Munapacuj
Yo tocaba la quena en Canto del Sur. Estudiábamos en la Prepa Sur y formamos el grupo después del taller que Genaro propuso a la dirección. Nos juntamos, primero en un salón y después, cuando ya teníamos montadas varias canciones, nos permitieron ensayar en la Casa de Cultura, en el centro. No sabía entonces que ser músico me permitiría gozar de algunos privilegios. Tenía solo 17 años y descubrí que tenía una admiradora de nombre Estefani. Una rubiecita de 15 años que me decía que tenía jamones en los labios, porque muy pronto comenzamos con eso de los besos. A veces, para demostrar mi amor le pedía a Genaro que me acompañara en la guitarra para cantarle Stefanie, de Alfredo Zitarroza. Pronto me di cuenta que no era el mejor homenaje para conquistar a una adolescente. Era tan inocente.
Una tarde calurosa, cuando el sol ponía a hervir los asfaltos queretanos, bajaba con rumbo a la avenida donde solía tomar el autobús que me llevaría a la colonia Obrera, aquél complejo semi industrial de casas y corredores que no avenidas, desde donde los olores a mierda se mezclaban con deshechos industriales; esa tarde, después de un ensayo que no me dejó contento pues el grupo no había aceptado incorporar al repertorio Munapacuj, una melodía tan triste que les pareció inaceptable. Me apresuré a salir antes que nadie. Caminaba a pasos apresurados cuando, de repente, Estefani, mi rubia de ojos claros y nariz de bombón apareció ante mí, de súbito, de la mano de un güey más grande que yo.
Sentí un dolor profundo y un ataque inesperado en las tripas. No supe reaccionar. Simplemente se alejó, sin apenas una sorpresa, sin ningún gesto en esa carita de niña rusa. Sus cabellos rojos brillaban con ese sol infernal de las tres de la tarde. Miré mis zapatos. Estaban rotos, gastados por el camino de tierra que me acercaba a casa. Mi playera, llena de agujeros, mitigaba la sensación de asfixia que de pronto me atenazó en medio de la calle.
No supe cuánto tiempo pasó. Se hizo de noche. En mi corazón y en la Tierra. Maldije su nombre. Me azoté contra un muro. Un sueño profundo terminó por alejarme de esa imagen. Desperté en casa. Mis hermanas me veían como a un ser extraño que vuelve luego de un largo viaje, enmohecido por la nostalgia. Sangre seca en mi cabeza.
Nunca más volvió. Los rumores iban y venían. Se la había llevado alguien, un conocido de la familia. Estaba asustada. No supe reaccionar. Se la llevaron. Y me llevaron a mí también. Me dejaron una cobardía de la cual aún no soy capaz de reponerme. No dijo nada cuando me vio. Esperaba de mí mucho más de lo que era capaz de hacer por ella. Me pedía, en su silencio, que la rescatara.
Lo entiendo ahora, después de más de 30 años mientras descubro (con horror) aquella triste canción que había enterrado en la memoria de mis cassettes.












