5 y 17 de Diciembre de 2000
– Ese chico Scott es súper raro, ¿no? – inquirió Daphne sirviendo cuatro copas de vino de sauco.
Astoria, Draco, Theodore y ella cenaban juntos en el apartamento del rubio.
– Bastante… – comentó Theo con una sonrisa.
– A Draco ciertamente no le agrada. – añadió la rubia antes de dar un sorbo de su vino.
– Es solo un pobre adicto. – intervino Astoria, tomando la mano de Draco debajo de la mesa.
– Es patético. – rio el azabache. – No deja de perseguir a Tori, casi da lástima.
Los ojos grises de Draco se clavaron en la castaña repentinamente, y ella sintiĂł una pequeña puntada en el estĂłmago ante eso. En ese momento – viendo la mirada del chico – supo que no dirĂa nada en ese momento, pero que no dudarĂa en hacerlo luego. ContinuĂł cenando en silencio, dedicándole una que otra mirada en el transcurso de la noche.
Daphne y Theo notaron la tensión entre ambos y se retiraron ni bien acabaron de comer. Se despidieron brevemente y Nott le dedicó una corta expresión de compasión a la castaña antes de salir por la puerta.
Draco movió su varita para girar la llave y se volteó para encontrar a Astoria de pie a pocos pasos de él. Le sostuvo la mirada un largo rato, en silencio con su semblante firme e inexpresivo. Ella separó sus labios para hablar pero el rubio la detuvo con un gesto de la mano.
– No quiero sonar como un loco pero, Âżno planeabas contármelo? – el muchacho se acercĂł lentamente hasta quedar a pocos centĂmetros de ella.
– Me pareció una estupidez. – espetó ella, dando un paso hacia atrás.
– SabĂa que habĂa algo mal con ese chico. – respondiĂł Draco, masajeando su sien con el dedo Ăndice y mayor.
– Le dije que no me interesa y que solo podĂamos ser amigos, no es problema.
– ¿Amigos? – soltó una risa burlona. – Él no quiere ser tu amigo, Astoria.
– ¿Tú qué sabes de eso? – ella alzó una ceja, y alzó la voz más de lo que hubiese deseado.
– Vamos, tú eres inteligente, ¿has visto cómo te mira? ¿El modo en que todo el tiempo intenta acercarse a ti? No soy un experto en las personas, pero reconozco cuando un chico solo quiere acostarse con una chica.
– ¿De qué demonios hablas, Malfoy?
– PiĂ©nsalo. – espetĂł, volviendo a acercarse a ella de un salto. – AsĂ es la mente de los hombres, ÂżquĂ© clase de idiota se conformarĂa con ser tu amigo? Es lo que menos le interesa.
– Creo que le he dejado bastante claro que ¡no me interesa!
– No tiene relevancia lo que digas. – continuó avanzando hasta que la castaña quedó acorralada contra la pared que daba a la cocina. – Eso solo lo hace desearte aún más, ¿o te olvidas que asà es como comenzamos?
– ÂżEs tan difĂcil pensar que alguien quiere ser mi amigo? ÂżAcaso piensas que todo lo que hay de mĂ es lo que se ve? – empujĂł al muchacho en un intento por alejarlo, pero Ă©l no se moviĂł.
– ¡No seas tan estĂşpida! Y no pongas palabras en mi boca. – tomĂł a Astoria por los hombros, sacudiĂ©ndola ligeramente. – SĂłlo alĂ©jate de Ă©l y problema resuelto. – susurrĂł acercándose a su oĂdo.
– ¿Quién te crees que eres? ¿Mi padre? – con un poco de esfuerzo logró tomar su varita y la apoyó contra el pecho de Draco. – Tú no puedes decirme qué hacer…
– Yo solo intento protegerte. – espetĂł en tono frĂo y sus ojos se oscurecieron mientras retrocedĂa un paso.
– ¡No! ¡Solo estas teniendo un estĂşpido ataque de celos! – algunas lágrimas se escaparon de sus ojos. – ÂżAcaso no confĂas en mĂ para nada? ÂżQue no puedo defenderme?
– El problema no eres tú. – extendió su mano para bajar la varita de la castaña. – El problema son todos los demás.
– Te recuerdo que el cobarde que huye de las batallas eres tú, no yo. – espetó guardando su varita.
El rubio retrocediĂł nuevamente, con una expresiĂłn entre atĂłnita y oscura.
– Haz lo que quieras. – espetó, su voz se quebró antes de lo que esperaba, y tomó camino hacia su cuarto.
Un nudo se formó en el estómago de la chica mientras caminaba detrás de Draco, intentando no romper en llanto. Se detuvo bajo el marco de la puerta de la habitación y lo observó sentado sobre la cama.
– ¿Es todo lo que vas a decir? – inquirió ella, intentando sonar firme.
– Es inútil discutir con una niña caprichosa. – espetó el rubio. – No voy a disculparme si es lo que piensas.
– Yo tampoco voy a disculparme si lo que crees de mĂ es que voy a permitir que cualquier imbĂ©cil se aproveche de mĂ.
– No lo sé. – respondió él, irónicamente.
– ¿Me estás diciendo zorra? ¿En serio? – desafió ella, dando un paso hacia adelante.
– ¿Quién sabe? Te acostaste conmigo estando comprometido con tu hermana ¿o no?
Una puntada golpeó el pecho de la castaña, llenándola de ira e impotencia, y sus ojos de lágrimas.
– Y qué error. – respondió dándose la vuelta para ir por su abrigo, luchando aún más que antes por evitar el llanto.
– Astoria… – Ă©l apareciĂł a sus espaldas justo cuando habĂa llegado a la puerta.
– Vete al demonio, Malfoy. – espetĂł colocándose la chaqueta. Dio unos pasos para acercarse a su oĂdo, y susurrĂł: – Y para que lo sepas, tĂş fuiste el primero.
Y desapareciĂł.
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Draco pasĂł más de una semana encerrado en el apartamento, bebiendo todas y cada una de las botellas de whisky de fuego que habĂa dispuesto como ornamento en la cocina. No habĂa podido hallarla por ningĂşn lado. Ni siquiera Daphne o Theo la habĂan visto desde esa noche, y la culpa comenzaba a consumirlo aĂşn más que los dĂas que habĂa pasado sin dormir o comer.
Cuando finalmente se dispuso a salir, lo primero que se le ocurriĂł fue llamar a la puerta del dormitorio, a pesar de que la mayor de las hermanas le habĂa dicho que no sabĂa nada de ella.
Daphne saliĂł del dormitorio cerrando la puerta a su espalda en silencio, mirando a ambos lados del pasillo, por alguna razĂłn que el rubio no comprendiĂł.
– ÂżQuĂ© haces aquĂ, Malfoy? – inquiriĂł, casi distraĂdamente.
– Necesito verla. – espetó, su voz sonaba demasiado ronca y dañada, tanto que hizo que la chica esbozara una mueca de horror. – Necesito hablar con ella…
– Lo siento, Draco…
– Está ahĂ, Âżverdad? Está ahĂ... – señalĂł la puerta, casi como rogando.
– No puedo hacer nada por ti. – la rubia apartó su mirada de él. – Ya sabes cómo es ella…
– Daphne, por favor… – apoyó ambas manos en los hombros de la chica, casi poniendo todo su peso en ella.
– Draco. – sostuvo el rostro de Ă©l entre sus manos, viendo lo deteriorado que estaba. – Realmente me gustarĂa ayudarte pero… no puedo hacerlo… ojalá pudiera, pero Astoria hechizĂł la puerta…
– Por favor… – no podĂa evitarlo, pero se le escaparon algunas lágrimas, sabĂa que se veĂa patĂ©tico.
– Daphne, hablo en serio… yo… yo la necesito. – clavó sus ojos en los de la rubia, como si eso fuese a convencerla. – Tienes que ayudarme…
– Mira. – suspiró. – Ella está tan dolida como tú… pero no puede con su genio, ni con su orgullo, solo dale tiempo.
– ÂżCuánto tiempo crees que pueda seguir asĂ? ¡MĂrame!
– Lo sé… pero… es todo lo que puedo hacer. – acarició el hombro del chico intentando confortarlo.
– Dime algo, lo que sea… algo…
– PodrĂas esperarla. – dijo finalmente. – Debe salir esta noche, es la despedida de Theo… pero nada te garantiza que querrá escucharte.
– Gracias, gracias Daphne. – abrazó a la rubia con fuerza, casi haciéndola tropezar.
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– En algún momento tienes que salir de esa cama. – comentó Theo, entrando al cuarto de Astoria con un intento de media sonrisa.
– Solo dame un minuto, Nott, no me fastidies. – la castaña era consciente de lo ronca y rasposa que sonaba su voz, por lo que se esforzó por aclararla. – ¿Qué hora es?
– Un cuarto para las ocho. – respondió él, sentándose a su lado. – No tienes que venir si no te sientes bien.
– No. – espetĂł incorporándose. – PrometĂ que tendrĂas una despedida y eso tendrás.
Se puso de pie de un salto y solo se detuvo a verse en el espejo. Se veĂa terrible, su cabello era un desastre y tenĂa enormes bolsas bajo los ojos, la boca reseca y la ropa – la misma con la que se habĂa metido a la cama el dĂa anterior – completamente arrugada. TomĂł su varita e hizo todo lo que pudo por mejorar su aspecto, se cambiĂł rápidamente y revisĂł su bolso antes de comenzar a dirigirse a la puerta, seguida por Theo que se habĂa mantenido en silencio todo ese tiempo.
– ¿Estás segura? – inquirió el azabache ni bien cruzaron la puerta.
Ella simplemente asintiĂł.
Se aparecieron a las afueras del club donde se encontrarĂan con el resto de sus compañeros. Daphne habĂa insistido en que el muchacho tuviera su despedida, dado que ella habĂa tenido una y con eso le bastaba. Era mucho más grande que cualquier bar que hubiesen conocido de Londres, y estaba repleto de gente, mĂşsica y luces de colores contaminaban el ambiente, tanto que casi mareaba un poco a Astoria.
Scott, Annie, Melissa, Cooper y una muchacha rubia que – si mal no recordaba – habĂa mencionado que su nombre era Cassie, los esperaban a un lado de la larga barra de tragos. Tuvieron que saludarse con un gesto de la mano y una enorme sonrisa debido a lo alta que estaba la mĂşsica, era imposible oĂr nada.
Si debĂa ser completamente honesta la castaña no estaba del todo de humor para beber y bailar y fingir estársela pasando bien. Si bien acostumbraba vivir pasando noches enteras sin dormir, hacĂa mucho tiempo que no se sentĂa tan terrible, herida, de modo que no tuvo otro remedio que beber, y continuar bebiendo, sosteniĂ©ndose del borde del bar para no empezar a tambalearse, ya habĂa perdido la cuenta de cuántas pintas de cerveza le habĂan servido o cuántos shots de vodka habĂa recibido del amable barista que la atendĂa.
LocalizĂł a Theo con la mirada, no se veĂa demasiado entretenido pero ella sabĂa lo mucho que le gustaba bailar, tanto como a ella y a Daphne, y habĂa encontrado la compañĂa perfecta: Melissa y su novio – que acababa de llegar sin que ella lo advirtiese – no tenĂan problemas con quedarse en la pista hasta el amanecer, o al menos eso pensĂł Astoria al verlos. A unos pocos pasos de ellos estaban Scott y su hermana junto a la otra chica rubia y Cooper, que parecĂan estar más interesados en desnudarse el uno al otro con la mirada que en la compañĂa de los hermanos.
BebiĂł el fondo de lo que le pareciĂł el milĂ©simo vaso de vodka y comenzĂł a sentir cĂłmo todo le daba vueltas. No supo en quĂ© momento se separĂł del frĂo mármol de la barra y avanzĂł algunos patĂ©ticos pasos hacia la pista de baile. De algĂşn modo llegĂł hasta Theo, que la sostuvo firmemente para que no cayera. ComenzĂł a reĂr frenĂ©ticamente, sin saber por quĂ©, haciendo reĂr a Melissa y su novio tambiĂ©n, aunque los ojos preocupados de Nott se clavaron en ella cuando comenzĂł a soltar algunas lágrimas.
Todo se volviĂł completamente borroso desde entonces. SintiĂł cĂłmo Theo la llevaba de vuelta hasta la barra para que se sostuviera, y pudo ver a Scott acercarse y susurrar algo en el oĂdo del azabache. El pelirrojo tomĂł su brazo y caminaron hacia afuera, y lo notĂł solo cuando la mĂşsica comenzĂł a sonarle como ahogada, y una corriente de aire frĂo subiĂł por su espalda.
– ¿Te encuentras bien? – la voz sonó casi tan ahogada como la música pero pudo escuchar perfectamente.
NegĂł con la cabeza, no se creyĂł capaz de articular ninguna palabra.
– Ven, sostente de la pared.
Astoria sintiĂł de repente la superficie rĂgida en su espalda, y el peso que se quitaba de sus piernas cuando logrĂł mantenerse medianamente firme. AlzĂł la mirada – con lo poco que realmente podĂa ver – y se encontrĂł con los ojos de Scott, y podĂa jurar que parecĂan mucho más grandes de lo que realmente eran.
– Tranquila… – no fue hasta que volviĂł a hablar que la castaña notĂł lo cerca que estaba de Ă©l, y que tambiĂ©n se sostenĂa de la pared, con sus brazos a ambos lados de ella. – ÂżPuedes caminar?
VolviĂł a negar con la cabeza, notando lo mucho que sus piernas temblaban, comprendiendo que por fin habĂa superado su nĂşmero predilecto de bebidas en una noche. HacĂa bastante frĂo y aun asĂ no era esa la razĂłn por la que estaba temblando, sabĂa que no estaba muy lejos de comenzar a vomitar, e intentĂł – con la poca fuerza que pudo reunir – apartar al pelirrojo de ella, en caso de que sucediera.
Scott no se moviĂł. Por el contrario notĂł cĂłmo se acercaba aĂşn más a ella, casi como acorralándola a la pared, y por un segundo se sintiĂł como asfixiada, perdiendo parcialmente la capacidad de respirar con normalidad. Él susurraba algo, pero las náuseas y la falta de concentraciĂłn no le permitieron oĂrle; de pronto sintiĂł la mano del muchacho en su espalda, como si estuviese sosteniĂ©ndola y separando sus pies del suelo ligeramente. Al alzar la vista de nuevo se dio cuenta que su rostro estaba prácticamente a milĂmetros del suyo, dándole un susto. IntentĂł mover sus brazos pero en menos de un segundo Ă©l ya los tenĂa sujetos por encima de su cabeza, firmes contra la pared.
ComenzĂł a agitarse, no tenĂa ni siquiera la fuerza suficiente para decir algo, mucho menos moverse para alcanzar su varita, y no podĂa concentrarse para hacer nada sin ella. LogrĂł – a duras penas – esbozar algo similar a un gemido cuando sintiĂł los labios del chico rozando la zona entre su cuello y su mandĂbula, haciĂ©ndola temblar aĂşn más.
– Desmaius. – fue todo lo que oyĂł antes de caer al suelo por haberse soltado del agarre del chico, cuyo cuerpo habĂa golpeado un contenedor de basura a un costado y ahora tambiĂ©n yacĂa sobre la acera.











