Summary: Una mujer anhelante, una fiesta, y un crush complicado
Tags: Crush yearning, migajerismo
Notas: Posiblemente mi fanfic más culero, ahí me dicen xo. Si tienen ideas para el título me avisan
Su grupo de amigas estaban eufóricas ante las miradas expectantes de los hombres que les sonreían de lejos, y a los cuales ellas respondían con el mismo entusiasmo. “Expectante”, pensó con gracia, esa palabra sonaba fuera de lugar, igual que su ropa. Se arrepentía de no haber usado tacones e ir demasiado cubierta, no importaba que el verano en esa ciudad fuera chubascos, seguía siendo verano y aquella, una fiesta con alcohol barato. Acomodo su camiseta y suspiro mirando al techo, la quietud que inundaba el aire la perturbaba, y no hacía más llevadera la incomodidad de estar con un grupo de personas que ya no le agradaban. No debí, no debí, se repetía incesante, como si el mero pensamiento cambiará su ostracismo. A su lado cada una de sus amigas estaba hablando con algún sujeto, y ella como muchas otras veces estaba en la esquina jugueteando con su encendedor, escuchando las pláticas ajenas, pensando en lo extraño que le resultaba el coqueteo. Los minutos se sentían cada vez más pesados y nítidos, miro una vez más al techo, las luces de colores se mezclaban con las del pavimento haciendo sombras extrañas de los árboles cercanos y los autos venideros, estaba lejos de casa, ajena a su propia especie, ni muerta ni viva, solo humo de cigarro mezclado con éter y perfume. Se levantó rápidamente del escalón, y con una excusa estúpida pero convincente vago por el piso de abajo de aquella casa.
Las habitaciones continuas al recibidor estaban abarrotadas de personas de pasos tambaleantes, manos inquietas y cuerpos pegados a las paredes. Suponía que todos debían estar; drogados, ebrios o ambos, lo que le sorprendió considerando que todos los asistentes, aun gimiendo, lucían acartonados y con cierto patetismo. Suspiró profundo, no había razón para quedarse. Miro a su alrededor buscando una salida entre el mar de personas, planeando una excusa para irse hasta que una multitud la obligo a recargarse sobre la pared en un intento de no ser aplastada en su huida. No entendía la emoción de esa pequeña horda que cargaba un barril de cerveza y gritaba incoherencias a su paso, nadie más, ni el dueño de la casa, parecía interesarse por aquello.
Encendió su último cigarro, y se sentó en el piso. La música cambio por un rato, repitiendo una o dos veces alguna canción, lo que pareció hacer que la fiesta reviviera un poco. Incluso, su mejor amiga le mandó un mensaje preguntando por su paradero, «Te veo desde aquí, estoy en el suelo» respondió esperando aquella mirada confundida cuando se busca a alguien, sin embargo, su mejor amiga guardo el celular en cuanto recibió el mensaje, después de responderle de manera concisa. Tomo el cigarro y lo apagó contra la pared. Con pereza se estiró, lista para volver a perderse en el techo, cuando lo vio. Ahí donde antes estaba la pequeña horda, se encontraba Gerard fumando en un sillón viejo, totalmente absorto.
Se encogió en sí misma, y dudo en saludarlo ¿Qué podía decirle sin sonar histérica si desde hacía un tiempo sentía algo que calificaba de irracional y asfixiante, sonriendo por su nombre a deshoras y pensándolo en los más mínimos quehaceres?, suspiro, «Oh Gerard, si tan solo supieras cuánto te quiero», pensaba más cercano a una súplica o un rezo que suponía para Venus, no había tanta diferencia. Se levantó rápidamente con las manos sobre la pared, cuidando de no tambalearse demasiado y caer de bruces sobre el piso viscoso.
—¡Hey, tú! — escucho dando un pequeño salto. Gerard le hizo un ademán para que se acercara —¿No creí que vinieras?
Ni yo, pensó, sonriendo forzadamente al acercarse.
—¿Qué haces aquí? — dijo ella. Debía ser una cruel broma del destino, no había razón para que Gerard estuviera en esa fiesta —Creí que odiabas las fiestas
El rio y tomo un trago de su vaso, tal vez era whisky, no se veía como cerveza, ¿Podía adivinarse un trago por la manera en que se bebe? definitivamente lo estaba sobre analizando. Sintió ese escalofrío característico antes de sufrir una vergüenza, ese era su problema con Gerard, no hacía nada fuera de lo común, y aún así ella lo veía con fascinación y una pizca de vulnerabilidad que imaginaba que la hacía irradiar estupidez. Aparto la mirada con el miedo a ser descubierta por alguien astuto en leer pensamientos, sabía que hasta un ciego podría dar testimonio de cómo sus pupilas se dilataban al tenerlo tan cerca.
—Me trajo mi hermano, dijo que debía salir más
—¿En serio? ¿Y dónde está?
Ella se rio un poco de la expresión y el gesto que Gerard hizo imitando la a su hermano
Le gustaba su risa y la voz más profunda que empleaba cuando estaba cerca de alguna chica o chico, la hacía pensar sobre ciertas cosas que no tenían cabida en su nerviosismo. Él solo era alguien a quien veía en fiestas aleatorias por conocidos y por quién tenía afectos voluptuosos y desacertados. No podía decir que lo amaba, al menos no de la manera convencional, para eso se necesitaba que al menos se reconociera una relación mínima de convivencia, y no solo los anhelos de una mente inquieta que parecía estimularse más ante la imagen de sus manos fuertes sosteniendo el vaso, que de la conversación. Se sonrojo ante el simple pensamiento de ser sostenida de la misma manera. No podía hacerle eso, no ella que lo quería con ternura.
— ¿En verdad su mejor idea era venir a este lugar?
Gerard lo pregunto con sarcasmo, haciendo que se acercara más. Tenía razón, sus amigas y ella estaban varadas en una colonia en las periferias, en una casa de gente que no le agradaba y cuyo traslado se había salido totalmente del presupuesto para lo que se suponía era «Una reunión tranquila por qué mañana trabajamos».
—Por allá, cerca de la puerta de entrada. Dijo señalando con la cabeza a las escaleras del otro lado del salón.
—Quería un cigarro. Respondió
Gerard paso una mano por su cabello y la observo fijo, le gustaban sus ojos.
—Siempre que te encuentro estás buscando cigarros— Ella aparto la mirada— Aunque creo que es un milagro que me hables, nunca lo haces.
Demasiada honestidad, pensó sonriéndole nerviosa, ¿Pensaba, si no es que ya lo hacía, que era patética? Gerard le sonrió condescendiente, al menos ella lo interpretó de esa forma.
—¿Al menos conseguiste? — dijo Gerard cambiando el tema torpemente. Ella negó— Ven
Se puso de pie sacando de los bolsillos de su chamarra un paquete de Marlboro. Con cierto nervio ella tomo uno, cuidando de no rozar la mano de Gerard, más por el miedo a sonrojarse que por alguna otra razón imaginada. Estaba demasiado cerca, en especial, cuando él se inclinó para encender el cigarro y su pulgar rozó accidentalmente su nariz. Nunca lo había tenido en esa perspectiva y jamás pensó tenerlo, le parecía algo íntimo, aún más que un beso. Se alejo rápidamente y dio una calada agradecida. No sabía que decir o preguntar, tampoco si era demasiado incómodo para él como para ella. Aunque por la expresión de Gerard, podía notar que realmente no le importaba mucho.
—¿Quieres sentarte? — dijo Gerard regresando a su lugar y quitando, lo que parecía ser la sudadera de su hermano. Ella acepto un poco tímida.
—Aún recuerdo cuando te conocí — Gerard lo dijo sin pensar mucho, tal vez trataba de disipar la tensión, o tal vez solo estaba ebrio — Parecías peculiar
Rio un momento y volteo a verla. Tenía flores pequeñas en el cabello apenas visibles que brillaban ligeramente reflejando las luces coloridas de la fiesta. Parecía ajena a él, al lugar, incluso un poco de sí misma.
—Quiero decir— No digas nada estúpido— Qué no entendí por qué estabas ahí. Justo como ahora.
Sin decir más se acomodó en el sillón y apagó el cigarro con la suela de sus converse, ella se quedó perpleja, nerviosa. No supo que decir y musito un gracias, termino su cigarro y se recargo en el sillón. Gerard la vio de reojo, imitándola. Se quedaron así un buen rato, mirando el techo en silencio, hasta que decidieron levantarse por una botella olvidada en la barra de enfrente.
Después de unos tragos, Gerard se acomodó más cerca de ella y jugo con las pulseras de conejito que llevaba, preguntando por cada una, haciendo que su compañera respondiera largo y tendido, jugando con la propia mano de Gerard.
Adentrada la madrugada, su plática sobre conejos de bisutería comenzó a menguar, habían estado despiertos durante mucho tiempo y aunque sostenían la mano del otro, el frío los volvía más somnolientos. Gerard se dio cuenta y pregunto si acaso estaba ebria, ella negó admitiendo su cansancio. Sin decir mucho la rodeo con su brazo, «Yo te cuido, tu descansa» le dijo tranquilo. Debió ser el alcohol o las madrugadas lluviosas lo que la hizo sentirse reconfortada. Saboreando el cuero en su mejilla, recargo la cabeza en su hombro. Estaba feliz y llena de éxtasis ante las luces estridentes y el olor característico de sudor, cigarro y perfume que ahora reconocía como suyo. Cerro los ojos tomando un trago a su vaso, no recordaba que tomaba, tal vez vodka, cerveza, whisky o una combinación de todos ellos, no importaba, ya nada lo hacía. Paso los dedos por su cabello rozando la mejilla de Gerard, era guapo desde esa perspectiva, la curva de su nariz y el filo de su barbilla. Quería besarlo y poseerlo, estaba hambrienta como solo aquellos que sienten más de lo que deberían por otra persona lo hacían, lo necesitaba, su cuerpo lo hacía. Esa simple acción inocua era más significativa que tenerlo entre las piernas. Bebió de nuevo, más rápido y golpeado, el calor del alcohol la hizo cerrar los ojos y jadear ligeramente, era su momento, algo preciado, un recuerdo recurrente los meses siguientes cuando besara al que sería su novio en una fiesta, aún más ebria y deseosa, murmurando el nombre de Gerard entre jadeos y manos que la desvestían, reviviendo la seguridad de descansar sobre su pecho, deseando algo más a sabiendas que nada existía en el mundo que lo hiciera totalmente suyo. Los párpados le pesaban y sus suspiros se volvían más profundos, lo llamo una, dos, tal vez tres veces, pero él no respondió. Débil, alzo la mirada, él sonreía a la mujer alta, blanca y atractiva de suéter rojo al fondo del salón que le sonreía de vuelta. El corazón le dio un vuelco sacándola del sueño, era eso y nada más lo que tendría.
—¿Todo bien? — pregunto Gerard, ella no respondió solo hizo una mueca.
Era descabellado pensar que él quisiera quedarse ahí toda la noche cuidándola, y más aún, que ella pensara en que era apropiado robarle su oportunidad con aquella mujer misteriosa. No pudo sentir celos ni tristeza, era poco racional incluso para su estado etílico, era nada para él, nada, nada, nada.
—Ve con ella— dijo resignada —Estoy bien
Él la miro de reojo, y sonrió complacido. Se retiró lánguida de su pecho y sostuvo su trago más fuerte al ponerse de pie.
—Siempre— Por favor, haz que me quedé, haz que me quede— Gracias por cuidarme, pero creo mis amigas me buscan.
Acomodando su falda le dedicó una sonrisa, no había nada más que decir, ella volvería escindir su sosiego y él probablemente se iría a casa con la mujer del suéter rojo. Cómo fuere, no había más para ella de lo que alguna vez pudo ser. Salió del pasillo hasta la entrada donde el tiempo no parecía existir. Tomo otra cerveza, y se acomodó de nuevo entre sus amigas y los hombres que las rodeaban. Bebió una tras otra, hasta que se recargo lánguida sobre los barrotes de la escalera perdiéndose en las conversaciones. A una hora incierta, Gerard salió de la casa con su hermano y la mujer del suéter rojo tomada de la mano. Ella lo vio, él no se dio cuenta. No podía imaginar un final distinto, inequívocamente era su destino, Gerard Way jamás la amaría.