzgar sin conocer! ¡A la mierda todo! Y sí, soy un pecador, soy un pecador por no haber hecho lo que una sociedad de hipócritas y unas reglas de la época de Matusalén me imponían. Pero una cosa os puedo asegurar: he conocido el amor, he conocido la felicidad, he conocido el perdón, he conocido la verdadera caridad, he conocido la ternura, he conocido la naturalidad, he conocido al verdadero DIOS, que no es aquel del que predican aquí todos los días. El verdadero DIOS es el AMOR, el amor sano y puro que puedes sentir por cualquier persona o cosa de este mundo. Y vosotros, hoy, habéis matado a mi DIOS” - concluí sollozando mientras miraba, aún sin creérmelo, el cuerpo de Juana…
Seguía lloviendo a mares.
Me agaché y cogí la pistola que se le cayó al comisario general. La puse en mi sien, mientras me levantaba sigilosamente.
Cerré los ojos. Apreté el gatillo y….