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20.05.2026—crazy weather but at least it’s cosy

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30.06.2026—literally so close to finishing this (hopefully final) draft 🥹

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Color, craft and character in a Yorkshire Victorian family home | subscribe to the newsletter
El viento salado nos golpeaba el rostro mientras caminábamos por la orilla. El sol se ocultaba lentamente detrás del horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y violetas. Nadie hablaba. Solo el murmullo de las olas rompía el silencio, como si el mar nos susurrara algo que no alcanzábamos a comprender.
Habíamos salido de casa con rumbo fijo. Quizás necesitábamos aire, o quizás era algo más profundo, algo que ninguno de nosotros quería admitir. Nos detuvimos frente al agua, dejando que la espuma mojara la punta de nuestros zapatos.
—Es raro: acudimos al mar para no ahogarnos —dije sin pensar, repitiendo una frase que había leído alguna vez.
Mis amigos me miraron en silencio. Sus rostros reflejaban algo parecido al cansancio, pero también a la esperanza. Porque era cierto: veníamos aquí buscando alivio, intentando sacudirnos de encima el peso de los días grises, los pensamientos oscuros, las heridas invisibles que nadie más veía.
El mar no nos ofrecía respuestas, pero sí una tregua. Nos dejaba respirar, al menos por un instante.
Y a veces, solo eso es suficiente.

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Las hojas secas del otoño llenaron el suelo como si se tratara de nieve en invierno.
.
Las botas azules marcaron mis pasos, rompiendo el silencio del bosque. La tarde fue más cálida de lo habitual, y se volvía más evidente en cuanto buscaba las marcas en los troncos, que se extendían para ser fáciles de detectar si colocabas atención.
Conforme te sumergías en la agradable vista, más difícil era ignorar la advertencia de no entrar en sus entrañas.
Incluso un cazador podía perderse entre los caminos engañosos por su parecido, y en un instante, estaría dando vueltas, sin encontrar la salida.
Sin embargo, era capaz de notar la diferencia, y mi determinación se enfocó en buscar las señales, durante treinta minutos.
Había algo desde el principio que me atraía; no era capaz de distinguir lo que significaba estar en peligro. Y de saberlo en ese momento, nunca me atrevería a seguir sus huellas, como un niño que sigue caramelos porque son su afición.
Sin embargo, lo que descubrí no fue una recompensa satisfactoria, sino un misterio grotesco de lo que escondía el pueblo. Una estructura extraña y confusa para la mente de una niña que nunca vio algo igual a un edificio.
Había más ventanas abiertas, demostrando la oscuridad, que vidrios protegiendo el interior, y frente a la puerta principal, deteriorada y entreabierta, barras de hierro oxidado se hundía entre el barro.
Caminé sobre el metal, con la superficie irregular, era detectable hasta una cadena, cruzada y colocada en las manijas, demostró que sería un problema pasar, pero para el tamaño de un niño, fue fácil meter la cabeza y observar.
El olor a humedad llenó mis pulmones, era similar a tierra, con un incipiente aroma que no descifraría, y tampoco podría clasificarlo agradable.
Mi primer contacto con esa cosa fue la raíz de todos mis problemas. No lo noté al principio, pero conforme me adentraba en el edificio, entrando por un piso gastado y hoyos en él, sin señal de que hubiera un final.
Recorrí el camino más fiel a mantenerse brillante, y aunque el miedo ganaba contra la incertidumbre, sabía que nada iba a sucederme si tenía al señor Hils en mis brazos. Así, la oscuridad nunca fue un impedimento, sin embargo, habitaba algo allí, que parecía llamarme. Era como si mi destino estuviera más allá de mis pasos, en ese lugar.
Pronto regresaría, por lo que no fue difícil seguir al interior del primer piso, sin pensar en nada más.
Y cuando llegué al final del pasillo, con cerraduras sin ceder, las puertas dobles se abrieron, y me quedé de pie, en una habitación deteriorada, vacía. El silencio se volvió más pesado, parcialmente oscuro, y el calor tampoco fue reconfortante, sino incómodo.
Saqué los guantes, más ansiosa por regresar, pero mi atención se dirigió hacia el sonido ahogado de las paredes, crujiendo ante el peso de algo, caminando sobre ellas, amenazando con romperse en cuando tuvieran la oportunidad.
El señor Hils obtuvo un apretón despiadado en su felpa durante ese momento.
Por primera vez le temí a lo desconocido, en especial, por la forma en que se retorcía entre las sombras, indicando que no estaba sola en ese lugar. No me di media vuelta mientras me observaban desde la oscuridad, y me centré en esperar que nada saliera de ella.
Sin embargo, el movimiento se detuvo, y me permitió correr, sin mirar atrás. No lo hice. No, porque mis manos solo habían tocado la puerta doble cuando escuché el sonido.
Un quejido con un tono turbio, que no se identificaba como natural, paralizó mi cuerpo. No logré moverme hacia el exterior, sino que me giré. Me quedé, observando la nada oscura, pese a que mi instinto gritaba que huyera, porque no era seguro.
Mis pies temblorosos me guiaron hacia la salida, pero mi atención continuaba en la madera crujiendo a la par.
Me perseguía, y parecía olerme, a donde quiera que fuera.
No fue diferente cuando regresé a la luz y los colores cálidos del otoño. Sentí que algo iba detrás de mí mientras continuaba bajo la luz del atardecer, a punto de agotarse, y mis pasos se hicieron más rápidos, porque la sensación de que estaba cometiendo el peor error de mi vida, se firmaba.