Summary: Como dijo Joan Sebastian “Y hemos de darnos un beso encerrados en la luna, secreto amor te confieso, te quiero como a ninguna. Y puedo cambiarte el nombre, pero no cambio la historia, te llames como te llames, para mí tú eres la gloria ". Es el único resumen que necesitan.
Tags: sfw, melodramático, infidelidad, se menciona a Patrick y tal vez es Patrick Stump o Patrick Bateman, decidan ustedes a su Patrick de preferencia.
Gerard tomó su rostro y le dio un beso en la frente. Era una tradición extraña, ella lo llamaba, él la encontraba en el estacionamiento de la fábrica abandonada, se acostaban y después él la besaba suavemente. Eso limpiaba sus conciencias, aunque no lo suficiente, ya que quedaban incómodamente cerca y desnudos en un silencio pesado, apenas habitable gracias al ruido del ventilador. Está situación era habitual una vez por semana: ella lo llamaba cuando su esposo no estaba, se sentía asfixiada o tenía ganas de coger. No había más razones que esas, y no las necesitaba, la etapa de la intelectualización de sus emociones había dejado de ser algo hacía más de un año después de que se hubieran acostado por primera vez un martes después de una junta de trabajo, y ella juraba que no volvería a pasar. Ahora era más sencillo; aceptaba la infidelidad y su incapacidad de deserción de dichas actividades, inclusive su cobardía e indecisión ante Patrick. Si se lo decía lo perdía, si no lo decía, igual y el estrés la asfixiaba.
Alguna vez intento confesarse con algunos de sus amigos, siempre poniendo ejemplos absurdos. Era dolorosamente obvio que era ella y nadie más la protagonista de aquellas historias, pero también era obvio que cualquier solución hipotética que le dieran le parecía deliberadamente estúpida. Así que ahí estaba, limpiando el semen de su abdomen mientras procesaba la sensación del papel higiénico sobre su piel como siempre lo hacía, mientras Gerard parloteaba sobre alguna tontería referente a su novia. Eso era otra cuestión, Gerard tenía novia.
Dato importante en la mente de nuestra protagonista cuando trataba de llegar a un consenso con la parte media de su cerebro, aquellos días que era especialmente ruidosa acerca de sus decisiones de vida. Era sencillo bajo su lógica, él la usaba tanto como ella lo hacía, no había ninguna base sentimental o mínimamente fraterna entre ellos, eran lo que eran y eso estaba bien.
Eso siempre la hacía pensar en cómo había comenzado su relación. Tal vez había sido él y su ridícula necesidad de dejarle notas en su escritorio, o había sido ella cuando lo dejo llevarla hasta su edificio, incluso podría culpar a la capacidad de Gerard de hacerla sentir cómoda con su propia mediocridad, comprendida, por decir menos, como si fumar en horas de descanso en la azotea del edificio donde trabajaban con los tacones en la mano y recargada sobre la pared polvosa, fueran de hecho, la culminación de su vida; una sensación extraña similar al primer golpe que te da la mota antes de la pálida.
Así era Gerard: altibajos.
La adrenalina provenía del voyerismo de sus encuentros, el bajón, normalmente era el momento después, cuando su condición de objeto de deseo se volvía pesada y lastimera. Por ejemplo, podían coger en el auto de Gerard en algún callejón detrás del edificio donde trabajaban durante su receso de dos horas, momentos donde ella se sentía eufórica, para horas después cuando Gerard le dejara alguna nota agradeciendo el labial en sus muslos ella recordara cada momento hasta sonrojarse como un jitomate, y repetir mentalmente lo estúpida que era.
Otras veces pensaba en Patrick, lo cual era peor.
Me ama, pensaba repetidamente al quitarse la ropa. Amor, amor puro, cálido, vago, inquebrantable, furtivo, doloroso. En cuanto su cuerpo sentía la dureza de las sábanas y el peso de Gerard sobre su espalda, todo lo que existía fuera de la habitación 93 del motel de la 44 le parecía inútil, inexacto. Un pedazo de cielo debía existir entre esas cuatro paredes para hacerla sentir tan miserable, ahí la intimidad se mezclaba con el hambre, con la necesidad, con la ternura y la desgracia, existía en la piel de Gerard, en las costilla de su lado derecho, en la parte interna de su cérvix, era la humanidad reclamando en cada embestida, pero, sobre todo, eran los momentos donde imaginaba a Patrick.
Aquella tarde de verano mientras se recostaba plácidamente en la cama, y miraba el techo en aparente sosiego, Gerard, con la voz ronca y entrecortada, la sacó de sus pensamientos.
La joven parpadeó incrédula. Él repitió otra vez de manera más seria. Atónita, volteo a verlo acomodándose en la cama, dejando que la sábana mostrará su pecho desnudó.
Su semblante cambio ante la pregunta, y se recostó más cerca de ella.
—No veo por qué no debería hacerlo
Gerard lo dijo lo suficientemente serio para creerlo. Días antes cuando lavaba la ropa pensó en ella. Lejos de ser algo sexual, era algo más simple: sus ojos. Su amante tenía ojos grandes que contrastaban fuertemente con su nariz, un detalle insignificante que la hacía interesante y atractiva. Había pensado si Patrick podía creer lo mismo, era sabido que la idealizaba llamándola «su dulce esposa», algo irónico según él, ya que aquella mujer era todo menos dulce, al menos no con él.
Sabiendo lo que sabía ahora, ese debió ser el momento para detenerse y pensar en algo más. Sin embargo, sus reflexiones ante la lavadora llena de ropa de color y jabón en polvo, lo habían llevado a una conclusión inequívoca; no la conocía.
Sabía sobre sus caderas, y espalda, reconocía las cicatrices pequeñas en sus rodillas y podía decir sin duda cuántos lunares tenía en todo el cuerpo. Pero no sabía otra cosa. No como Patrick. Él la tenía todos los días, comía con ella en la intimidad de su casa y la abrazaba para dormir toda la noche, no solo unas horas. Observó la carga de ropa de la que destacaba un suéter negro cubierto de jabón. Ella tenía uno similar, lo recordaba bien, llevaba ese suéter cuando la conoció. Cerró la tapa de la lavadora y se quedó un rato viendo como la máquina hacia su trabajo.
¿Cómo podía sentir celos de alguien a quien no conocía?
Perdía el tiempo con ella, era un error cuando su novia estaba en su cama usando una de sus playeras para dormir, y él mezclaba su ropa para tener una misma carga y no gastar tanto jabón. Era un error condenarse a la habitación 93 y la azotea de su trabajo, a los cigarros de menta, a labial rojo, y a aquellas piernas alrededor de su torso por un simple capricho de validación. Era un error, un error, error, error, error. Respiro profundo, hasta que el pecho dejó de dolerle y las manos volvieron a sentirse tibias. No la amaba, no lo creía, mucho menos por qué ella no lo amaba tampoco, era patetoso un intento de maniobra mental para argumentar lo contrario. Era lo que era, y eso era... ¿que era?
La llamada de su novia lo sacó de sus contradicciones, quería que fueran a cenar con sus padres para formalizar su relación y ser una pareja más madura, todo lo que eso significaba. Sabía que ella quería una familia y un esposo, y él solo quería no tener que lidiar con todo eso. Apenas respondió cuando ella le pregunto si estaba listo, y solo apresuro su lavandería lo suficiente para ocultar su desorden mental. Para su desgracia, aquella idea impulsiva no desapareció el resto de la tarde, e incluso cuando se acomodaba la camisa dudo aún más. Formuló la idea de huir e ir a buscar a su amante, decirle que la amaba, tomarla de la mano y abandonar toda esperanza mientras se ahogaba entre sus piernas y ella le jalaba el cabello. Durante la cena, la imagen se volvió diáfana, dejando un sabor amargo en cada bocado de carne y distrayéndolo de la conversación. Su novia lo quería, él también lo hacía.
Una semana después de la cena, ambos estaban en la boda de su hermano menor como padrinos de anillos, Gerard no pensó en su amante hasta bien entrada la noche, cuando solo la familia cercana queda esparcida por el salón. Algo ebrio de vino y conversaciones invasivas sobre cuando iba a dar el siguiente paso, vio a su hermano menor feliz con su nueva esposa, sonrió débilmente y se preguntó si alguna vez escaparía lo suficiente del karma para vivir lo mismo, o su castigo sería, por defecto, jamás experimentar besar con la consciencia tranquila. Tomó otra copa de vino de la barra y vio a su novia sentada con algunos invitados hablando y riendo, el cuadro era encantador, casi doméstico, contrario a sus pensamientos que la dirigían a ella: la mujer extraña, casada y misteriosa a la que amaba más por el deseo que en ella proyectaba que por quien era. Ella no encajaba en la escena delante de él, no combinaba con sus amistades y familiares, ni mucho menos con él mismo. Suspiró profundamente, y miró al techo; las grietas y luces blancas le aprecian insípidos con los arreglos florales desprendiéndose poco a poco, la fiesta ya había terminado, debía regresar a su hotel y besar a su novia, pero, ella, la otra, ¿qué estaba haciendo, pensaba en él también, lo extrañaba? Tal vez Patrick se la estaba cogiendo y ella lo miraba como lo hacía con él. Detente, se dijo, pero lo repitió una y otra vez hasta sentir náuseas. Terminó su copa de vino de un trago y regresó a la mesa donde su novia lo esperaba, tenía el rostro pálido, y los ojos vidriosos, ella le pregunto si estaba bien, y él, como si no hubiera mentido lo suficiente, respondió que estaba cansado.
En su cama de hotel, los sueños intermitentes y sonidos de autos en la carretera de al lado terminaron de dar forma a sus impulsos. A la mañana siguiente, lleno de culpa y ansia, le propuso matrimonio a su novia, que sonrojada y ligeramente somnolienta, aceptó eufórica.
Ahora, una semana después, estaba frente a su amante explicándole que aquella era la última vez que la vería y que esperaba que pudieran ser amigos. Debía estar atada a Gerard para mirarlo fijamente y solo morderse las mejillas en un intento de evitar caer en llanto frente a él. Quería explicaciones que no necesitaba y disculpas que no merecía. Sonrió débilmente mientras se vestía con cuidado. Pregunto naturalmente sobre la fecha de la boda, los planes de vida, su trabajo, e incluso en su angustia, le recomendó un buen servicio de catering. Gerard no sabía que responderle, o si debía hacerlo más allá de agradecer de manera desmesurada mientras la veía moverse por la habitación con sus tacones de aguja ruidosos que la hacían parecer más alta. Cuando terminó de vestirse camino a la puerta. En tiempos más simples sería el momento cuando él la tomaba de la cintura, ella sonreía ante la muestra de cariño, y caminaban de la mano hasta la puerta del edificio donde se soltaban rápidamente en cuanto la luz exterior los rozaba. Ahora, contrario a esos días, estaba sola, sosteniendo la perilla fuertemente, observando al hombre en aquella cama, incapaz de decidir si escapar o quedarse.
—¿Puedes decir mi nombre? —preguntó impulsiva—Nunca me llamas por mi nombre cuando estamos aquí.
Gerard no la miró. Se acomodo en la cama y suspiro con pesadez.
—No puedo—respondió con voz entrecortada
Se quedaron así unos minutos, hasta que ella acomodó su abrigo y se despidió de él formalmente, saliendo con pasó decidido de aquella habitación, aparentando tranquilidad hasta salir al estacionamiento y rompiendo en llanto en cuanto subió a su auto, para posteriormente conducir sin rumbo por el periférico hasta recibir la llamada de su esposo preguntándole si quería cenar fuera.
Gerard por su parte se quedó unas horas tendido en la cama repitiendo su nombre hasta pronunciarlo sin emoción, como lo haría el siguiente lunes cuando la viera en la oficina, o un mes después, cuando la vería por última vez al saber que, sorpresivamente, ella había renunciado para mudarse con Patrick a otro estado. La repaso infinidad de veces hasta que pudo reducirla a un sueño febril, un recuerdo al que aferrarse cuando se permitiera sentir vergüenza.