Los ojos te estudian, los tímpanos hacen caso omiso a las acusaciones que desde tus labios escapan. “Estás enorme…” La pretensión de felicidad corona las sílabas, colorea el inmaculado canvas del semblante, agranda la curva de las fauces. “Mira lo mucho que has crecido.” Mano derecha se eleva en un intento por acunar las características femeninas, más te refugias en la oscuridad, leal acompañante de la bestia sonriente. Vamos, abre los ojos. Cuando lo haces, estás atrapada en un recuerdo, complejo espejismo diseñado especialmente para ti. Tu visión alterada para percibirte como una jovencilla de centelleante inocencia, sentada en las contadas hileras de asientos de abedul que componen la corte jurídica. Tu madre está junto a ti, mientras que él se encuentra distante, al frente, vociferando un monólogo que no entiendes del todo y cuya comprensión tampoco te es relevante. Fatídico día iniciado una vez más. Adviérteles, Giovana. Sálvalo. Cambia el curso de tu historia.
“¡no me toques!” exclamación es vociferada al momento en que presiente extremidad masculina acercándose a su rostro, palabras que rebotan como eco en su cabeza cuando todo se vuelve oscuro. ¿acaso es un sueño? ¿cuando abra los ojos despertará? sí, así tiene que ser. inhala profundamente, se aventura a abrir los ojos, deseosa de encontrarse con el techo de su habitación. sin embargo no es así, mirada recorre alrededores, ansiedad crece en su interior. observa sus manos, denota un anillo y brazalete que ha dejado de utilizar hace años ya, al igual que aquella falda y zapatos. gira su cabeza, figura de su madre. “¿mamá?” inquiere, pero no obtiene respuesta. corazón palpita con rapidez, sabe dónde está, claro que lo sabe. puede escucharlo hablar, pero... sí. es aquel día. ella no estuvo presente, pero reconocería la cara de aquel criminal en cualquier lado, aquel que se encuentra sentado en una de las bancas. sabe que no es real, claro que lo sabe. pero algo en ella le impulsa a ponerse de pie. “¡thomas!” exclamación, ¿por qué nadie le escucha? “no, no, no, no...” niega con la cabeza, una y otra vez, no quiere verlo, no desea presenciar aquello. cierra los ojos una vez más, y los abre. repite dicha acción unas tres veces, pero nada sucede, no regresa a la realidad. mirada se nubla, lágrimas acechan, pero ella no llora, ya no lo hace. “¡sácame de aquí!” grita una vez más, allí parada en medio del tribunal, entre distintas bancas, ropas que no le pertenecen ya, persona que ha quedado en el olvido.