Seguro ella huele a humedad y a promesas vacías. Tal vez intentas convencerte de que eso era lo que querías, pero hay aromas que se quedan a vivir en la memoria: el olor a fresas, la calidez de mi piel, la tranquilidad de mis abrazos, esos que sí eran reales.
Tú viste una vida con ella, una idea, una fantasía. Pero no la conocías. No la amabas. No construiste recuerdos, ni complicidad, ni raíces. Te enamoraste de una ilusión porque la realidad siempre te quedó demasiado grande. Y dime, ¿cómo pensabas librarte de mí si ni siquiera has logrado soportarte a ti mismo? No te fuiste porque dejaste de quererme. Te fuiste por egoísmo, por infidelidad, por querer imitar lo que veías en otros, por esa necesidad enfermiza de perseguir cualquier cosa que alimentara tu vacío.
Y aunque intentaste convencerte de que ganaste algo, la verdad es que sólo terminaste siendo exactamente quien siempre fuiste: un hombre pequeño escondido detrás de mentiras enormes. Mitómano, obsesivo, manipulador. Una persona incapaz de construir algo limpio porque todo lo contamina con sus carencias.
No me produces nostalgia. No me produces dolor. Me produces desprecio. Y, en ocasiones, una lástima inmensa. Porque debe ser agotador despertar todos los días siendo tú y cargar con una mente que nunca deja de perseguirse a sí misma.

















