La llegada a la habitación sin Julia, con cesárea, indicaciones de no incorporarme por 12 horas y con el posterior desfile familiar y de médicos fue tremendo. Estaba entre que no sabía que me pasaba (gracias, gracias a las drogas), que no tenía idea del estado de mi hija, que más o menos temíamos que si no había pasado lo peor estaba por pasar y, tras de cuernos palo, viene la ginecóloga con una psicóloga para dejarnos bien en claro que la niña estaba gravísima, con tono entre de atajarse y de placer por el dolor ajeno. Ahí ya se me había pasado un poco la bobera que me había provocado la analgesia y que me tuvo viajando por un rato. No faltó el comentario familiar sobre que esto era una prueba que me enviaba el señor (ta que lo parió, mirá). Pero el número que completó el cartón fue el ingreso de mi compañera de sala. Una chica de veintipocos que había parido por cesárea a su bebé, de 31 /32 semanas, bastante saludable para el período de gestación, pero que había sido ingresado en la UNN porque no llegaba a los dos kilos (algo así como el punto de inflexión entre la vida en incubadora y que te vayas a tu casa y metas supermercado en el cochecito). Con ella llegaron su madre, su hermana, su hijo y el papá de la criatura recién nacida, que se encargó de hacerle saber a todo el mundo que era el padre pero que ellos no eran pareja. Todo esto mientras llorábamos llenos de tristeza por nuestra hija, de la que solo sabíamos que era rubia y que le molestaba la luz (ventilada, con convulsiones, etc). Durante los 3 o 4 días posteriores, además de las continuas visitas a la UNN para ver a Jujita convivimos con esta familia que estaba de fiesta, entraba y salía gente de visita de continuo ya que ella era funcionaria de la mutualista y el tono de las reuniones era de jolgorio. Incluso cuando llegaba el macho alpha y preguntaba por “Sámuel”, porque así debían llamarlo a Samuel. Ahí estábamos nosotros destruidos de tristeza, con una enorme necesidad de silencio y privacidad que se daba pocos minutos en el día, en los que aprovechaba para ordeñarme mientras mi vecina había salido con la barra a caminar al pasillo, ya era bastante doloroso amamantar a una máquina y con público se sentía peor.