Enséñamelo, le dijo, y él, como quien obedece a una orden antigua que no entiende del todo pero acata igual, abrió el pecho sin dramatismo, y mostró un corazón resquebrajado, una cosa viva que parecía haberse cansado de fingir que estaba entera
ella no se sorprendió, porque ya había visto antes lo que ocurre cuando la vida insiste demasiado en un mismo lugar y acaba por agrietar lo que parecía hecho para durar, corazones que aprenden a romperse sin ruido, sin anuncio, como si el silencio fuera su única forma de defensa
no te preocupes, late todavía, dijo ella, como si el latido fuera una cuestión menor, un dato que se puede corregir con paciencia, y lo rozó con sus manos de ángel, que no eran de ángel por virtud sino por una manera particular de no imponer peso sobre las cosas heridas
y ocurrió entonces que, poco a poco, como ocurre todo lo que no sabe que está ocurriendo, las grietas empezaron a cerrarse, no del todo, porque nada se cierra del todo sin mentir un poco, pero lo suficiente para que el corazón fingiera otra vez cierta continuidad
y él lo sintió, no como un milagro, porque los milagros siempre llevan un ruido que aquí no existía, sino como una fatiga distinta, una tregua que no pedía permiso para ser llamada esperanza
porque el corazón, aun resquebrajado, tiene memoria de su forma anterior, y cuando alguien lo toca con la suficiente delicadeza, no vuelve a ser el mismo, pero recuerda cómo se parecía a sí mismo antes de romperse
ella seguía allí, inclinada sobre él como quien estudia una herida sin prisa, sin deseo de poseerla, solo midiendo la distancia exacta entre el dolor y lo que podría llegar a ser costumbre
y él quiso decir algo, quizás agradecer, quizás advertirle que lo que estaba viendo no era reparación sino una clase distinta de daño, más silencioso, más educado, pero no encontró palabras que no le traicionaran
entonces ella retiró las manos, no porque hubiera terminado, sino porque sabía que hay gestos que deben detenerse antes de volverse exceso, antes de que el amor empiece a parecer intervención
el corazón, sin embargo, quedó distinto, no entero, pero tampoco del todo roto como esas cosas que sobreviven a su propia destrucción y aprenden a latir con una prudencia nueva, como si cada latido pidiera disculpas por insistir