“No me digas nada,” advierte, súplica que se viste de orden tras ser entonada con un timbre de voz que no llega a lo tajante, pero que de lado no deja la aridez. La pelinegra se muestra cohibida bajo la mirada de su amiga, inseguridades que sumergen a la superficie en un dos por tres ni bien recuerda el peinado que, según su madre, complementa a la perfección el vestido que ha elegido para la noche. Por su parte, se siente ridícula. “Mamá ha insistido, no pude decirle que no.” ( @scphix )










