Crecí en una sociedad que ya tenía sus reglas y creencias establecidas, que me fueron dadas antes de que pudiera decidir si eran realmente mías. Me dijeron qué pensar, en qué creer, qué estaba bien y qué no. Y por un tiempo, simplemente seguí el ritmo. Porque era más fácil, porque cuando no te cuestionás nada, el mundo parece un lugar más estable, más seguro.
Pero un día, sin planearlo, algo hizo una grieta. Una pregunta, una duda chiquita, casi insignificante, pero lo suficientemente insistente como para quedarse. Y después vino otra. Y otra. Hasta que, de repente, me encontré en medio de un terremoto interno, dándome cuenta de que muchas de las certezas con las que había crecido no eran realmente mías.
Cuestionarme fue como romper un vidrio con las manos: me dolió, me hizo sentir expuesta, vulnerable. Pero también me abrió una ventana y me di cuenta de que todo lo que había creído con certeza no era más que una versión entre tantas, una historia tejida por quienes vinieron antes que yo, entendí que no estaba obligada a habitar ese relato.
Salir de ese molde no significó encontrar respuestas claras. De hecho, significó todo lo contrario: aprender a convivir con la incertidumbre, con el hecho de que no hay verdades absolutas. Me di cuenta de que no quiero vivir en un lugar donde solo existen las respuestas cómodas, donde todo es blanco o negro. Prefiero la incomodidad de las preguntas, la posibilidad de cambiar de opinión, de crecer, de escuchar incluso aquello con lo que no estoy de acuerdo, entender que cada postura tiene sus raíces, que el mundo es demasiado vasto para encerrarme en una única idea.
A veces extraño la comodidad de no preguntarme nada, de sentir que tenía certezas inamovibles. Pero prefiero la libertad de pensar por mí misma, de construir mi propio camino en lugar de recorrer el que me dieron. Porque ahora sé que el molde nunca fue mi hogar, solo una jaula disfrazada de certeza. Y aunque a veces el viento del cambio me tambalee, prefiero la tormenta de las preguntas antes que la calma artificial de una verdad impuesta.
— Dahy
















