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i don't do bad sauce passes
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Alisa U Zemlji Chuda
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Jules of Nature
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@pedodebourbon
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La mayonesa de la rusa se apaga y endurece.
Desde Lima hasta las dársenas de colectivos, Plaza Constitución estaba presa de una atmósfera única, apabullante y quirúrgicamente definida, como si estuviese recubierta de un domo invisible hediondo, mezcla de vapores de basura fermentada, comida salvaje, porro y meo.
Quemadura profunda, lacerante. Nudo de carne, tripas y astillas. El padecimiento.
-La Ăşltima vez llevĂ© falda parrillera y la verdad que fue un exitazo. Ojo con el costillar, eh. Acá sĂłlo conseguĂs animal grande. Estamos hablando de, ponele, 20, 25 kilos.
-Ah, claro, grande de verdad.
-SĂ. Por la fecha, deben tener algunos sin congelar. DespuĂ©s lo que seguro no falla, fĂjate en todo caso para la prĂłxima, es el asado de centro. Obviamente, otra cosa, otro precio, pero mirá la lista, 14 lucas, un espectáculo. Aparte, envasado al vacĂo...otra cosa.

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No me rayé' la bici, hacé el favor
En el Registro Automotor un tipo no para de explicar, una y otra vez, que no hay nada que hacer ante la falta de chapas patente. "Esto es malo para todos. ImagĂnese que en vez de decirle que venga sĂłlo un dĂa, estamos en esta situaciĂłn donde cada 30 dĂas tiene que volver. Hace dos años cambiaron las reglas de juego y estamos asĂ, lamentablemente".
Siempre me faltan cinco para el peso: ambiciĂłn, humildad, tenacidad, capacidad de disfrute, soberbia, misericordia, carácter y un par de centĂmetros de pija adicionales.
El retador le propinó un misil hiperbárico en forma de gancho por la zona intercostal que lo dejó como pescado afuera del agua.
Y el vestido que apenas le cubrĂa hasta la mitad del muslo parecĂa que tenĂa mariposas que levantaban vuelo hacia ningĂşn lugar.

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Ayer fui a ver a Los Guasones a la Plaza. Un quilombo bárbaro. En la radio esta mañana dijeron que hubo como 120 mil personas. AsĂ todo, estuvo piola. Lástima que a Martu le chorearon el telĂ©fono. Vimos a unos vigilantes a un par de cuadras y nos dijeron que "habĂa mucha gente que no era de La Plata".
-Tuve que llevar a la gorda al mĂ©dico, ayer, sĂ. Y, boludo, es hipertensa. Viste cĂłmo es, no se cuida un choto, tengo que andar de atrás...y ya está bien cuartuda, quĂ© querĂ©s que te diga
No, no sĂ© quĂ© mierda comiĂł, me cagĂł a mentiras. Dieciocho tres tenĂa, iba a reventar como un sapo. ÂżA vos te parece? ÂżY yo que hago?
RADIO
El tipo de la radio dijo que a Gimnasia le llegaron por todos lados en Goiania.
GRACIAS, NOS VEMOS
-Hola, quĂ© hacĂ©s. Escuchame. SĂ, sĂ, bárbaro. Escuchame. Estoy volviendo, tengo para un rato. Andá por favor a verlo a Lautaro, haceme la gauchada. Me llamĂł reciĂ©n, anda vomitando todo verde. No, no sĂ©. Hoy antes de irme me dijo que le dolĂa el estĂłmago. DespuĂ©s se tomĂł una pastilla que estaba por ahĂ y está meta vomitar. Andá y fijate quĂ© tomĂł, no sea cosa que haya que llevarlo a la guardia. Tengo para un rato todavĂa. Bueno, bueno. Gracias, nos vemos.
Metropol
Después de la Vucetich aparece Alpargatas, en un pestañeo. Media cuadra de cola -con distanciamiento. Barbijos, auriculares, mochilas, bolsos, ojos a media asta.
Suben prolija y constantemente hasta que se oye el cierre gaseoso de la puerta. No hay más asientos.
Parada en Abril. Pintor, maestranza, doméstica, personal trainer, albañil y jardinero. Plum, de repente se vació de nuevo el Metropol Retiro por Centenario.

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Arriba
La puerta de vidrio pesaba un fangote, hasta parecĂa resistirse. Larrea 3183. La calle, desde la puerta del edificio rosa, recordaba a un tobogán. El pronunciado descenso del asfalto llegaba hasta esa pseudo autopista que tajea horizontalmente a la ciudad.Â
.
Cruzar en diagonal, con cuatro ojos en alerta y al trote, para llegar a la esquina donde se inventĂł el viento. Las rejas en forma de ele, los ventanales cubiertos de cortinas color crema, si el cartel rezaba Credicoop, Lloyds, Roberts, Alas, lo mismo daba.Â
.
Independencia en contramano hacia Juan B. Justo, por la vereda. La casa de muebles y su jardĂn imperial al frente. El puesto de diarios naranja de chapa y la librerĂa-sarcĂłfago de Pelusso, con su enorme terrier amenazante que mostraba los colmillos amarillentks entre los rombos de la cortina del garage lindero. El Toledo. Bilancieri.
-Dale, cruzá rápido que corta.
La YPF. La sede de Boca. BJ D´Angelo le mira el culo a una mina.
-Ojo que ahĂ viene, metele.
La parada estaba a unos pasos, sĂ, llegando a Florencio Sánchez. 563 A.Â
-Vamos, arriba, que hay lugar.
***
La egue
Nicolás era un negrito simpaticĂłn. Atorrante, pĂcaro. Flaco pero de espalda ancha, apenas pasaba el metro setenta, tenĂa una melena azabache –siempre suelta- que le acariciaba la raya del culo, y un par de ojos fogosos que se achinaban entre risas y porros mientras torcĂa la boca hacia la izquierda. Usaba pantalones bien holgados al estilo skater noventoso, buzo canguro con capucha y arrastraba la erre de manera brutal.
-Te lo consigo -decĂa con frecuencia, en cualquier diálogo que implicase bĂşsqueda o interĂ©s por algĂşn objeto en particular del ocasional interlocutor. Era su verbo.
El padre era un gordo enorme que lucĂa musculosas de algodĂłn blanco, tupidos y regulares bigotes de morsa, sombrero de cuero a dos alas, jean gastado y botas de carpincho. Manejaba un Mehari rojizo destartalado con un ovejero impávido de acompañante, de mirada soberbia, gris y desafiante. VendĂa –junto a su familia- todo tipo de bártulos y objetos de origen incierto, al menos: sillas de hierro sin respaldo, cuchas de madera para perros, llantas, canarios amarillos, madera terciada, cuadros de bicicleta, trajes de buzo, chasis de Opel, cuero de vaca.  La casa, con un parque largo y fino a la entrada, descansaba al fondo del terreno, casi derrumbándose sobre un lado.
-Estas patas de gana la gompen. Son de buceo. Das un pag de patadas y chau, la ola es tuya. Te las dejo a 20 mangos- eran pesos y también dólares. Le di dos marrones con la jeta de Belgrano y me las entregó en una bolsa de consorcio. La marca era Cressy. Me las puse al rato y apretaban un poco pero resultaron útiles.
DejĂ© de cruzarlo por la playa. Se lo tragĂł la tierra. PasĂł la temporada y una noche invernal, pateando latas de cerveza aplastadas en las zigzagueantes calles del barrio, lo vimos tumbado boca arriba sobre el banco de una plaza. En remera. Temblaba y los dientes le castañeaban a un compás frenĂ©tico y constante. TenĂa los ojos en blanco. Los tres o cuatros nabos presentes contemplábamos la escena alrededor suyo, sin acreditar lo que sucedĂa. ComenzĂł a contorsionar el torso y vomitĂł una sustancia blancuzca, espesa.
-Boludo, se va a ahogar, vamos a darlo vuelta-, tirĂł alguien, como para llenar el vacĂo.
Lo volteamos y entrĂł en una virtual erupciĂłn. Del bolsillo del pantalĂłn le cayĂł una bolsa con algunas pastillas. Algunos se quedaron a asistirlo. Otros nos fuimos.
Más de una dĂ©cada despuĂ©s lo crucĂ© en el colectivo. TenĂa el pelo cortado a tijeretazos limpios, las manos como pulpos, los ojos chinos de siempre, la boca ladeada aunque con notorias ausencias en la dentadura, la espalda ancha pero vencida. Estaba meta charla con un viejo de rostro ajado y diminuto como una pasa de uva.
DebĂa bajar. DejĂ© el asiento y pasĂ© por su lado. OĂ la erre gangosa. Timbre. “Mire atrás al bajar”. Freno, sifonazo gaseoso y apertura de la puerta, plum, viento helado en la cara, plum, tres escalones, saltito a la vereda y chau pichu.