Hoy, en “Caete de cola”, esa sección que empezó con el nacimiento de mi hija el mismo día de mi aniversario de casada (pero se convirtió en una anécdota insignificante comparada con el resto de los acontecimientos del día), tenemos “No sabes quién estuvo en casa!”. En este camino las coincidencias, algunas geniales y otras no tanto, además de inverosímiles, alguna confirmó el cliché ese “la realidad supera a la ficción”.
Estábamos manejando la posibilidad de comenzar un proceso de demanda por mala práxis, no antes sin pedir respuestas sobre los hechos entorno al nacimiento de Jujita a quien correspondía dárnoslas (te espoileo: nunca llegaron a pesar de una reunión de esta servidora con las masssimas autoridades de la isstitución, Gladi), cuando la rubia arranca con un cuadro respiratorio. Después de cuestionarme si llamar a la emergencia y exponerla al “diagnóstico vaca”, decido que la vea un pediatra. Cuando tocan la puerta y miro por al visor mi reacción fue de una mezcla de incredulidad, miedo y rencor (y una ansiedad que ni te cuento). Lo hice pasar, mientras pensaba si no estaría transfiriendo erróneamente aquellas imágenes que tenía del block al momento del nacimiento de Julia a este hombre que acababa de entrar en mi casa. Cuando se sentó al lado de Jujita para revisarla caí en la cuenta de que era la misma persona, aquel neonatólogo que intentó reanimarla infructuosamente debido a un temblor en sus manos, ese temblor que vi en el living de mi casa mientras sostenía el otoscopio que se movía como una maraca. Mientras intentaba poner cara poker (seguramente me vería como Chirolita) me debatía entre reaccionar violentamente, encararlo y recordarle quien era mi hija y que lo que padecía se lo debía en gran parte a su soberbia, o no hacer más que observar. Entonces me limité a responder sus preguntas, observarlo detenidamente y a sacarle una foto, sin que se percatara de ello, para contarle ipsofactamente a Gustavo lo que estaba viviendo (no lo soñé, ieeee).