La niña de mis ojos
¿Qué puedo hacer para no ser tan anormal? Obedecer sin preguntar ni protestar De todos modos, nunca tengo la razón.
Llegó a mi consulta una mañana de sábado, con el semblante cansado y un visible abandono temporal en su cuidado. La ropa holgada parecía envolver, más que su cuerpo, una existencia frágil, quebrada por la ausencia del novio. Tres días sin saber de él, sin respuesta alguna. La angustia la desbordaba: lloraba, se culpaba, intentaba encontrar explicaciones. Paso a paso fue desplegando los detalles de la relación. La madre del muchacho no aprobaba el noviazgo. De ahí, quizá, ese silencio: un eco familiar que lo llamaba a no responder aquel fin de semana de viaje.
Mi paciente tiene 20 años ahora. Estudia el segundo año de Medicina y es feliz con su vocación. Estuvimos unos pocos meses trabajando sobre esa y otras relaciones. Su padre falleció en un desafortunado accidente.
El aula cambió y ahora sus estudios los hace en un hospital. Se ve contenta, le gusta lo que hace. Y hay un chico, residente en el hospital, por quien se siente atraída. Cuando me cuenta eso, voy reconociendo en mí un rechazo, algo que me incomoda. Siento una opresión en el pecho y me doy cuenta de que me revuelvo en el asiento.
Sufrió mucho la relación anterior. Celos, celulares que develan dudas, mensajes de WhatsApp sin responder y silencios. Entonces me decía que lo único que busca en una pareja es un amor bonito que la abrace.
Hoy me incomoda que este chico la deje plantada. Que su actitud con mi paciente se haya tornado fría y distante. Pero ella insiste. Nuestra sesión más reciente fue en línea, porque se siente mal. -Anoche le escribí pidiendo un diagnóstico, una ayuda. Él respondió con un "Hola". Nada más.
Mi incomodidad crece. Hablamos de la palabra de moda: migajear. Y ella reflexiona: Es común que los hombres insistan y sea bien visto, ¿Por qué cuando lo hace una mujer es incorrecto?
Siento que ese mensaje también va dirigido a mí. Y entonces le hablo de nosotros. Porque para que exista una relación -la que sea- debe haber un nosotros. "Cuando te escucho, siento ganas de cuidarte, de que no sufras. Lo hago desde una parte que se despierta en mí, profundamente paternal." Le digo que no quiero que la pase mal. Y ella, con esa narrativa transparente, claridosa, segura de sí misma, agradece el gesto.
Así concluyo: más allá de la tan temida transferencia, la relación con mi paciente es una danza que abraza, dialoga y no teme la dimensión emocional del encuentro. No me asusta perder el control terapéutico, porque no pienso en él como amenaza. Ambos reconocemos que algo nos hace falta: Ella, la imagen paterna que ya no está disponible físicamente, que abrace sus esfuerzos y caídas; yo, la del calor filial, de la hija deseada, pero nunca alcanzada.
Ese encuentro, en su transparencia, no solo sana: revela la humanidad compartida que nos sostiene.












