can’t you take a joke? - @elijxhvrn
Andre mira hacia el contrario con los ojos vidriosos, bastantes segundos luego de que la frase haya sido efectuada. No escuchó, así como no ha escuchado nada en los últimos diez días. Lo embotado del cerebro es algo innegable, no sólo tarda en reaccionar si no que conecta los puntos con terrible desorientación. Preocupante también y ahora no tiene plata para seguir pagando la desintoxicación, si es que acaso quisiera, los distintos tipos de medicamentos que le suministraban, junto al suero, no llegarían jamás a sus manos.
Resulta fácil para ellos, simplemente lo meten a la comisaría, los someten a una fianza exorbitante (comprensible por los antecedentes, e incluso piadosos si quisieran decirlo así, a pesar de que la plata para la fianza es un precio que jamás ha llevado encima, y los mismos antecendetes los que por supuesto que le complicarían cualquier búsqueda de trabajo, por no hacer las cosas imposibles, si es que acaso al salir quisiera un trabajo), lo hacen pasar la abstinencia drogado hasta el punto en que sólo puede babear y mirar la pared sin ver nada, respirando con lentitud monstruosa por pulmones destruidos, y además luego de sacarlo él otra vez está en la calle. Por supuesto, comprensible (¿a dónde lo llevarían, a un albergue ya repleto? ¿Hay realmente responsabilidad en ellos con lo que haga él?), y esta vez al salir no está la pieza en lo de su padre, como cuando él lo escoltaba de la comisaría a la camioneta, que ahora está destruida, y de ahí al departamento junto a un coro de gritos y discordia.
Al final se iba, de todos modos, desaparecía otra vez y terminaba en lo de siempre: los mismos lugares, la misma gente, la misma rutina. Conseguir plata, comprar cocaína, comprar una botella, comprar cigarrillos, terminar en el piso. Repetir, repetir, repetir.
Llegar al taller le tomó muchísimo más tiempo del que normalmente le toma reconocer las calles y los barrios y los edificios. Esta vez iba más allá de la existencia, la mirada al frente con la boca abierta y no más que la cédula y la tarjeta de metro encima. No entendiendo nada, y sin entender gran cosa hasta que los residuos de las pastillas no lo dejen, consiguió llegar exhausto, sin un peso y con las Vans llenas de barro, por pasar por algún lugar que no se acuerda. Estar ahí con él es una muy mala idea, pero sólo quiere estar sentado sin el ajetreo de los transeúntes por un rato, y ese fue el primer rostro -vago en la memoria- en aparecérsele.
Como siempre, siguió el primer instinto, que rara vez es bueno.
Lo sigue mirando y pestañea. Después, abre la boca: