¡Joder, corre!
Se quedó ligeramente asombrado por la expresión que la morena compuso en su delicado rostro. ¿Tan malo era? ¿No le habían escogido al final en ese puesto? ¿O le habían escogido para hacerle chico de cargas como en un pasado le hicieron a él? ¿Qué pasaba? Antes de poder preguntarle, ella formó nuevamente una sonrisa en el rostro, como si sus preocupaciones anteriores no hubieran tenido relación ninguna con el tema que sacó a relucir Derion. Le escuchó, quedándose con una cara de total confusión.—¿Nada de nada?—le preguntó, sin poder creer que eso fuera cierto. Pero la cosa aparentaba a que ninguno de los dos hablaba de sus respectivos oficios, ¿Por qué? Y por primera vez, se preguntó, qué era a lo que Lilith se dedicaba. Una ligera idea cruzó su mente, cual relámpago, debido a la situación vivida escasos minutos antes. Pero la desechó, la desechó porque no se podía adjudicar a la gente tan pronto sin conocer. Y él no la conocía, era cierto, pero le entraban ganas de hacerlo. Por razones desconocidas, pero las ganas existían realmente.—Ya veo.—se limitó a contestar, aún no muy seguro de aquella suposición. “Eden es un buen chico. Hace lo que sea por vosotros” esas palabras le hicieron sonreír de forma orgullosa. Rascó el puente de su nariz, y movió la cabeza hacia un lado de la acera, todavía persistiendo con la sonrisa en su rostro.—Es un idiota, como yo. O puede que más. Pero supongo que eso viene en la sangre.—sólo esperaba que en un futuro pudieran alejarse de todo esto. Mudarse a cualquier otro lugar, a otro estado más tranquilo. Pero es como la mayoría decían: Naces en el barrio y mueres en él. Ley de vida. Vale que tuviera la casa un poco desordenada, pero tampoco pasaba nada por ello. Si estaba afuera todo el día, luego era normal que la pereza le embargarse. Ya le estaba diciendo que la suya era cien mil veces peor y seguramente se horrorizaría de verla y daría media vuelta si acaso algún día ella llegaba a pasarse por allí. Quitando aquella tontería, realmente le agradaba su vivienda. Le parecía cálida, hogaril, cosa un tanto extraña a sabiendas de que esa era la primera vez que ponía un pie en el recinto. Tenía la sensación de que Lilith no deseaba su marcha. Y, en fin, a él tampoco le hacía mucha gracia tener que tomar el extenso camino de vuelta hasta la casita. Pero no iba a quedarse en su domicilio por muchas invitaciones amistosas que le ofreciera, ni siquiera aunque existiera una fina confianza al ser amiga de su hermano, porque sentía cierta… vergüenza. Vergüenza que no lograba explicar de dónde diablos salía, porque si hubiera sido otra chavala… puede que no lo hubiese importado. O sí. Bah, era un lío. Sola, vivía sola. Oh, bueno, al menos de esta manera se ahorraba peleas con un novio o ligue imaginario e inexistente. Sin embargo, tras escuchar el siguiente comentario, tragó saliva mostrándose un poco incómodo—Ah… vaya.—fue lo mejor que consiguió soltar de su boca, después de estar unos pocos minutos cavilando. Lo gracioso era el hecho de pensar antes en si vivía con su pareja que con sus propios familiares.—Es lo que tú dices, al menos tuvo la decencia de hacer eso.—aceptó a decir, preguntándose si el abandono se habría dado muchos años atrás, puesto que sus palabras daban a entender que sí. Derion quedó sentado en el sofá, luchando consigo mismo para no dormirse ahí mismo y empezar a roncar como un oso en estado de hibernación. Se dio un pellizco en el brazo, para no dejar que sus ojos se cayeran de sus cuencas oculares hasta el suelo y rodasen cuales canicas de distintos logotipos. Trató de sentarse erguido, intentando tener un mínimo de educación a la anfitriona de la casa, cuando se puso a su lado, sonriéndole a la vez con suavidad. La cosa se le hizo algo… graciosa. Nunca había tenido experiencias de ese tipo con chicas, ni siquiera en la secundaria. Porque, perdonad que os diga, pero que la enfermera casi barbuda del instituto os cure con una cara de orto y de chupar un limón medio pasado; no cuenta en absoluto en la categoría de “chica bonita”. O al menos, en la suya. Y era una bruta pasando las gasas y desinfectando las heridas, principalmente se le consideraba a ella la única causante de que te salieran ronchas días después en la herida. No le miró cuando le dijo lo de estar acostumbrado acerca de los golpes. Era tontería, en verdad, explicar una cosa tan clara. Viviendo donde vivían, y con su reputación… no era cosa para extrañarse. Mantuvo su boca pegada con desgana, aguantando el picor del desinfectante sin demasiada ilusión. Esperaba que pudiese terminar pronto de limpiarle los cortes en su piel, porque realmente se le asemejaba a un suplicio. Alzó su cabeza, confundido de que le llamase. Quizá ella se preocupaba por esas caras tan explicitas de molestia que mostraba a la ligera.—¿Sí?—lo que no entendió, fue el tacto de su diminuta mano para alzar su mentón y que sus ojos quedasen casi a la misma altura. Y qué ojos tenía. Tan azules, tan limpios. Ni siquiera los suyos eran de esa forma. Era como adentrarte al cielo en pasos gigantescos. Entreabrió su boca, aún sin saber qué exactamente decir, pero antes de que él pudiese soltar cualquier tontería; ella le acalló con sus propios labios. Los ojos de Derion exhibieron sorpresa e impresión, porque de todo lo que podía esperarse; un beso no era precisamente lo primero rodando en su mente. A ver, no era como si lo estuvieran besando por primera vez en su vida y fuera un chico mojigato, ni mucho menos. Pero ninguna de aquellas múltiples caricias que recibió con la boca, había sido igual a esta. Tan plácida y grata. Y eso, lo descolocó. Y al mismo tiempo, le asustó. Pese a que la morena presionaba con una suavidad de ensueño sus tersos labios, Derion se vio obligado, algo regañadientes, a pararla. Alzó su mano herida, dejando que la gasa que tenía encima cayese al suelo y la otra mano buena, apartándola con cuidado y sin perder contacto de sus ojos.—Lilith, para, por favor.—su voz sonó débil, fatigosa.—No tienes porqué… hacer eso.—empezó, suspirando con queda.—Sé que no estoy en mi mejor estado, desde luego, pero aunque de pena… no hace falta que me subas el ánimo, de esta manera.—concluyó, con cierta timidez. Porque justamente sintió ese beso demasiado maravilloso para ser cierto. Que era dado por pena. Una “recompensa” a sus labores de buen ciudadano por un día. Y aunque él disfrutaba como el que más con la unión de su boca contra la de otra persona, no quería dejarse cautivar por ello, por la compasión.
Debió notarse el horror en su cara, pues el chico la miró con curiosidad y duda, y ella se esforzó por sonreír de nuevo, ocultando lo que pasaba con el pequeño Eden. —Nada de nada. —se obligó a mentir Lilith. Con el final, diciendo que Eden era un buen chico, cosa cierta, parece que lo ganó, ella sólo quería excusarlo por si insistía y no aguantaba más y lo decía, cosa que dudaba, pero toda posibilidad cabía. —¿Ves? Eres un héroe, los héroes son idiotas. —rió un poco, como si la timidez le hubiera subido de golpe al cuerpo. —La sangre es poderosa, seguramente tengáis los mismos genes heroicos, cada uno a su manera. —Eden prostituyéndose para llevar pan y agua a casa, y él salvando a desconocidos de las garras de hombres con complejo de bestia. Ambos héroes, a su manera, pero héroes. Una vez en su casa la vergüenza la embargó al ver la casa, ¿tan mal la tenía siempre o esa era su impresión al traer a alguien a ella? Como fuere, debía arreglarla para la próxima vez. ¿La próxima vez? ¿En qué pensaba que ya creía que habría una próxima vez? Directamente, no quería que se fuera, a pesar de que así no habría próxima vez. Porque era peligroso estar por la calle a esas horas y todavía más, obviamente, más tarde. Porque era peligroso rondar cuando un hombre los había atacado. Era peligroso y se quedaría allí. Claro que no vivía con nadie, no se permitía enamorarse ni crear un vínculo tan especial como para compartir piso, no pensaba hacerlo o corría riesgo que su carrera como puta… ¿carrera? ¿En qué pensaba? ¿Qué valía para algo? Y una mierda, ser puta no era una carrera, ser puta, y además ilegal, era una mierda, pero lo mejor era fingir creerse que te gustaba y querer pasarlo lo mejor posible. No podía hacer otra cosa, sólo ser una puta territorial que odiaba a las otras putas por quitarle lo que le daba el sustento. Claro que le gustaba que le pagaran por sexo, pero no que la trataran como a una puta, ser puta no le importaba, siempre y cuando no se lo recordaran a cada momento. Su madre, su madre que le había dejado la casa. Su madre que no había querido llevársela igual que Lilith no había querido irse, su madre que eligió a un hombre con dinero antes de a su propia hija. Su madre, su madre que la había abandonado hacía escasos dos años y todavía la echaba de menos las noches de tormenta, en las que dormían juntos a regañadientes de la madre, nunca le habían gustado las tormentas. Recordó a su padre, él sí que la cuidaba, él sí que la quería, y murió por meterse en una pelea callejera y querer separarlos. Allí su vida se fue a pique, todavía guardaba su ropa en la antigua habitación de sus padres, que ahora usaba como trastero a pesar de tener la cama de matrimonio allí en el centro, todo lo tenía lleno de cajas y trastos. Más que el resto de la casa. Le iba a curar la herida, y eso le recordó a las película. Allí era cuando el chico besaba a la chica, cuando ella iba a curarle la herida, pero no daba la ocasión, no era una película, ni ella la nerd virginal que se enamoraba del capitán del equipo de fútbol. Eso era la vida real, y ella una barriobajera de mierda, sí, eso era. Pero no pudo evitarlo y lo besó ella. Un beso tierno, cálido, lleno de cariño… que él no siguió. No le estaba siguiendo el beso, y eso le dolía más que cuando un bruto le daba con la fusta. Y la paró, la estaba parando, ¿por qué hacía eso? ¿No le gustaba? ¿Tenía algo malo? Claro que lo tenía, tenía millón de defectos, pero nunca le habían negado un beso. Y eso la hundió, ella sólo quería ser querida por un instante, un beso que nadie fuera a pagar. ¿Por pena? ¿Ese chico era tonto? Se levantó de golpe, soltándole el mentón y negándose a mirarlo, recogiendo ropa y cosas, para mantener las manos ocupadas y que no le viera la cara, los ojos comenzaban a inundársele. No era pena, y él debía saberlo, había sido necesidad. Sólo que él no quería besarla. —Si no quieres besarme me lo dices con total sinceridad. —le contestó, recogiendo con furia unas medias. Claro, como era puta todo lo pagaba con su cuerpo, como era puta lo besaba por pena y agradecimiento, como era puta se lo estaba pensando en llevar a la cama esa misma noche, porque era un puta, una perra, una asquerosa zorra. —Cúrate tú, yo tengo que arreglar la sala. —prosiguió, recogiendo un cartón de pizza del suelo. Ahora quería que se fuera, le daba igual los peligros, que ridículo más grande, qué mal se sentía.











