𝗲𝗿𝗶𝗻 ♡
Se pellizcó a sí misma, evitando soltar un grito de dolor ante la herida autoinfligida. Sin embargo, no daba crédito a lo que miraba… se suponía que esto no era más que una leyenda urbana, uno de los tantos cuentos tontos que sus hermanos le contaban para engañarla y hacerla quedar mal frente a todos. De acuerdo, Erin no tenía el mejor récord del mundo en cuanto a desiciones inteligentes, pero ella pensaba que era algo normal cuando su casa estaba llena de hombres cuyo deporte favorito era sacarla de quicio.
En fin. Si algo le había dejado toda su vida con esos hermanos, era la capacidad de permanecer en su escondite por horas. Escuchó gritos de la que asumió era la hermana mayor, los comentarios de la que tenía peinado de helado, y los canturreos de la última. ¿Qué le harían si la descubrían? No quería ser la siguiente desaparecida en la leyenda de las hermanas Sanders. Cuando vio que las primeras dos hermanas se movieron a otro sitio en la casa, salió cuidadosamente, solo para toparse cara a cara con una de ellas. “Ah, vaya.” Mierda. “Bueno, si me disculpas, tengo que ir a… otro lado.” Estaba muerta. Muerta, muerta, muerta, y sus hermanos se burlarían de ella incluso en muerte.
Se mantuvo en silencio uno, dos, hasta tres segundos, y cuando no escuchó ni pío provenir desde los más recónditos entrepaños de la casa, no tuvo más opción que bufar para después tirarse en el viejo sofá que yacía olvidado más allá de lo que fungía como su cocineta. ¿Irían a tardar mucho sus dos hermanas, todavía? Estaba comenzando a aburrirse, y parecía ser que quien fuese que hubiese encendido la vela de la llama negra, o se les había escapado o había sido tan sólo una ilusión fantasmal. Sarah cerró los ojos en un intento por quedarse dormida para hacer que el tiempo pasara más rápido, pero entre la emoción por estar de vuelta en el mundo de los vivos y su constante hiperactividad, no tuvo demasiado éxito, y para colmo (o tal vez para su buena suerte) de repente escuchó un ¡crack! Un crujido quedito proveniente de las escaleras, como si alguien balancease su peso de un pie al otro. Tentativa abrió un solo ojo. ¡Crack! Otro crujido, ahora de la tabla floja a un lado de la chimenea. ¡Thump-thump-thump! Pasos apresurados corriendo hacia la salida—¡ahí estaba el virgencito que las había traído de vuelta! ¡Por fin había salido de su escondite! La más joven de las Sanderson saltó de emoción, casi volando hacia la entrada de la casa para impedir que el jovencito huyera, sin embargo una vez que llegó al lugar indicado y su éxtasis de tener a un niño (preferiblemente bien alimentado) al cual poderse cenar pasó, se dio cuenta de que... “No eres... Un niño.” Ladeó la cabeza, visiblemente confundida. “Ni siquiera eres varón, pero...” Frunció el entrecejo, intentando pensar cómo era que esta persona había sido la responsable de su regreso. ¿Winnie se habría equivocado? No, era imposible. “¿Tú... Encendiste la vela de la llama negra?”









