En cada una de mis noches escucho ecos de tu voz, una voz que me lleva por el valle del olvido, pues has privado a este mundo de tus pasos para volverte eterna en la inmensa bóveda que guarda a los astros. Allí, tu energía se transformó en sueños que visitan mis noches agónicas.
Ahora sé que mis inquietudes me destruyen y mis ansiedades me deforman, porque a tu lado éramos infinitos en el tiempo; pero ahora solo permanecemos como destellos de lo que alguna vez fue y ya no será. Tu alma encaminó sus pasos por valles de olvido, mientras yo sigo tus huellas cansado, pues la distancia entre ambos es inmensa.
Cuando escucho los ecos de tu voz llamarme con delicadeza, no sé si habito en la fantasía o si se trata simplemente de mi mente desesperada buscando un aliciente para esta agonía.
Aunque sé que algún día seguiré los mismos pasos que dejó tu mortuoria huella en el camino, no puedo soportar vivir atado a esta indecisión, siendo demasiado cobarde para decidir si debo partir o quedarme a sufrir sin tu presencia.
Callo, bajo y elevo la mirada, esperando que algún destello de ti aparezca por un instante, pero mis ojos ya están cansados, incapaces de distinguir entre la ilusión y la realidad.
De favor, pido al destino que me permita verte una vez más, que me haga saber que esta larga espera no es en vano, y que en aquel valle donde por vez primera vislumbré tu figura, sea ahora el punto de encuentro de nuestras almas.
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En la espesura de tus labios, pintados de noche, se esconde el secreto del arte de amar, del arte de seducir y del arte de vivir. En la contemplación de tu rostro resplandecen estrellas que forman palabras de fe y de aliento, como si anunciaran el nacimiento de un universo.
Miro entonces tus ojos, donde se abren caminos por los que transitan innumerables futuros, y en cada uno de ellos la felicidad florece en plenitud. Ante semejante visión, me descubro humilde frente a la cosmogonía de tu alma pura, de la cual parezco haber nacido por segunda vez, pues su gracia me ha permitido fundirme contigo en un mismo ser.
Desde entonces, puedo contemplar un horizonte colmado de tu presencia, con la certeza de que jamás volveré a caminar solo. Sé que tu mano abierta buscará la mía y que, juntos, afrontaremos el incesante avance del reloj, convirtiendo cada segundo en una eternidad mientras permanezcamos uno al lado del otro.
Tik Tak
Tik Tak Tok
Avanza sin cesar.
Tik Tak
Tik Tok
Sus pasos oirán.
Tak Tik
Tok Tak
La alabanza sonará.
Tak Tok
Tik Tak
Su boca se abrirá.
Tak Tak
Tok Tok
El suelo temblará.
Tok Tik
Tik Tok
El cielo se abrirá.
Tak Tak
Tak Tak
Su mano se extenderá.
Tik Tik
Tik Tik
La sangre correrá.
Tok Tok
Tok Tok
El final comenzará.
La sustancia es perfecta.
Los elementos son los idóneos.
La ambientación, armoniosa.
La luz es tenue.
La oscuridad, absoluta.
En mi mano izquierda sostengo la voluntad.
En la derecha, la justicia.
La creación no puede existir sin equilibrio.
Y aun así, la creación no puede ser eterna.
La idea es un principio.
La idea es un final.
La idea prevalece en el tiempo.
El tiempo prolonga la vida.
El tiempo acorta la existencia.
La vida nace del hombre.
La vida se desvanece por causa del hombre.
La vida es un regalo.
El regalo es la existencia.
El regalo es ver, escuchar y hablar.
Al hablar, se expresa la palabra.
Al hablar, se revela la idea.
Al hablar, se construyen sentimientos.
Al hablar, también se destruyen vidas.
La belleza es sinónimo de ese divino tesoro que es la juventud. Se asemeja a un diamante: inalterable, eterno, inmune al paso del tiempo. Pero esa eternidad solo ocurre en la memoria, porque el tiempo no perdona a la piel.
La belleza otorga una libertad salvaje, te entrega llaves que abren muchas puertas. Pero lo difícil comienza cuando por fin cruzas el umbral. ¿Podrás permanecer por la eternidad dentro de ellas?
Uno cree que el corazón tiene ojos, pero no es así: es ciego, aunque no sordo. La mejor manera de enamorarlo es a través de las palabras, porque ellas son el reflejo más sincero del alma. Las palabras pueden edificar templos… y también destruirlos.
El cuerpo goza del calor de otro cuerpo. La lengua se desliza pasivamente entre los labios; es un hechizo de amor capaz de detener el tic-tac del tiempo.
Pero todo pierde sentido al final. Todos, sin excepción, estamos condenados a la indigencia al cierre de este viaje. Algunos llegan antes, pero todos descendemos, tarde o temprano, al abismo más profundo. Ten por seguro que ocurrirá.
Donde alguna vez reinaron tigres y leones, quedarán solo hienas y chacales, devorando sin piedad a los caídos. Ese es el destino final de la belleza, de lo poético.
Por eso ruego al Padre de la eternidad que me conceda el don de permanecer en la memoria de quien de verdad me ame. Que la vejez no sea una maldición, sino la forma de alcanzar la eternidad junto al ser amado; donde la vista cansada pueda descansar en paz, y los labios aún esbocen una sonrisa llena de sinceridad, de gusto... y de placer.
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Purgo mi condena entre ráfagas de lágrimas y carcajadas que desgarran el aire con un volumen brutal, como si pudieran llenar el vacío de una existencia que jamás me perteneció del todo. Estoy encadenado a una pared que cargo en la espalda, una cruz sin redención. Mis piernas tambalean, me mecen de adelante hacia atrás, de un lado a otro, en un vaivén sin dirección, pero con la certidumbre absoluta de que estoy irremediablemente perdido.
Yo mismo dicté mi sentencia: penitente eterno, flagelando mi carne con las astillas rotas de una esperanza marchita, intentando alcanzar una sombra de alma que se revuelca en tinieblas. Le ruego a Dios —o al eco hueco que lo representa— que derrame aunque sea una lágrima por mí. Pero sé que eso nunca ocurrirá. No hay espacio para mi existencia en su cosmogonía. Ni el infierno me reclama, y mucho menos el cielo. Palidezco en este purgatorio horrendo: un infinito no oscuro, sino blanco... un blanco absoluto, cegador, que derrite mis pupilas y calcina mi piel. Aquí no hay luz ni sombra, solo un color sin alma, una eternidad sin matices.
Camino y camino, sin destino, sin fin.
—¿Por qué me has abandonado, Dios? —grito dentro de mí, una y otra vez.
Pero ya ni en mi interior encuentro refugio. La oscuridad que me cobijaba se ha desvanecido, y sólo queda la inquietud, el miedo latente de no saber si estoy vivo… o si simplemente estoy muriendo desde hace siglos. No sé ya distinguir entre ambas condenas. Mi mente se disuelve en la nada, y sin embargo, algo dentro de mí —una chispa, un lamento, una bestia— sigue gritando, sigue gimiendo, sigue aferrada a la idea de existir.
¿Por qué no existo?
Si existiera, mi espíritu reposaría en algún rincón del pensamiento ajeno, en un recuerdo teñido de rencor, de amor o de furia. Porque existir es eso: entregar un fragmento de uno mismo al otro. Ser recordado, aunque sea como maldición.
¡Dios!
¡Tócame con tu olvido!
¡Arrójame a la nada, al mismo abismo donde yacen aquellos que odias con más fervor!
Prefiero arder entre los borrados, entre los innombrables, que continuar este andar sin tregua por la eternidad que asfixia.
Sea así, entonces.
Que se firme un pacto profano.
No me importa si con el cielo o con el abismo.
No me importa si con ángeles caídos o con demonios redimidos.
Lo único que anhelo es descanso...
lo único que exijo es existencia.
Oh, Fortuna insondable,
tan voluble como el viento primigenio que nutre nuestros pulmones con su hálito sagrado.
Tú, que te elevas como deidad pagana,
envolviéndonos entre tus manos cálidas como terciopelo y crueles como el mármol de las tumbas.
Cuando lo deseas, te tornas gélida,
más que la misma muerte,
y nos arrastras sin compasión a los abismos del inframundo.
Te engalanas como una ramera noble,
una reina de las alturas que, desde lo alto de tu torre babilónica,
nos observa con desdén.
No lanzas juicios: los encarnas.
Y nos traspasas —con la sutileza de un puñal envenenado—
con salud y enfermedad, con gloria y ruina.
Eres la tejedora ciega de un hilo que no elige dirección,
nos atas con él a la rueca inmisericorde de la existencia.
El tiempo, ese río eterno de arenas que no se detiene,
corre a tu favor,
y mi corazón, fatigado de sí mismo,
no sabe ya si debe precipitarse en sus latidos o enmudecer en la pausa definitiva.
Quisiera llorar, mas ya no puedo:
la fuente de mi alma se ha secado,
y lo que queda es un desierto de espíritu.
Permanecer a tu merced es vivir condenado.
Eres destino disfrazado de azar,
rueda impía que gira sin compasión,
nunca posando su índice en mi favor.
Me despojas, me exhibes,
me humillas con la gracia de una sacerdotisa cruel
que ofrece mi vergüenza en sacrificio ante un altar vacío.
Ni siquiera los fuertes —los que se creían firmes—
pueden sostenerse a tu paso;
los hallo derrumbados, llorando sin pudor junto a mí.
Deseo despertar de este sueño que yo mismo quise soñar,
pues se ha tornado en pesadilla:
la sombra devoró a la sombra
y la noche se hizo más oscura que la propia ceguera.
Y aun así, reúno las cenizas de mi coraje
para compartir esta oscuridad con otros.
No por redención, sino por rabia.
Porque ya solo el odio se cobija en mi pecho,
y no sé si gozo o sufro en el eco del dolor ajeno.
Me convertí en una criatura funesta,
un mercenario del alma,
una sombra encadenada a ti,
oh Fortuna implacable.
No puedo afirmar, sin más, que viví en desgracia,
pues tú misma me coronaste rey.
Me ofreciste el trono dorado
y me diste a probar la miel de la cima.
Pero como fui alzado, fui también abatido,
y me arrebataste la gloria con idéntico fervor.
¡Oh, Fortuna maldita!
Que me hiciste ascender solo para lanzarme desde la cúspide.
Ojalá murieras…
pero todos sabemos que eso no será.
Porque todo aquel que ha caído
clama por ti sin entender el precio.
Y si por un instante el mundo se atreviera a enterrarte,
tu epitafio, esculpido con oro de los vencidos,
diría sin temblor alguno:
"Perra",
la única palabra digna de tu nombre.
Refugio Ilusorio: Cuando la Luz Mendiga en la Oscuridad
En el insondable vacío universal, donde la luz no penetra y los ojos carecen de visión, existía una entidad cuya presencia era plena y absoluta. Era un lugar donde la razón se desvanecía, arrastrada hacia los abismos de la locura. Y sin embargo, aquella entidad, inmersa en la oscuridad, contemplaba todo con una mirada analítica y serena, como si su existencia misma fuera una manifestación del entendimiento puro.
Los seres de la luz, aquellos que se creían hijos del resplandor eterno, acudían a ella en busca de respuestas. A pesar de estar envueltos en la claridad, llevaban consigo fragmentos de sombra: dudas, temores y desconfianza que les impedían entregarse plenamente al otro. La entidad los escuchaba con paciencia y rara vez rechazaba sus consultas. Pero en su interior reía, no con burla sino con una comprensión profunda y amarga; veía en ellos la hipocresía de quienes proclamaban vivir en la verdad absoluta mientras ocultaban sus propias contradicciones bajo sonrisas vacías.
La oscuridad que rodeaba a la entidad no era un espacio desolado ni un refugio para el mal. Era un reino con reglas propias, un manto galáctico que no aceptaba a cualquiera. Así como los seres de doble moral eran incapaces de adentrarse en sus dominios, tampoco los malvados hallaban cobijo en ella. La oscuridad no era caos ni perversión; era orgullo, equilibrio y justicia. Solo aquellos capaces de enfrentar su propia sombra podían comprender el verdadero significado de su abrazo.
El rey, cargado con el peso de sus acciones ruines, avanzó rápidamente hacia la habitación de la reina. Con él iba la princesa, caminando a su lado con una rigidez inquietante, como si fuera una figura esculpida en pan endurecido por el tiempo. Su rostro era un lienzo vacío, desprovisto de cualquier emoción; no había alegría, temor ni siquiera desconcierto. Pero al rey esto no le importó. Lo único que veía era que su hija estaba de nuevo en pie, y para él, eso bastaba.
Al llegar a los aposentos de la reina, encontró a su esposa recién incorporada, sentada al borde de la cama, todavía pálida por los eventos recientes. Antes de que la reina pudiera hablar, el rey exclamó con una voz exultante, aunque teñida de nerviosismo:
—¡Deja de llorar, mujer! Mira, aquí está nuestra hija, sana y salva.
La reina giró lentamente su rostro hacia ellos. Al ver a su hija, esbozó una sonrisa cansada que pronto se deshizo en un llanto de alivio. Se levantó con dificultad, extendiendo los brazos hacia la niña, y la abrazó con fuerza. Cerró los ojos y dejó que su corazón se llenara de amor maternal. Pero algo en aquel contacto la perturbó profundamente. Un frío inhumano atravesó su cuerpo como un filo de hielo, y por un instante, en su mente se formó una visión fugaz: un salón de fiestas lleno de invitados, con sombras enormes apostadas en cada esquina. Estas figuras tenían ojos luminosos de un violeta abrasador, y bajo su mirada, las almas de los presentes parecían secarse y marchitarse, como flores muriendo al sol abrasador.
Sacudiendo la cabeza, la reina intentó ahuyentar aquella imagen perturbadora. Decidió atribuirla al cansancio y la ansiedad que había acumulado. Con voz suave pero firme, se dirigió al rey:
—Mi señor, creo que deberíamos suspender la festividad de nuestra hija. No la veo en condiciones de soportar el bullicio de los invitados. Quizás podríamos posponerlo para el próximo año...
Las palabras de la reina no cayeron bien. El rey frunció el ceño y le arrebató la conversación con tono severo:
—¡Estás loca, mujer! Nuestra hija está bien, ¡sana y salva! Este es el momento de mostrarle a todos que sigue siendo nuestra princesa, la heredera amada por su pueblo. ¡No voy a suspender nada!
Sin más, el rey salió del aposento, pero antes de que pudiera avanzar mucho, una de las damas de la corte lo interceptó.
—Mi señor, disculpadme, pero una de nosotras no aparece. Hemos buscado en sus aposentos, pero no está, y tememos que algo le haya sucedido.
El rey, visiblemente molesto, le respondió con brusquedad:
—¡Bah! No pierdas el tiempo con nimiedades. Probablemente esté enferma o salió del castillo. ¡Déjala en paz!
La mujer, con la voz temblorosa, intentó replicar:
—Perdón, mi señor, pero... hemos buscado por todas partes, y...
El rey interrumpió con un tono glacial:
—Te lo repetiré solo una vez más: olvida a esa mujer. Si mencionas este asunto otra vez, consideraré que tu lealtad está en duda y haré que te expulsen del castillo. Ahora vuelve con la reina y ocúpate de atenderla. Y que quede claro: ni una sola palabra de esto saldrá de tus labios frente a ella.
La dama, temblando y con lágrimas acumulándose en sus ojos, bajó la cabeza en señal de sumisión.
—Sí, mi señor. Haré lo que ordenéis.
El rey le lanzó una última mirada amenazante antes de girarse y continuar su camino. Sus pasos resonaban con fuerza en los pasillos, retumbando con un eco inquietante. Mientras se alejaba, la atmósfera se tornaba aún más opresiva, como si las mismas paredes del castillo guardaran secretos que nadie estaba dispuesto a revelar.
El sol se ocultó, pero esta vez no como parte de su ciclo natural. Pareció apresurarse, como si una fuerza ancestral lo hubiera empujado, dejando tras de sí un resplandor moribundo. No hubo luna, no hubo estrellas. La oscuridad no era ausencia, sino una presencia abrumadora que devoraba todo. Los últimos rayos del sol palpitaban como si les doliera apagarse, y al hacerlo, dejaron al mundo indefenso.
El salón del palacio se llenó de murmullos que apenas lograban cubrir el miedo latente. Los invitados intercambiaban miradas furtivas; los rumores sobre una mujer asesinada y su hija desaparecida flotaban como fantasmas entre ellos. Incluso los niños, quienes normalmente habrían llenado el lugar con risas, se aferraban a sus padres con ojos que reflejaban algo más que timidez: era un miedo visceral, instintivo. Y aunque la música y la comida eran abundantes, la atmósfera se sentía pesada, como si el aire mismo fuera cómplice de un secreto ominoso.
Cuando el paje anunció la llegada de la familia real, el salón quedó en un silencio que pesaba como una lápida. Todas las cabezas se inclinaron reverentemente, pero cuando alzaron la mirada, algo quebró su compostura. Allí estaba la princesa, pero no era la niña de trigo que muchos habían idealizado. Su piel, antes dorada y cálida, ahora parecía ceniza pulida. Sus ojos, que alguna vez habían reflejado vida, emitían un brillo violeta que parecía traspasar las almas. Los movimientos de la niña no eran humanos; eran calculados, como si cada paso fuera guiado por hilos invisibles que se burlaban de la naturaleza misma.
El rey observó a su hija con una mezcla de orgullo forzado y terror reprimido. Sabía que algo no estaba bien, pero no podía admitirlo, ni siquiera a sí mismo. Caminó entre los invitados, repartiendo palabras de ánimo que sonaban huecas incluso para sus propios oídos. "¿Estás disfrutando de la fiesta?", preguntaba. "¿Necesitas algo más?" Pero cada respuesta que recibía era un reflejo distorsionado de su propia inquietud.
Entonces, una voz resonó en el salón, grave y cavernosa, como si hubiera surgido del mismo abismo. "Mi señor, ha llegado la hora de pagar por su felicidad." El eco de esas palabras descompuso la fachada de celebración. Los músicos dejaron de tocar, los sirvientes se congelaron, y los invitados quedaron inmóviles, sus ojos vacíos como si algo los hubiera arrancado de este plano.
El rey sintió un escalofrío recorrerle la columna. Su instinto lo llevó a buscar a su esposa y a su hija. La reina yacía en el suelo, su piel grisácea y sus ojos convertidos en pozos vacíos. La princesa estaba de pie sobre su cuerpo, sus ojos violetas brillando con una intensidad que iluminaba el horror. El rey vio cómo un destello salía de los labios de la reina, una esencia brillante que fue absorbida por la boca de su hija.
Una sombra densa comenzó a formarse en el centro del salón. Era más oscura que la noche, más profunda que cualquier abismo. Cuando habló, su voz era un coro de miles de lamentos, retumbando en cada rincón del lugar. "Soy la oscuridad que habita entre los momentos de felicidad, la sombra que acompaña cada risa, la agonía que equilibra la balanza de su existencia. Tu codicia, rey, ha roto las leyes del equilibrio. Nos diste la llave para entrar."
El rey cayó de rodillas, incapaz de sostenerse bajo el peso de esas palabras. "Mi hija..." susurró, su voz quebrada, perdida. "Ella no es parte de ustedes. ¡Ella es nuestra luz!"
La sombra rio, un sonido que reverberó en los huesos de los presentes, como si se burlara de la misma esencia de la vida. "¿Luz? ¿Crees que puedes crear algo puro con sangre manchada? Esa niña es un puente, un receptáculo. Tú mismo la ofreciste cuando sellaste tu pacto. Su cuerpo de pan fue un regalo envenenado, moldeado para llevar nuestra esencia. Ahora es nuestra reina, y este reino, nuestro dominio."
El rey intentó avanzar hacia su hija, pero las sombras lo detuvieron, envolviéndolo con una fuerza imparable. Una parte de él luchaba, pero otra ya sabía que era demasiado tarde. Miró una última vez a la niña, esperando ver algún vestigio de humanidad, algún signo de la niña que alguna vez fue. Pero lo único que encontró fue el vacío, una marioneta sin voluntad, que ahora respondía a un maestro diferente.
La sombra habló por última vez, su voz resonando en cada rincón del salón. "Tu hija gobernará un reino de desesperación, y tú, rey, serás nuestro primer servidor. Tus manos construirán el mundo que destruirá todo lo que amas."
El rey gritó, un grito de impotencia que fue silenciado cuando las sombras lo consumieron, tragándose su alma como una bestia hambrienta. El salón, que alguna vez fue el centro de la vida y la luz, se convirtió en un mausoleo de almas atrapadas, cada rincón impregnado de desesperación. La princesa, ahora reina, se sentó en el trono, sus ojos brillando con un violeta maldito que iluminaba el abismo que ahora reinaba en el palacio.
El reino, que alguna vez fue un faro de prosperidad, se sumió en la oscuridad. El sol nunca volvió a brillar, y cada amanecer era devorado por una noche interminable, un pozo sin fondo de desesperanza.
Allá a lo lejos, en aquel recóndito faro, una densa niebla cubría el mar, engullendo el horizonte en misterio. Desde esas brumas emergió un ser vivo de proporciones inimaginables. No era una ballena ni criatura conocida, sino un vetusto ser bípedo, cubierto de vegetación marina que se aferraba a su cuerpo como si formara parte de él. Sus ojos, dos destellos profundos y vibrantes, reflejaban incluso la más tenue luz, iluminando la escena con un halo espectral. Al expandir sus largos brazos, su figura se tornaba imponente, desatando temor y fascinación a partes iguales.
El faro, carcomido por los embates del tiempo y las tormentas, se alzaba como un testigo silencioso de los relatos de un mar indómito. Las olas rompían contra las rocas circundantes, componiendo un canto melancólico que ahora se unía al lamento gutural del gigante. Su inmovilidad duró lo que parecieron horas, hasta que comenzó a emitir sonidos que se asemejaban a una lengua olvidada por el tiempo, un canto primigenio que reverberaba en el aire, como si llamara a los espíritus ocultos de las profundidades. Era un sonido irreconocible incluso para los oídos más curtidos de los marinos que habían navegado el mundo entero.
Cuando elevó sus brazos y extendió sus vastas manos, el mar respondió con furia. Aguas que antes estaban tranquilas comenzaron a agitarse; remolinos aparecieron de la nada, y olas descomunales se alzaron tras de él. Aquello era, sin lugar a dudas, un ritual desconocido para los humanos, una ceremonia que llenó de terror a los pescadores que observaban desde la costa. Muchos rezaban a sus dioses en busca de protección mientras el pánico se esparcía como una niebla invisible. El aire salado vibraba con tensión, cargado de una energía casi eléctrica.
La escena se volvió más inquietante cuando, de repente, cientos de peces saltaron fuera del agua, arrojándose al desierto de arena como si huyeran de un peligro inminente. Los observadores, atónitos, dirigieron su atención al gigante marino, cuya mirada ahora se clavaba en ellos con una intensidad devastadora. Bajó lentamente sus brazos y, con un suspiro profundo que parecía contener siglos de sabiduría y sufrimiento, extendió una de sus extremidades hacia la multitud. Su señal se posó en una joven de entre la muchedumbre.
De pronto, la voz de una niña, temblorosa y llena de asombro, rompió el silencio:
—¡Esto es un regalo para ustedes! En las profundidades del mar conocemos su condición y su escasez de alimento —dijo, mientras el trémulo sonido del gigante se fundía con sus palabras, como si fueran la misma voz—. También sabemos de sus graves faltas contra los hijos del agua; no respetan vida alguna. A pesar de nuestra nobleza e ingenuidad al acercarnos, ustedes responden con objetos de muerte.
Al terminar de hablar, el mar expulsó arpones, ballestas y redes, arrojándolos con desprecio hacia la playa. La escena era surrealista: las armas humanas yacían como ofrendas rechazadas ante la majestad del gigante. Luego, con una voz que resonaba tanto en el gigante como en la niña, pronunció:
—No estamos dispuestos a tolerarlo más. Mis hijos y yo les pedimos que frenen sus hostilidades.
En ese momento, decenas, quizá cientos, de cabezas comenzaron a asomarse entre las olas. Eran los seres míticos de los que hablaban los cuentos de viejos marineros: sirenas. Sus ojos, brillando con una mezcla de curiosidad y temor, observaban la escena desde la seguridad del agua.
El gigante continuó hablando a través de la niña:
—Por favor, déjennos en paz. Como muestra de nuestra petición, les ofrecemos este festín: el sacrificio de nuestros hermanos como un acto de buena voluntad.
La tensión en el aire era insoportable, pero de entre la multitud surgió una voz temblorosa, la de un viejo desgarbado:
—¡Tú no eres nadie para prohibirnos nada!
Otra voz, cargada de desdén, se unió:
—¡Lo que tú quieres es atemorizarnos!
Finalmente, una tercera, cargada de ira, gritó:
—¡Maldita bestia inmunda que se oculta tras frases venenosas! ¡Regresa al infierno donde perteneces!
Fue entonces cuando el gigante emitió un estruendo monumental que hizo temblar la tierra bajo sus pies. Era un grito de frustración y dolor, un trueno que resonó en todo el lugar. Sin decir más, comenzó a descender lentamente hacia las profundidades del mar junto con las sirenas, que lo siguieron en silencio. La niña volvió en sí, desorientada y sin recordar lo que había ocurrido. Sus ojos estaban llenos de lágrimas mientras corría hacia sus padres, abrazándose con fuerza a la falda de su madre. Entre sollozos, exclamó:
—No sé qué pasó... pero... ¡era bueno! ¡Él no quería hacernos daño! ¿Por qué le gritaron? ¡No tenían por qué tratarlo así!
Sus palabras, aunque fragmentadas e inconexas, resonaron como un reproche sincero, cargado de la pureza de quien apenas empieza a comprender el mundo. Pero el pueblo permaneció inmóvil, sus rostros endurecidos por el miedo y la negación.
Los pescadores, ajenos a lo que acababa de ocurrir, se apresuraron hacia los peces que yacían en la arena, un regalo de paz convertido en botín. Sus risas y gritos de victoria llenaron el aire como un eco siniestro. Los vi pelearse entre ellos, repartiéndose el producto de una generosidad que no habían merecido. Sus sonrisas me resultaron crueles, como las de demonios regocijándose en su propio triunfo mezquino.
Mientras los observaba, una sensación de náusea y desasosiego creció en mi interior. Aquel ser, capaz de arrasar con todo a su paso, había optado por la humildad y la humanidad, buscando una conexión que el pueblo rechazó con brutalidad. Mi mente no dejaba de volver al gigante, a su grito cargado de sufrimiento, y a la multitud, que se aferraba a su ignorancia con una violencia casi instintiva.
La vergüenza y la culpa me envolvieron como una marea oscura. No solo me sentía horrorizado por los demás, sino también por mi propia pasividad, por no haber dicho o hecho algo para detener aquel atropello. Con el corazón pesado y la rabia latiendo bajo mi piel, decidí alejarme.
Esa misma noche, sin mirar atrás, me hice al mar en un viejo bote que apenas se mantenía a flote. El aire salado y el vaivén de las olas parecían murmurar palabras de consuelo, como si las aguas quisieran acogerme en su seno. Con cada remo, me alejaba no solo de la costa, sino de la mezquindad que había presenciado.
Mientras avanzaba hacia el horizonte, una idea comenzaba a formarse en mi mente. Tal vez, en las profundidades del océano, encontraría seres llenos de bondad e inteligencia, seres capaces de darme la paz que la humanidad había sido incapaz de ofrecer. Y aunque el mar me recibía en su vastedad insondable, una parte de mí sabía que jamás podría olvidar la mirada del gigante ni el dolor que marcó su despedida.
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En el fondo de un viejo sótano, dentro de una casa abandonada, se hallaba un baúl bellamente adornado, oculto entre recuerdos empolvados que parecían no querer ser encontrados. La pieza, una obra de artesanía inigualable, evocaba el esfuerzo de un hombre que había vertido su alma en cada detalle, dejando su última gota de sudor y sangre en su confección. La cerradura, en mal estado, cedió con un simple toque, como si hubiera esperado durante años a ser liberada. Un susurro de curiosidad recorrió mi cuerpo al abrirlo.
Lo que encontré allí revelaba la importancia de su contenido: un vestido de mujer, envuelto en gruesas telas que lo protegían como un dulce delicado. Al deshacer la envoltura, una pequeña decepción nubló mis pensamientos. El vestido, aunque anticuado y aburrido por los estándares actuales, mantenía una belleza que no se podía negar, y el trabajo de su confección, impecable. No era difícil adivinar que no se trataba de una prenda reciente; su antigüedad se dejaba entrever, pero sin perder la majestuosidad de una era lejana.
Ante esta revelación, surgieron varias preguntas: ¿Qué hacía una vestimenta de tan alta clase en un lugar tan olvidado? ¿A quién habría pertenecido? Esas incógnitas, pesadas y molestas, se quedaron conmigo como una carga.
Entre todos los cachivaches en abandono, había un maniquí en el que decidí colocar el vestido para apreciarlo mejor. Retrocedí unos pasos y comprendí aún más el secreto de su confección. Era realmente hermoso, con toques de elegancia únicos que esbozaban una figura delicada y perfecta en el maniquí. Si lograba resaltar tanto en un simple muñeco, ¿Cómo se vería una mujer real al llevarlo puesto?
Dejé el vestido allí un momento mientras revisaba el resto de objetos dispersos por el suelo, esos ecos del pasado. Fue entonces cuando una voz femenina, delicada y llena de una elegancia que helaba el aire, se dejó escuchar:
—¿Qué es lo que buscas?
Me tomó por sorpresa; aturdido, giré la cabeza hacia todos lados y grité:
—¿Quién está ahí?
Pero no obtuve respuesta. Me obligué a ignorarlo, convencido de que debía ser producto de la fatiga o una simple confusión.
Sin embargo, la voz volvió a surgir:
—¿Qué es lo que estás buscando?
Esta vez me quedé inmóvil. Ahora podía percibir la dirección de donde provenía. Lentamente me giré hacia ella. Con la mirada baja, comencé a levantarla, hasta que mis ojos se encontraron con el vestido. Pero ya no estaba sobre un simple maniquí; ahora lo envolvía una figura femenina, irreal y etérea, que destacaba su esplendor.
Sus ojos eran dos espejos en los que se reflejaba un verde profundo, como el de los frutos del olivo en la estación madura. Su piel, tan blanca como la nieve recién caída, contrastaba con los labios rosados, la nariz perfectamente perfilada y las pestañas largas que temblaban con el viento que parecía no existir.
Me miró con una expresión de duda, como si mi presencia la desconcertara, y luego habló, su voz impregnada de una frialdad que cortaba el aire:
—Me vas a decir sí o no: ¿qué es lo que realmente estás buscando?
Aunque la belleza de su rostro me sorprendió, algo en mi interior me decía que no era de este mundo. No se trataba de un alma viva; su esencia, a pesar de su forma etérea, emanaba una antigüedad que no pertenecía a este plano.
Le respondí con educación:
—Disculpe, bella dama. Pensaba que este lugar estaba deshabitado, pero veo que me he equivocado. Le ruego me disculpe.
Ella me interrumpió:
—Sigues sin responder a mi pregunta.
—¿Cuál es esa pregunta? —le dije, incapaz de esconder mi desconcierto.
—Sabes... es de mala educación hacer que los demás repitan tanto las cosas. Solo lo diré una vez más: ¿qué buscas aquí?
No pude evitar mi respuesta:
—Disculpe nuevamente por mi falta. La verdad es que busco algo de valor, algo que pueda sacar de su miseria a este desdichado que tiene frente a usted.
—¿Eres un ladrón? —preguntó ella con una sonrisa pícara, y una mirada que parecía burlarse de mí.
—¡No! Bueno... tal vez lo sea un poco —le respondí, riendo nerviosamente.
—Bien, veo que te has dado cuenta de que ya no pertenezco a este plano terrenal, ¿cierto? —Asentí con la cabeza en señal de aprobación a su pregunta.
—Veo que tampoco te asusta estar delante de un espíritu; me resulta bastante curiosa esa parte de ti —me dijo, sonriendo ligeramente, con ojos llenos de una luz que no entendía. —Bueno, creo que tendré que decepcionarte —continuó—. Aquí ya no hay nada que pueda tener valor para ti, al menos no en términos monetarios. Este hogar lleva años deshabitado. Quienes vivieron aquí por última vez murieron trágicamente en un accidente, o al menos eso me dijeron antes de partir a lo que ustedes los vivos llaman 'el más allá'.
Hizo una pausa, como si reflexionara sobre algo lejano, y luego continuó:
—Y yo estoy aquí, atrapada en el abandono, sin poder ir a ese 'más allá'. Aunque en parte no podría acceder a él, porque soy un espíritu construido por todas las mujeres que me han hecho el honor de portarme. No soy la misma que fui hace tantos años; en el pasado tenía un corte robusto, me sobraba mucha tela. Con el tiempo, me rediseñaron hasta convertirme en lo que ves aquí. Aunque, al verte con esa ropa... la moda ha cambiado mucho.
—Bueno —le respondí—, no soy exactamente un portador de la moda actual; más bien soy alguien que lleva consigo lo necesario para dar una imagen 'respetable'.
El espíritu del vestido sonrió con una expresión irónica.
—Claro, entiendo. Al menos veo que eso no ha cambiado nada en tantos años. En fin... no te haré perder más tiempo. Mira —señaló hacia un rincón del sótano—, ¿Ves ese montón de objetos apilados? Debajo de todo eso hay un tesoro que te será valioso. Tiene una piedra preciosa, un rubí, si no mal recuerdo. Es bastante grande, así que seguro te traerá buenos beneficios.
Sentí cómo una gran sonrisa se dibujaba en mi rostro. Me volví rápidamente hacia el lugar y señalé:
—¿Ahí?
—Sí, exactamente ahí —respondió ella.
Me encaminé rápidamente hacia el montón de objetos y comencé a removerlo. Eran solo viejos trapos, pero había demasiados. Finalmente, encontré una pequeña caja dorada, decorada con finas ornamentas. La tomé en mis manos y, con cierta ansiedad, le pregunté al espíritu:
—¿Es esta?
Con una sonrisa, ella respondió:
—Sí, esa es.
Procedí a abrir la caja y, al ver su contenido, mi sorpresa fue enorme: un gran rubí, engastado en lo que parecía ser un broche de vestido. No pude evitar que mis ojos brillaran ante el deslumbrante valor de la pieza.
Sin embargo, el espíritu me dijo:
—Solo te pido un favor antes de que te lo lleves. Ven conmigo, déjame darle un último vistazo. Quiero recordar aquellos tiempos en que las mujeres lo usaban con gran presunción.
Me acerqué a ella, con el broche en mano. Fue entonces cuando el espíritu comenzó a sollozar, su llanto casi imperceptible. Me sujetó de la mano, con la otra empuñando el broche, y dijo:
—Este broche significó mucho para las mujeres que me llevaron. Con él, podían deshacerse de los hombres que las maltrataban. Desde la primera vez que lo vi, atestigüé cómo desaparecían, enviando a esos hombres al más allá. Aunque también había algunos que eran buenos... eso no importaba; ya estaban podridos por dentro. Si querían eliminar a alguien, simplemente usaban esto.
Fue entonces cuando ella apretó mi mano con fuerza. Sentí cómo una punta se clavaba profundamente en mi piel. El dolor fue insoportable, como si una corriente eléctrica recorriera mi cuerpo. Poco a poco, la figura femenina que destacaba por su delicadeza se fue transformando, deformándose en un ser oscuro y temible. Su voz, antes suave y cautivadora, se tornó burlona y cruel:
—Fuiste un tonto al confiarte. Nadie antes había caído tan fácilmente en este juego. Me asombras.
—Ahora debo decirte —continuó, su tono mordaz—, ese objeto posee un veneno tan potente que puede matar a bestias de gran tamaño en instantes. Así que dime: ¿qué se siente? ¿Estás viendo la luz que los mortales dicen que hay al final del camino? ¡Por favor, dime algo!
No podía moverme. Estaba en el suelo, solo podía escuchar y ver, sin poder expresar el arrepentimiento que sentía por haber caído en la trampa del espíritu. Ella me observó con su cínica sonrisa y exclamó:
—Dado que ya no puedes hablar, lo haré yo por ti. Y te diré algo: aquellos que mueren pasan a formar parte de mí. Así es como mantengo vivo este hermoso vestido, y claro, también a mí. Porque yo morí una vez, junto con él. No sin antes haberme llevado al pobre imbécil que decía amarme.
—Total —añadió, con desdén—, espero que disfrutes una eternidad dondequiera que te alojes. Y si ves a los demás, salúdalos de mi parte.
En ese instante, el espíritu transformó sus ojos en un tono ocre. De su boca emanaba una luz del mismo color, una luz que me absorbió, y me arrastró hacia su boca. En un parpadeo, mi visión desapareció. No pude sentir mi cuerpo; ya nada de mí existía.
Pasó un largo tiempo hasta que recuperé el conocimiento. Al abrir los ojos, me encontré en ese mismo sótano maldito, rodeado de lamentos. Eran voces varoniles, todas quejándose en el más absoluto dolor. Sin duda, aquellos hombres eran parte de los juegos macabros a los que el espíritu había sometido a tantos. Si era cierto lo que había dicho, muchos de ellos cumplían su condena allí, mientras que otros, como yo, formaríamos eternamente parte de ese vestido maldito.
Silencio. Solo el sonido del viento que corría por las calles quedó como testigo de la atrocidad. El rey se incorporó, limpiándose la sangre de las manos, y con un gesto, ordenó a su guardia que lo siguieran con la niña en brazos.
El sol aún brillaba con fuerza en el cielo, pero aquel día, las sombras se adueñaron del castillo. Lo que debía ser una celebración luminosa por los doce años de la princesa se tornó en un presagio sombrío. La alegría que solía inundar las vastas estancias había desaparecido, dejando en su lugar un aire opresivo, como si el propio castillo se hubiese convertido en un colosal calabozo donde las esperanzas iban a morir.
Como un ladrón en la penumbra, el rey regresó al castillo, acompañado de su guardia. Habían elegido una entrada olvidada, por donde ni siquiera la servidumbre osaba pasar: un pasaje húmedo y oscuro, hogar de ratas y arañas. Sus pasos, apresurados y torpes, parecían los de un extraño en su propia morada.
Al atravesar uno de los pasillos principales, una dama de la corte lo interceptó. Su voz, cargada de preocupación, lo detuvo.
—Majestad, la reina sigue inconsciente. No sabemos qué hacer. Hemos enviado por el doctor de la corte, pero no aparece.
El rey, desbordado por la furia y el miedo, respondió con un rugido que resonó por todo el castillo:
—¡Lárgate!
La dama, sorprendida por el tono feroz de su señor, quedó inmóvil por un instante. Sin embargo, sus ojos repararon en la figura de un guardia que llevaba en brazos a una niña, y su curiosidad la condenó.
—¿Por qué lleva una niña, mi señor? —preguntó, incapaz de contenerse—. ¡Explíqueme lo que mis ojos están viendo!
La paciencia del rey se quebró. Con una mirada asesina, ordenó:
—¡Mátenla!
Sin dudarlo, uno de los guardias desenvainó su espada y atravesó el vientre de la mujer. Su cuerpo cayó al suelo, inerte.
—Deshazte de ella —ordenó el rey al guardia más cercano antes de continuar su camino.
Cada paso por los pasillos del castillo parecía alargarse infinitamente, como si las paredes mismas intentaran retenerlo, atormentándolo por su vil propósito. Finalmente, llegó al dormitorio de su hija. Allí estaba ella, recostada en su lecho, inmóvil, tan delicada como una muñeca de porcelana.
—Dámela —ordenó al guardia que llevaba a la niña.
Con manos temblorosas, el rey tomó a la pequeña inconsciente y la colocó sobre el suelo, junto al lecho de su hija. Observó el rostro angelical de la niña, que parecía tan indefensa como su propia alma en ese momento. Desenvainó su espada.
El acero en sus manos pesaba más que nunca. A pesar de sus años en el campo de batalla, nunca había cometido un acto tan atroz. Una oleada de náusea y terror lo recorrió, pero apretó los dientes y, con un grito desgarrador, hundió la espada en el pecho de la niña.
El cuerpo infantil se arqueó mientras la pequeña soltaba un grito ahogado. Sus ojos se abrieron por un instante, llenos de sorpresa y miedo, antes de volverse hacia arriba, vacíos. Su piel comenzó a palidecer hasta adquirir un tono mortecino.
El rey dejó caer la espada y retrocedió tambaleándose.
—¿Qué he hecho? —susurró, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Soy un monstruo! ¡Un demonio!
Desesperado, sacó un puñal de su cinturón.
—Díganle a mi esposa que siempre la amé. Díganle que me perdoné, por lo que hice y por lo que estoy por hacer.
Los guardias se lanzaron hacia él, intentando detenerlo, pero antes de que el rey pudiera clavarse el puñal, una débil voz rompió el silencio:
—¿Papá?
El tiempo pareció detenerse. Todos los presentes giraron la cabeza hacia el lecho de la princesa. Allí estaba ella, incorporándose lentamente. Sus movimientos eran torpes, mecánicos, como los de un títere. Sus ojos, aunque abiertos, no reflejaban la chispa de vida de antes, sino un vacío helado y aterrador.
El rey dejó caer el puñal al suelo y se arrojó hacia su hija, abrazándola con fuerza.
—¡Gracias! ¡Gracias a los cielos! —exclamó entre sollozos, sin saber que sus palabras eran un tributo a las fuerzas más oscuras y profanas.
Mientras la estrechaba contra su pecho, la princesa permanecía inmóvil, fría como el mármol, su mirada perdida en algún lugar más allá de este mundo.
Sin embargo, para el rey, nada de eso importaba. Su hija vivía, y en ese instante, su alma perdida halló consuelo en la más macabra de las victorias.
La hora señalada para la celebración del duodécimo cumpleaños de la princesa estaba a segundos de cumplirse. A pesar de los preparativos y la expectación en el reino, el exterior del castillo se cubría con una niebla espesa, mientras el sol, antes resplandeciente, ahora brillaba con una opacidad extraña, como si el cielo mismo pesara sobre los hombros de quienes se acercaban al palacio.
Marcaban las doce y media de la noche. Para algunas criaturas, el concepto del tiempo carece de relevancia; ellas navegan por la lobreguez con un brillo propio, una luz tenue que titila como estrellas perdidas en un vasto océano de oscuridad. Utilizan esa luminosidad para atrapar a las víctimas desprovistas de una inteligencia emocional suficiente. Los débiles de mente son presas fáciles para las entidades ocultas en las sombras, sombras más densas y profundas que el vacío del espacio, ese abismo insondable al que ni siquiera los viajeros interestelares se atreven a acercarse, temerosos de ser devorados por lo desconocido.
Existen muchas formas de aniquilar a una presa, pero todas se doblegan ante el verbo afilado de una lengua entrenada en el arte del engaño: lenguas que tejen promesas vacías, huecas como ecos en un cañón desolado, resonando con un eco poderoso en las mentes vulnerables donde el amor es escaso. Pobres aquellos corderos extraviados en las llanuras del engaño. Se ven a sí mismos como víctimas, pero la verdad es más cruel: en la ignorancia, no hay culpable más grande que uno mismo.
La vida, en su esencia misma, se encarga de enseñarnos con dolor la profundidad del abismo. Sin embargo, el tiempo que decidamos contemplarlo define nuestro destino; pues cuando miramos al abismo, este también nos devuelve la mirada, arrebatándonos lo último que nos queda: la virtud de la inocencia.
Los mayores vicios dejan su rastro en la noche como gritos desesperados de auxilio. A través de tormentos e indecisiones, trasladan al cuerpo del placer a la agonía, quebrantando la voluntad sin medir las consecuencias. Quienes ansían los placeres carnales sienten su carne temblar, suplicante, buscando liberarse de la voluntad que la contiene. Pero es insensato ignorar las señales de auxilio que emite el templo de la vida —el cuerpo—: señales que sacuden al sentido común y agitan el aire con desesperación.
En un último suspiro, siente cómo el viento puro de la vida se agota. La vista se nubla y los labios, secos y temblorosos, murmuran una súplica. Pero entonces ya es demasiado tarde.
Muchos se consideran inmortales, inmunes a las consecuencias de sus actos. Sin embargo, el tiempo, implacable como un río que arrastra todo a su paso, se encarga de desmentir esa arrogancia. Con los años, los dolores albergados en la mente se convierten en un castigo insoportable; no existe tormento más cruel que el de un cerebro perturbado, consumido por los ecos de un pasado malogrado. Sin embargo, incluso frente a ese sufrimiento, la necedad encuentra su lugar.
La necedad, cansada de buscar comprensión, se refugia en su propia dicotomía: intenta separar lo bueno de lo malo, justificándose no para sí misma, sino para los demás. Declara con desdén que el arrepentimiento es solo para almas cobardes, como si negar el peso del remordimiento la liberara de sus cadenas.
Pero es inútil buscar sentido en una mente fragmentada, rota por los frutos de sus propios actos. A veces resulta mejor apartar la mirada y fingir que nada sucede; porque nada cambiará en una mente cerrada. El tiempo podrá erosionar montañas y desgastar rocas milenarias, pero jamás abrirá las puertas de una voluntad que se ha clausurado a la redención.
El héroe, a menudo, encuentra su propio salvamento en el auxilio a los necesitados. En ocasiones, los más fuertes son también los más temerosos, y esto no es necesariamente negativo. Del miedo brota su coraje, una cualidad que le permite actuar con inteligencia, sopesar sus decisiones y reflexionar antes de lanzarse a la acción.
Es por esto que quien asume este rol puede ser reconocido como tal: por su existencia arriesgada, en la que enfrenta constantemente el peligro, pero sabe bien que no puede ni debe entregarlo todo. Siempre debe reservar algo para sí mismo; porque, por más luz que proyecte una vela, si nunca se apaga, cuando lleguen las tinieblas no habrá nada que ilumine el camino ni disipe las sombras.
Aunque posea habilidades sobrehumanas, quien arriesga su vida sigue siendo tan humano como cualquiera. No debe ignorar su esencia, porque quien asume que, al no ser común, es invulnerable y capaz de soportarlo todo, está cayendo en un grave error. La imprudencia es peligrosa.
La auténtica naturaleza del salvador radica en lo cotidiano: en sus imperfecciones y en la fragilidad de su alma. Con frecuencia se destacan sus fortalezas, pero esas mismas cualidades esconden también sus flaquezas y temores. Bajo llave guarda sus inseguridades en un cofre que es su corazón, pues si las revela, no solo brindaría ventaja a sus adversarios, sino que quedaría herido en lo más profundo, en su espíritu.
Cuando falta, es fácil criticarlo, tildarlo de cobarde, pero pocos comprenden que su travesía es una de las más valientes. La balanza de la justicia rara vez se inclina a su favor, y sus actos, aunque impulsados por un propósito superior, suelen estar fuera de las normas de quienes lo juzgan. Por eso, en ocasiones debe abstenerse de intervenir, limitándose a ser un observador en la sombra, incluso cuando lo invocan con desesperación. Él sabe que también tiene un hogar al que regresar.
El defensor parece no tener derecho al reposo, ni siquiera en la calma de la noche. La oscuridad le roba su libertad, lo obliga a abandonar el descanso. La penumbra, con frecuencia, convierte a los humanos en algo más cercano a las bestias, individuos que, mientras todos duermen, muestran lo peor de sí mismos, capaces de desatar el caos y la destrucción. Aun así, quien protege se enfrenta, bajo las sombras, a la adversidad sin esperar recompensa ni agradecimiento.
En realidad, no se percibe a sí mismo como un héroe. Sabe que el heroísmo no radica en ser el más poderoso, sino en aquel que, a pesar de las incertidumbres, es capaz de enfrentar cada reto con sabiduría y valentía. En su interior, el verdadero heroísmo reside en la capacidad de confrontar el caos, la adversidad y la duda para alcanzar una conclusión memorable. Y es entonces cuando comprende, finalmente, que todos pueden ser héroes, al igual que él. Así, puede cerrar los ojos, contemplar la ciudad sin arrepentimientos, caminar entre los demás y perderse en el silencio, aunque sea por un instante.
Había una vez un niño sentado frente a una chimenea improvisada, hecha de ladrillos, ramas y cenizas. Observaba, hipnotizado, la luminosidad del fuego. Aquellas llamas eran su refugio, una ventana hacia una vida que ya no le pertenecía. En su mente, se veía envuelto en el calor de unos brazos maternos amorosos, un recuerdo tan lejano que casi parecía un sueño. Sintió un nudo en la garganta, pero se negó a llorar. Sabía que en las calles la debilidad no era una opción: las lágrimas no cambiaban el destino, y los pasos apresurados de los transeúntes jamás se detendrían para consolarlo.
Cada día era una lucha constante. Su destino parecía entrelazado con el de las ratas, cucarachas, perros y gatos que merodeaban por los callejones. A veces, en un intento de escapar de su realidad, se imaginaba como un Tarzán del asfalto, un líder entre los olvidados de la vida. Pero la verdad era que no había gloria en comandar la escoria.
Las noches eran cada vez más frías. Cuando el día terminaba, regresaba a su refugio: una vieja caja de cartón escondida en un callejón. Allí encendía, con esfuerzo, su única compañera: una pequeña llama. Miraba el fuego tembloroso con ojos vacíos, pero en su mente se transportaba a un mundo de videojuegos. Allí, su vida era un desafío extremo, un recorrido en la dificultad máxima. Si lograba superar cada nivel, se decía, podría rescatar a la damisela en peligro. Aunque, en el fondo, sabía que el verdadero rescatado sería él mismo.
Eventualmente, el cansancio lo vencía. Cerraba los ojos y se recordaba que incluso los héroes necesitan descansar antes de sus batallas.
Con el amanecer, comenzaba de nuevo la rutina del cielo. El sol se asomaba tímidamente, bañando el horizonte con tonos cálidos, mientras la luna, al retirarse, dejaba un beso silencioso en la frente del hijo de las calles. La juventud le daba la energía para continuar, una resistencia que otros en su lugar ya habrían perdido. Pero él no. Él no se rendía.
Creía, como en los cuentos y videojuegos que alguna vez disfrutó con sus padres, que al final de su lucha le aguardaría una recompensa. Sin embargo, no era ingenuo: sabía que tal vez, solo tal vez, la vida podría negársela, empeñada en ser la peor de las villanas. Pero también confiaba en que la vida conspira a favor de quienes saben esperar. Estaba convencido de que las fuerzas invisibles del universo, de algún modo, trabajaban para brindarle lo necesario en el momento justo, ni más ni menos.
Entendía que cada batalla tenía un propósito, y que, al final, lo que encontraría sería algo de verdadero valor. Sabía que las riquezas materiales no compran la felicidad, aunque sí facilitan la supervivencia. Y, con una madurez impropia de su edad, comprendía que las cosas llegan cuando menos lo esperas, siempre que no dejes de avanzar.
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Me encuentro allí, pequeño y vacío, en un vasto espacio blanco que me suplica dejar de alimentarlo con mis sombras, con el latido de mi diminuto corazón, que resuena como el tic tac de un reloj antiguo. Elevo mi mirada hacia un punto perdido en el infinito. Todo es blanco y puro, pero esta pureza me llena de miedo, me consume. Cada palabra que se forma en mis labios me arranca un pedazo de mi alma temerosa.
Sin embargo, debo ser fuerte, aunque mi tamaño sea limitado. Sé que, aunque mis pasos sean pequeños, tarde o temprano alcanzaré algo. No importa si no es lo que espero, lo importante es que conocer la respuesta vale más que quedarse en la duda.
Con manos temblorosas, tomo una pluma y empiezo a trazar letras en el lienzo blanco que me rodea. Con cada trazo, grito por dentro, pero a la vez, me doy cuenta de algo fundamental: si soy pequeño, mis temores también lo son. Y, al reconocerlo, siento que, de alguna manera, soy más grande.
Al final, al contemplar mi atrevimiento de invadir la pureza de aquel espacio impoluto, comprendo lo diminuto que soy. Pero en cada palabra escrita, en cada idea plasmada, en cada sentimiento entregado a la nada, me libero del terror que me atenazaba. Y en ese acto, me sentí inmenso.
La complicación de lo simple es un auténtico dolor de cabeza. Damos vueltas una y otra vez en busca de la mejor idea que nos acerque al resultado deseado, sin exigirnos demasiado, claro está. Sin embargo, al obsesionarnos con el sendero de la perfección, descubrimos que en él no se encuentra nada perfecto. Qué paradoja embelesadora: lo imperfecto, con sus múltiples excusas y pretextos, a menudo guarda la respuesta exacta a nuestras dudas. Nos convertimos en un asteroide que orbita sin descanso la circunferencia infinita de un dilema.
Es difícil confiar plenamente en la voz que emana del corazón. Él no razona ni calcula, pero es sincero y honesto, una cualidad que, aunque reconfortante, nos incomoda. Sabemos que nunca dirá algo malintencionado, pero carece de la prudencia necesaria para elegir el momento adecuado en el que expresarse.
En cuanto al amor, no siempre necesita ser demostrado a cada segundo. Existe un peligro en convertirlo en una ley universal, en forzar su presencia constante, pues en el exceso se halla el germen del hastío. Sin embargo, tampoco debe confundirse con un veneno que deba ser administrado en dosis pequeñas. El amor, cuando se entrega, no admite medidas. Es infinito o no es nada.
En el libro de nuestras vidas, las páginas dedicadas al amor son extensas, hermosas y, en ocasiones, monótonas o confusas. Algunas veces parecen vacías de sentido, pero cuando esa esencia única e inefable se entrelaza con ellas, el capítulo que se escribe se convierte en el mejor de todos: aquel que da sentido a nuestra existencia.