Mi cuarto está desorganizado, nada tiene puesto, nada tiene lugar y todo puede cambiar de sitio de un momento a otro. No lo organizo porque no pueda, no lo organizo porque no quiero. Me rehúso, me niego, me prohíbo poner algo en un solo sitio. Lo único que me importa es que haya un espacio para dormir y ya. Si hay cosas sobre la cama, las empujo con mis pies al piso y esas cosas encuentran un nuevo espacio que habitar.
Hace unas semanas atrás también estuvo desorganizado y oscuro todo el tiempo; en ese momento yo me la pasaba echado en mi cama. Ahí no lo organizaba porque no quería, sino porque no podía. En esa ocasión hubo un día en que decidí organizarlo: todo tenía un puesto, una ubicación geográfica a la que sabía cómo acceder. En comparación, era más fácil encontrar lo que buscaba. Estuvo así unos días hasta que las cosas empezaron a caminar por el mapa que habitaban y terminó como está ahora: lleno de cosas en el piso, en el perchero, sobre la cama, sobre este escritorio, sobre la mesita de noche, debajo de la cama.
No es porque me rehúse a que las cosas tengan un lugar, es porque me rehúso a la idea de que deban tenerlo. ¿Por qué? Me molesta. Me molesta que deban tener un sitio ahora, me molesta que sea yo quien le diga al pantalón tirado que ahí no pertenece o que está sucio y debería estar en la cesta de la ropa sucia. Me molesta decirle a la gorra debajo de mis pies que debería estar en el perchero, me molesta decirle a los condones al lado de este PC que deberían estar en algún cajón de la mesita de noche. En este momento me molesta decirles eso. Ellos parecen estar bien donde están ahora, yo los veo bien.
También me estresa, porque hacen lo que quieren, caminan por ahí como se les da la gana, y cuando los necesito me toca buscarlos, buscar todas esas cosas. Y así todos encuentran lugares distintos mientras los muevo de un lado a otro buscando alguno de ellos, hasta que lo encuentro. La memoria, en algún momento de mis movimientos frenéticos por el cuarto, me hace recordar dónde está, y voy, y efectivamente las llaves estaban en la chaqueta que me puse ayer. Y ahora la chaqueta encontró otro lugar donde estar. Pero ya no me estresa, no me incomoda. Hasta creo que ahí se siente bien.
A veces también los veo incómodos, como que no están plenos. Algunos objetos me lo hacen saber y una camisa termina en algún gancho en el armario: ahí le da poca luz y eso le gusta, puede estar extendida y sus arrugas se van yendo. Pero aún algunos se sienten bien en la incomodidad. ¿Quién soy yo para decirles lo que deben hacer? Solo los muevo para que me dejen dormir, o para poder pasar entre ellos. Pero reciben el movimiento con gracia y aceptan el nuevo espacio. Creo que, como la camisa, volverán donde la plenitud los deje ser. Las camisas suspiran cuando por fin las cuelgo, las llaves sonríen cuando las encuentro, y los condones se quedan callados como si supieran demasiado.
Ahora cierro la puerta, porque se sentían juzgados, como si los miraran pensando que estaban en lugares equivocados. Entonces, por el bien de ellos y por el mío, decidí cerrar la puerta hasta que hallen el espacio que les perteneció antes.
Algunos no se han movido; creo que el espacio que habitan siempre les ha parecido correcto. Otros simplemente no pueden, físicamente no pueden aunque quisieran: los sujetan paredes enormes que no dejan que se muevan. No sé si quieren hacerlo, de pronto sí, de pronto no. Pero ellos son los que menos hablan; los que más hablan son los que se la pasan ahí, por el piso. A veces se pueden mover un poquito, apenas unos centímetros, y cuando lo hacen como que se despiertan, apenas se desperezan, sonríen… pero se vuelven a dormir. Creo que hay unos que sí se quieren mover, pero es solo una intuición mía. A veces se les ve tristes o se encienden, pero no dicen nada. Están en completo silencio.
Puede que todos vuelvan a los lugares que antes habitaron, o encuentren lugares nuevos para pertenecer, y de nuevo mi cuarto tenga la armonía que en ocasiones tiene. Hasta que terminen otra vez debajo de la cama o sobre el escritorio, y algún día me digan: “oye, muéveme un poquito, porfa”, y quizás lo haga.


















