Hablando de primeras citas… creo que tuve la mejor hasta ahora. Empezó tomando vino en mi cuarto y continuó comiendo ramen en un andén. Luego fue parche por aquí y por allá, uno que otro drama, yo medio rayado con él por motivos ajenos a él, diciéndole que me iba por una cerveza con unos amigos suyos… y sin darme cuenta de que ya había pasado algo de tiempo. Él se cansó de esperar y se fue.
Ahí, en algún punto, nos odiamos, y ese fue el único momento en que nos separamos. Minutos después nos volvimos a encontrar. Le dije “un vino”, me dijo que no. Después, caminando, cambió de idea y preguntó si aún lo quería. Terminamos en un parque: yo llorando, con el vino y con él. Yo diciendo lo que repito mucho últimamente: “estoy cansado”, y él dándome una solución obvia: “¿qué se hace cuando estás cansado?” “descansar”, pero al final yo diciendo: “pero no quiero descansar, quiero agotarme del todo”.
Él diciéndome que yo solo pensaba en mí, y yo diciéndole: “tú no me conoces ni mi historia”, y él diciendo que no necesita conocer eso para decirme la verdad. Entonces la respuesta era clara: teníamos que irnos de la ciudad.
Intentamos acampar en un pueblito (no duramos más de 8 horas en un terreno baldío), buscamos un hotel barato, le propuse matrimonio, dijo que sí, nos casamos… y minutos después ya estábamos discutiendo. Se me olvidó mencionar que, cuando me fui con los amigos, un man me dijo que un amigo de él quería un beso y no vi inconveniente en eso. Después, al contarle por qué me había demorado, narré lo sucedido; él me reclamó. Aún considero que no tenía derecho a hacerlo: apenas estábamos en nuestra primera cita. Sin embargo, pensaba que la disculpa que él quería escuchar de mí tenía fundamentos. Aun así, esa disculpa llegó mucho tiempo después, porque en ese momento ya tenía demasiada información en la cabeza de lo que él me estaba diciendo, así que decidí callarme.
En un momento me dijo que se iba. Parecía que hablaba en serio. Pensé: bueno, quizás sí tenga que irse. Pero se sentó a mi lado y dejamos que la música, la que cada uno ponía, comunicara algo que no sabíamos decir. Regresamos al hotel y finalmente cogimos por primera vez, como para liberar la tensión.
Llegué “virgen” al matrimonio porque solo fuimos medio capaces de coger después de habernos casado. Una señora nos dijo que nos quedáramos un día más; fuimos fáciles y dijimos a la primera: “bueno”. Fuimos a un cine de pueblo: mucho más oscuro que uno de Bogotá, más antiguo y mucho más vacío. Vimos La novia, y nos daba risa ciertos diálogos que coincidían mucho con los que yo suelto cuando estoy muy sensible. Pero justo antes de eso sellamos el matrimonio con un tatuaje, hecho por un tatuador de ojos negros al fondo de una barbería. El boceto lo hizo Chat: dos anillas abre-latas (que ahora sé que se llaman así). Ese fue nuestro “anillo” de compromiso la noche anterior: dos anillas de las cervezas que estábamos tomando en la plaza principal del pueblo y que cada uno prometió conservar, además de otros votos que no pienso divulgar. A mí el tatuaje me quedó tal cual el boceto, y me parece fenomenal porque tengo una relación estrecha con Chat; a él le pasa lo contrario con las IAs: en parte del tatuaje se fue formando una carita triste, así que le pidió al tatuador cambiar la forma de la boca para que sonriera. También añadió una letra en griego que le gusta.
Luego volver, terminar en un hospital unas 5 horas, tiempo suficiente, separados entre la sala de espera y pacientes, para que cada uno recapitulase lo que estaba pasando. En un momento dijo que iba a comer algo y mi respuesta fue: “pero no te vayas a ir”. No lo hizo. Cuando salí, estaba esperando.
Fuimos a la casa, intentamos ver una peli que no acabamos porque estábamos muertos. Pero al inicio hay un diálogo en el que Jules dice: “Un día es una aventura. Más de un día… ya es matrimonio”. Cuánta razón tenía ese señor. Qué problemático puede ser dormir con alguien.
Al día siguiente vimos Cumbres Borrascosas, salimos a caminar, hablamos de la película y de los límites del amor. No logramos ponernos de acuerdo, así que mejor callarse. Durante la discusión me llamó “estúpido” porque no estaba de acuerdo con sus ideas.
Ya en la cama, cada uno en su lado, distanciados por capricho, por la discusión pasada y por un beso que le negué, él preguntó: “¿te dormiste?”. Yo: “no”. Me dijo: “eres un imbécil”. Me di la vuelta: “¿por qué?”. “Porque no pensabas abrazarme”. “No”. Y luego dije: “¿qué estás pensando?”. Y ahí la comunicación arregló lo que el orgullo no dejaba. Dijimos todo: de lo pasado y de lo que estaba pasando. Al final me recosté en su brazo y le dije: “no me vuelvas a decir estúpido mientras estamos debatiendo algo solo porque no estoy de acuerdo; no soy estúpido”. Él dijo: “está bien, y tú no vuelvas a decir que todo es subjetivo”. Y yo: “pero tienes que admitir que hay muchas cosas subjetivas… además, decirle a alguien que es un estúpido solo porque no te parece le quita puntos a tu argumento”.
Nos besamos y le dije que, a la próxima, me diga a tiempo cómo se está sintiendo o qué está pensando, para evitar la incomodidad prolongada y que asumamos lo que el otro siente; que se comunique, para no hacer lo mismo que hacen los personajes de historias románticas que terminan lastimándose solo por no decir lo que sienten y piensan a tiempo.
Nos dormimos. Sí, antes de dormir pasaron cosas, pero lo más preocupante fue que en la madrugada no dejaba de toser. Le pasé una pastilla para que se la tomara; eso ayudó un poco, pero después volvió la tos. Entre dormido le dije que si volvía a toser tenía que irse. Intentó contenerse un tiempo, pero no pudo. Le dije que ya, que debía irse y que no volveríamos a vernos… entonces lo arrunché, sentí el calor y el sudor de nuestros cuerpos hasta quedarnos dormidos de nuevo.
Nos levantamos tarde, de prisa, y cada uno se fue a hacer lo que tenía que hacer. Ahí finalizó la cita. Obvio, nos dimos un pico cuando se fue.
Y ya… fue una muy buena primera cita, la verdad. No me quejo.
¿Habrá segunda cita? No lo sé. Bueno, ya nos casamos…
supongo que eso implica volver a vernos.
Y si no… no sé, algo se romperá ahí. No sé si el matrimonio o la historia.












