El pasado sábado 17 de mayo en Lanzarote viví uno de los días más increíbles e inolvidables de mi vida. Participé, viví, disfruté, sufrí y acabé una de las pruebas deportivas más duras del mundo, el Ironman de Lanzarote. 3.8km de natación en el Atlántico, 180km de bici por un espectacular recorrido con 2550m de desnivel acumulado con fortísimos vientos y un maratón en un circuito urbano en Puerto del Carmen. Antes de contaros como fue ese día me gustaría hacer mención al camino que he recorrido durante los últimos 6 meses para poder plantarme en la línea de salida de esta prueba tan exigente. Para poder acometer este reto deportivo he seguido un exigente plan de entrenamiento monitorizado por mi entrenadora Anita, en el que he nadado más de 120 km, rodado 2000 km en bici y más de 500 km corridos. Una preparación en la que me he estado levantando de lunes a domingo a las 5:30/6am, en la que he arañado horas de entrenamiento al sueño, familia y amigos. Una preparación que ha supuesto largas horas de entrenamiento, dieta, sacrificio y esfuerzo personal y económico. Dicen que lo duro no es la prueba sino prepararla y estoy de acuerdo, aunque en mi caso no considero que tenga mérito cuando haces algo que te apasiona que te hace estar en una forma física y mental excelente y que te da disciplina, orden y organización. Dicho esto, lo primero que me viene a la mente es un sentimiento de agradecimiento hacia mi mujer, en primer lugar por su infinita paciencia y comprensión. Por haber puesto en marcha a los niños para ir al cole, un día tras otro mientras yo estaba a las 7am nadando, corriendo o montando en bici. Por esos domingos de tirada larga en los que a pesar de ponerme en pié a las 05:30, llegaba a casa después de 150km en la bici a las 14 de la tarde…..Por haberme ayudado a hacer las cuentas para poder tener una buena equipación para la prueba (bici, neopreno, entrenador, alimentación, gimnasio) sacrificando otras prioridades. GRACIASSSSS También me acuerdo de mi familia, que lleva años animando y apoyando mis retos solidarios viniendo de apoyo logístico. Estoy convencido de que mi madre como madre y mi padre como médico, no dejan de preocuparse al saber que iba a someterme a un muy exigente esfuerzo para intentar acabar la prueba en un tiempo aproximado de entre 13 y 14 horas. Todo esto lo he hecho como reto personal por hacer algo extraordinario y que mis hijos puedan sentirse orgullosos y además para ayudar a los niños con cardiopatías congénitas y sus familias de Menudos Corazones y los niños de Camboya con los que trabaja PSN Camboya. Además de mi familia, en este largo camino hacia Lanzarote me han acompañado una serie de empresas (Page Group, Scor Global Life, Antana, Yamato Sushi Bar, 4One y Atriple) y una legión de amigos que en momentos de crisis han hecho el esfuerzo de contribuir económicamente a financiar los proyectos de las fundaciones. Sin embargo, lo mejor que me han dado es un constante apoyo, aliento, ánimo y fuerza en la distancia que ha sido muy importante para poder afrontar y completar este Reto. Pues bien, a Lanzarote me acompañaron mi mujer y dos de mis hijos junto con mis padres y han podido vivir la magia, el espectáculo, el drama y la grandeza de este Triatlón desde los días previos de preparación hasta el día de la prueba. Yo llevo poco en el triatlón, justo hace un año el 18 de mayo de 2013 debuté en el Half Challenge de Calella, prueba de la que he podido sacar muchas enseñanzas que me han servido para aprender, corregir e intentar enmendar errores el día de la prueba. Uno de ellos es el de que lo duros es llegar, lo duro es preparar durante tanto tiempo la prueba, la soledad del entrenamiento, lo duro es hacer los deberes y estudiar mucho para el día del examen. Porque el día del examen, el día de la prueba es un día para disfrutar desde las 4:00 am, hora en la que me desperté para empezar la cuenta atrás. Mi objetivo fue desde el minuto uno disfrutar, vivir intensamente cada momento como si fuese el último, sonreír y decirme en cada momento que era un privilegiado por poder hacer lo que más me gusta. Después de un desayuno con mi mujer en el hotel, nos fuimos a las 5:30 con Pablo y Tony dos experimentados triatletas y amigos a la zona de salida para poder revisar la presión de las ruedas, poner los bidones y esperar hasta las 7am, hora de la salida. Es espectacular el ambiente de camaradería y buen rollo que se genera entre los competidores y sus acompañantes, como sin conocerte de nada te ayudas, hablas y compartes los nervios previos a la salida con gente de todo tipo y nacionalidad, mujeres y hombres de todas las edades que sólo por plantarse en la salida de un Ironman merecen todo el respeto. Mi estrategia para la salida fue cero agobios, salir de los últimos, dejar que se estirase la carrera e intentar hacer tranquilamente la mía, me acordaba mucho de Valenti San Juan y su vídeo “El día más feliz de mi vida”. Así que cuando sonó la bocina, entre los gritos de la gente, los helicópteros, la policía y los voluntarios pude darle un beso a mi mujer que estaba literalmente metida en el agua en un lateral para meterme en la guerra junto con los 2250 participantes. El agua estaba perfecta de temperatura, súper transparente y dimos dos vueltas a un circuito de 1900m, el problema es que yo me puse a nadar muy bien y rápido y empecé a adelantar a decenas de participantes más lentos, de manera que no pude evitar un primer km de golpes, patadas y agarrones. Conseguí abstraerme de la guerra e iba incluso tarareando una canción bajo el agua y siempre sonriendo, viendo el fondo marino, un buzo haciendo fotos y hasta los peces!! Así es como 1:09 minutos después estaba saliendo del agua disponiéndome a entrar en la primera transición hacia la bici. He podido comprobar que la franquicia Ironman es una máquina de precisión y organización en la que todo sale como tiene que salir, la organización vive por y para el evento y te hacen muy fácil todo. En 7 minutos me quité el neopreno, me puse el caso, las zapas de la bici, las gafas y cogí mi Trek para disponerme a hacer los 180km por la isla con una buena manita de crema para evitar las quemaduras del intenso sol. Fueron 180km espectaculares, que me llevaron por la Santa, Famara, Timanfaya, el Golfo, el Mirador del Río, Haría, Tahiche, Nazaret, Teguise un recorrido con unas vistas alucinantes y en el que llevé de compañero un viento constante y durísimo de principio a fin. Uno de los consejos que me dieron mis amigos triatletas y que agradezco es el de planificar muy bien la bici, alimentarse e hidratarse muy bien y sobre todo no cebarse, guardar cualquier energía que pueda sobrar para el sector del maratón donde hará falta. Con esas premisas, disfruté cada pedalada por la isla de los volcanes con la sorpresa de ver a mi mujer animándome en el km 90 y en el 150, disfruté de un riquísimo sándwich de jamón y queso en el Mirador del Río en el km 104, me sentí empujado por los cientos de personas que estaban en las carreteras y pueblos animando sin parar, ví hasta a la Guardia Civil gritando y dando ánimos! Una de las claves fue mantener la cabeza ocupada en cualquier tipo de pensamiento positivo/divertido sin olvidar la planificación. 6:52 minutos después del agua llegaba a Puerto del Carmen para afrontar la última parte de la prueba, el maratón, 42km por un circuito urbano al que tuvimos que dar varias vueltas bajo un sol de justicia. La verdad es que la carrera la corrí de una manera distinta a todos los maratones que hecho en mi vida, lo corrí olvidándome del crono, por sensaciones y sin ser muy consciente de en qué km me encontraba. Lo bueno es que cada 2,5km había un avituallamiento con agua, bebidas energéticas, coca cola, esponjas frías, hielo, frutas gestionados por una legión de incansables voluntarios. Empecé corriendo los 10 primeros kms a 5:30 con muy buenas sensaciones y sin parar, sin embargo el cansancio, el agotamiento y el calor iban pesando. De hecho acordándome de otro consejo, es mucho mejor parar tranquilamente en el avituallamiento. Yo directamente me tiraba tres vasos de agua por encima, bebía un poco, me tomaba un gel o fruta y cogía hielos que me metía por el traje para calmar el calor y activar los músculos ante la fatiga. Pude ver a mis padres, a mis hijos y a mi mujer animando durante varias partes del recorrido mientras me iba cruzando con triatetas que como yo sacaban fuerzas y energías de la cabeza y el corazón en situaciones de agotamiento, vomitando, cojeando, andando o corriendo como el viento como mis amigos Pepe, Álvaro y Victor. En los kms finales torcido de dolor por unos calambres estomacales producidos por los más de 20 geles y barritas que me había ido tomando, quien me llevó a la meta fue la imagen y la sonrisa de mi hija de 6 meses que no había podido venir, yo imaginé llevarla en brazos hablándole sin para hasta que encaré la recta final entrando en meta de la mano de mis hijos 12 horas y 31 minutos después de las 7am. Es difícil describir lo que sentí en esos momentos gritando sin parar de emoción y de alegría por haberlo logrado, por haber acabado superando todas mis expectativas en una prueba épica que cerré con una medalla, un polo de Finisher, un masaje de recuperación, una buena cena con una merecida cerveza y el cariño y elogios de mi familia y amigos que habían estado enganchados y pendientes de la prueba durante todo el día. Enhorabuena a la organización del Ironman, mis respetos para los más de 2200 participantes y gracias de corazón a todos los que me habéis ayudado a conseguir este sueño.