Nunca hubo lugar especial para jugar.
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No había grandes jardines o niños cercanos que fueran vecinos, debido a que se encontraban a cuadras más lejanas, suficientes para considerarse peligroso.
Papá era ausente, porque siempre había una excusa, todos los días, durante tres años, y mamá no tenía tiempo para nada más que trabajo. Becca apenas sabía contar, Aaron trataba de cuidar la casa e incluso a Becca, como todo un adulto funcional, aunque solo tuviera catorce.
Ese día, que llevaba a Becca y al señor Hils en un carrito de color cereza mientras nos dirigíamos de nuevo al bosque.
Unos pocos metros más al interior, demostró el paisaje habitual al que me sentía segura. El espacio fue silencioso cuando me detuve y bajé a Becca del carrito. La sonrisa malvada que demostraba, fue el único indicio que me dio, para ir hacia la suciedad. Al igual que ella, deseaba saltar en los charcos, ensuciarme de moho y lodo hasta el cansancio.
Pero había salido con la idea de recolectar hojas para el proyecto de la escuela. Era algo interesante cuando las formas, y los tipos, siempre eran visibles en el bosque, con pinos y maleza distintiva.
Llevé mis manos hacia la bolsa de plástico que guardaba y lentamente seguí a Becca mientras me enfocaba en las formas distintivas que podría llevarme.
Conforme el tiempo pasaba, solo encontré tres, brillantes y con un color que llamaba mi atención por el verde vibrante o por el naranja profundo. Becca siguió adentrándose al interior del bosque, solo si jugara conmigo, y traté de alcanzarla, lista para ir a casa, creyendo que serían suficientes porque aún podía recordar el edificio abandonado a mitad del bosque.
La llamé, demasiadas veces, para detenerla, pero parecía que seguía algo, quizá un conejo por la risa que me invitaba a continuar con su juego. Mi nerviosismo no hizo más que aumentar, porque no quería pederla, al final la alcancé.
La sujeté de su muñeca, su chillido de sorpresa fue evidente, y cuando se giró hacia mí, volvió a empujar su cuerpo en dirección al bosque. Le grité, diciéndole que era peligroso si iba más al interior, por lo que se detuvo, por el segundo en el que un árbol crujió en la cercanía.
Levanté la mirada, más confundida que asustada, pero después no me importó cuando llevé a Becca de regreso. En el camino, las hojas se estremecían, como si algo las rompiera, pero no me atreví a mirar atrás cuando el escalofrío siguió escalando por mi espalda.
Sabía que, lo que nos observaba, era lo mismo que habitaba en el interior del edificio, pero no lo confronté. El señor Hils era un oso, capaz de hacerme más valiente para sacar de mi cabeza el pensamiento de lo que pasaría si me detenía, o aumentaba la velocidad.
Después de ese día, no fui capaz de volver al bosque, por mucho que el señor Hils me acompañara.














