Mientras los aviones cruzan el cielo
y las bombas abren la tierra como una herida antigua,
yo pienso en los niños que no saben por qué
el sol no salió esta mañana,
por qué el desayuno no llegó,
por qué su madre ya no contesta cuando la llaman.
Nos dijeron que era por la paz,
que era para evitar un “mal mayor”…
(pero nadie le explica eso al niño que llora entre ruinas,
ni a la abuela que busca a su nieta bajo los escombros).
Las guerras no tienen ganadores,
solo sobrevivientes con el alma rota,
madres que se quedan abrazando el aire,
padres que ya no sabrán contar cuentos en la noche,
hermanos que aprenden el idioma del duelo antes que el abecedario.
¿Y qué queda después de la explosión?
Ruinas que aún huelen a infancia,
un zapato pequeño a la orilla de una carretera vacía.
No hay bandera que valga una cuna vacía.
No hay discurso que pueda coser el corazón de quien pierde.
No hay estrategia militar que justifique
la orfandad que deja una bomba.
El mundo mira, comenta, olvida.
Pero hay vidas que no se reconstruyen,
hay hogares que ya no sabrán lo que es el silencio sin miedo,
hay países que se aprenden a mirar a través del humo.
Mientras tanto, alguien sigue rezando entre los cascotes,
alguien canta para no llorar,
alguien escribe para que no se borre.
Y nosotros, desde lejos, desde este rincón de la tinta,
los que no eligieron esto,
los que solo querían vivir.
que no nos sea indiferente el dolor ajeno.
que la humanidad no se nos oxide en las manos.
Estados Unidos atacó esta madrugada tres instalaciones nucleares en Irán. El mundo tiembla. Las consecuencias humanas ya se sienten.
Las bombas no distinguen enemigos de inocentes. Pero el polvo, el polvo siempre cubre a los mismos.