Tres pistoleros lo acribillaron mientras jugaba. No hubo detenidos por el hecho. Las autoridades lo calificaron como un azote. apenas tenía 13 años.
El niño de la foto tiene dos rostros. Uno es delgado, de tez morena, cabello trigueño y alisado desde el medio hacia los costados. Él, inocente, armaba un papagayo cuando tres pistoleros le dieron 10 tiros el 6 de marzo de 2008 en una callejuela de Santa Lucía. Al otro lo enmascara una franja negra, que cruza sus ojos en la sección de Sucesos de la prensa. Él, presunto monstruo precoz, habría asesinado a 13 personas -uno por cada año de su edad-. Emmanuel, “Dios con nosotros”, era su nombre. Su peligroso álter ego respondía al apodo del “Seven Up”.
Mencionarlo en su barriada es lo mismo que aludir a una leyenda. Vecinos y conocidos lo recuerdan como un mito. “Ese chamito no se metía con nadie. Los diarios se encargaron de hundirlo”, cuenta el cliente de una cauchera. Bebe un té a 20 metros de la acera donde Emmanuel invertía sus mañanas y tardes hace siete años. Allí pasaba el rato sentado sobre un brocal o echado, bajo el amparo del techo de la exsede del diario Crítica.
Tiempo libre tenía de sobra. No cursaba estudios formales desde preescolar. Solía compartir a diario con sus amigos de la comunidad. Policías y alguno que otro lugareño juran que eran miembros de una banda de atracadores y robacarros. Igual entre ellos se dio a conocer con el alias de aquella gaseosa transparente. “Seven Up” no hacía honor a su frescura, sino a su parecido con Fido Dido, imagen publicitaria de la bebida. Era flaco, de cuello espigado, rostro alargado y orejas que sobresalían.
Se trataba de un chamo cualquiera, coincide la mayoría de sus vecinos. Juguetón, hiperactivo. Pero para la opinión pública su inocencia no era tal. En los medios de comunicación su apodo venía siempre acompañado del mote de “azote”. Y el 21 de febrero de 2007 se catapultó a la infamia regional luego que las autoridades lo incriminaron como el asesino de un niño de cinco años.
Era Miércoles de Ceniza cuando el frente de la guardería La Cuna de Dios se deshonró con sangre. Una bala -escupida por el fuego cruzado entre el “Seven Up”, Ríchard Araujo (24) y Eduard Gambero Silva, alias el “Piojo”- atravesó la garganta del pequeño Jairo Enrique Puerta Guerrero. Una disputa territorial segó la vida del infante, que aguardaba por su madre.
Al “Piojo” lo baleó cinco días luego una comisión de la Policía regional y el CICPC en el barrio Rey de Reyes. El “Seven Up” se entregó. En el calabozo de Polimaracaibo se le vio lloroso, nervioso. “Era inocente”, defiende su padre, José “Cheo” Angulo. Lo soltaron por falta de pruebas.
“Cheo” es un señor cincuentón, que anda en muletas por culpa de un accidente en moto en el que perdió una pierna. Hoy pide limosna en la avenida Bella Vista. Anda “buscando a Dios” por no más de una hora. Mide el tiempo para cuidar la salud tras los dos ACV que sufrió. Por eso ya no bebe con el exceso de hace siete años. En aquel tiempo perdió a dos de sus cuatro hijos por culpa de las balas.
José Trinidad, “Cheíto”, quedó descalzo y boca arriba cerca del puente La Múcura el 9 de junio de 2007. Al hermano mayor de Emmanuel (19) lo acribillaron con 18 tiros a las 9.30 de la mañana tras una jornada de farra y whisky. Naireth Quintero, prima de los Angulo Burkjones, también falleció en octubre de 2012 cuando un hombre le dio 12 tiros en el frente de su casa. Todo ocurrió en Santa Lucía.
La violencia ha acompañado en esas calles a los Angulo Burkjones. De esos homicidios nada quieren saber Cristina y María, las dos hermanas de Emmanuel. Su madre había fallecido de cáncer en 2006 y era junto a ellas que vivía, en la misma casa angosta y humilde de pared verde, aquel chamo que ganó la admiración de sus compañeritos de cuadra. Muchos querían ser como él: respetado, con gomas bonitas y galán con las muchachas del barrio.
Su padre no lo valora como un criminal. “Era rejodón, rebelde, ácido como el ‘Seven Up’. Se metía con la gente, pero no era un asesino”. Según él, la Policía solo lo detuvo una vez. Fueron tres. Lo arrestaron en dos oportunidades por robo a mano armada y otra por el homicidio de Jairito.
“Cheo” se descompone al recordarlo. Permanece en su memoria cómo quedó el cuerpo del menor de sus hijos en esa callejuela repleta de escombros y construcciones sin culminar. Estira las manos frente a su pecho, abre bien los dedos y se le entrecorta la voz al señalarse dos de ellos: “tenía agujeros aquí y aquí por los balazos. Trató de usar las manos como escudos”. Llora. Insiste: “No era un asesino”. El niño de la foto era eso: un crío… uno con la fama de un prontuario terrible.
Emmanuel Angulo Burkjones (13), alias “Seven Up”, recibió 10 balazos en la avenida 3A con calle 92 Las Vegas, del sector Santa Lucía. Fue el 6 de marzo de 2008. Lo señalaron como responsable de 13 asesinatos, aunque solo se le procesó por uno: el de un niño de cinco años.
José Trinidad Angulo Burkjones, alias “Cheíto”, murió acribillado el 9 de junio de 2007. Le dieron 18 tiros cerca del puente La Múcura. Era hermano del “Seven Up”.
El “Nerón” sería uno de los implicados en el asesinato del “Seven Up”. A él se le adjudicaron al menos 25 homicidios. Azotaba las parroquias Chiquinquirá, Bolívar, Santa Lucía y Olegario Villalobos. Se supo que huyó herido a la COL.
“ESA VIDA DE CRIMEN LES DA ESTATUS”
El perfil de menores de edad involucrados en crímenes en Venezuela es similar. La mayoría ha desertado o han sido excluidos del sistema escolar. Viven en precariedad. Nueve de cada 10 de ellos son varones. Atestiguan violencia a diario en sus hogares o comunidades.
Carla Villamediana, integrante de Cecodap -organización venezolana que desde 1984 trabaja en la promoción y defensa de los derechos humanos de la niñez y la adolescencia-, advierte que los niños, niñas y adolescentes copian cada vez más a los líderes negativos.
“Los muchachos sienten que no tienen oportunidad más allá de convertirse en el jefe de la banda. Les da cierto estatus, protección también. Les da cuotas de poder”.
La responsable del informe anual sobre violencia Somos Noticia acota que este tipo de victimarios no tienen una expectativa muy alta de vida. “Saben que ese estilo de vida no los va a llevar muy lejos, pero, mientras lo hagan, quieren vivir con ese estatus”.
Para Cecodap, urge un plan nacional de protección contra la violencia al niño, niña y adolescente. Es imperativo concretar un sistema nacional de información cabal sobre los afectados y tribunales que respondan con efectividad a las denuncias.
Recomiendan además campañas educativas que utilicen la misma jerga y códigos de los afectados, así como el funcionamiento idóneo de centros socioeducativos de rehabilitación. El desarme efectivo también sería una herramienta útil para proteger al menor.
Fuente: http://www.laverdad.com/laverdadtraselcaso/caso/455