En un momento tiene los pies bien firmes sobre el piso y al otro está flameando cual bandera por los aires. En el único aspecto curricular en que Yuri bordeaba la mediocridad era educación física, pero por el bien de su excelencia académica se exigió y, como en buen manga deportivo, logró un buen físico y una resistencia más que aceptable. De eso cuatros años atrás. Ahora se encuentra trastabillando y falto de aire después del primer minuto de carrera. Lleva su sándwich a la boca y ahí lo muerde para sostenerlo y liberar su izquierda, que ahora sujeta el agarre de Eunki como si su vida dependiese de eso. Y en teoría sí lo hace. Mira hacia atrás, y tal como la mujer de Lot, se convierte en piedra porque oh my god, la desquiciada parece atleta. Yuri suelta un gritito y el sándwich se desmorona cuando afloja la mascada. Primero caen los tomates, luego la lechuga, luego el chucrut y así hasta que ve caer la hamburguesa también. Y de la nada aparece Violeta la cabra invocada por el olor a comida e intercepta la carrera a todo galope. Yuri cierra los ojos y voltea el rostro. La única evidencia de la coalición es el grito desgarrador de la loca que al parecer Eunki no escucha porque sigue corriendo y Yuri no tiene cómo decirle que pare porque no quiere dejar ir lo que queda de sándwich. Cuando se detienen Yuri siente las piernas gelatinosas así que se recarga contra la espalda de Eunki intentando recuperar fuerzas. “Perdí el relleno” avisa con voz monocorde. Es en ése entonces que el lugar estalla en risas y cuchicheos animados y Yuri espía por sobre el hombro de Eunki cómo el equipo de no-sabe-qué sale del gimnasio, cabello húmedo y goteando después de una buena ducha, bolsos al hombro, bíceps que brillan al sol y sonrisas. Y pasa lo inevitable. Todo se convierte en algo así como una walk of shame cuando hace sonar la mayoría de las alarmas de los atletas. El grupo se sorprende y ríe, hay remarcaciones un tanto homófobas cuando les pasan de largo, pero uno de ellos en especial voltea a verles, haciendo sonar una alarma y el silencio es pronto sepulcral. “Ay” se queja Yuri bajito contra el oído de Eunki, avergonzado e incómodo como nunca frente a la situación. “Esta es la peor forma de salir del clóset, frente a todos tus amigos machitos del equipo. Pero puede decir que hizo sonar la alarma porque tengo cara de niña, siempre funciona ”.
Como si fuera libro motivacional, la frase: “no hay peor enemigo como tú mismo”, aparece en su mente. Recuerda haberla leído alguna vez en la sección de horóscopos de una revista luego de terminar el sudoku con el que compartía página. Y ahora como saquito lleno de fichas de scrabble, las palabras de pronto parecen tener peso real, como si fueran éstas las que le impulsaban desde la espalda hacia abajo y no el cuerpo de Yuri. ¿Lo peor? ¡Ni siquiera eran para su signo! Tonto, tonto Eunki. De todos los lugares en la escuela, ¿por qué tenía que haber acabado en el gimnasio? ¿por qué su subconsciente lo odiaba tanto para llevarlo de una situación mala a otra peor? Y como si los cielos (o infiernos porque tal vez Violeta seguía cerca) lo hubieran escuchado, escucha las voces de ultratumba y las risas demoníacas. Está jadeando en busca de aire, pero no sabe si es por culpa de la carrera o porque está sufriendo un ataque de pánico. Con las manos en las rodillas y la cabeza gacha, escucha el coro de insultos y alarmas, de burlas y silbidos, y siente que se hace chiquito. Espera que sigan su camino, pero parece que Violeta está bastante empeñada en usar su poder diabólico porque el nuevo sonido proviene de ellos y, de pronto, se hace el silencio. Escucha la voz de Yuri, pero sus palabras no le llegan. El latido de su corazón es tan ruidoso y exasperante que el pelirrojo está tentado a presionar con fuerza las palmas contra sus orejas. Si sintió la vibración en el bolsillo de su pantalón, no hace ademán de buscar su teléfono, porque otro sonido se deja oír sobre todo lo demás, fuerte y claro: «¿Eunki?» y con su nombre se elevan sonidos de sorpresa, de reconocimiento, de confusión cuando por fin levanta un poquito la cabeza solo para ver una masa con decena de ojos fijos en él. «sí es eunki», «¿quién?», «¿el del equipo de fútbol?». Eunki, Eunki, Eunki. Su nombre le quema en los oídos colorados. Reconoce rostros y nombres, porque hasta hace dos meses Eunki era uno de ellos. Y siente el estómago en las rodillas y los pulmones en la garganta cuando se eleva todo lo que le permite su estatura. Un amistoso: «¿dónde estabas, hermano?», pronto se convierte en un «¿y ese?» porque de pronto parecen notar a Yuri en el lamentable cuadro. «¿ya te juntas con niñitas? ¿o qué? ¿es tu novio?» risas, empujones discretos. «¿también eres uno de esos?» más burlas. Y se da cuenta que no ha dicho nada en todo ese tiempo porque no puede, la boca le sabe a arena. Es ahí cuando nota un par de ojos especialmente pesados y desea no haber volteado nunca, porque ahí está él, Jung Hyuk, el capitán del equipo de básquetbol, con sus ojos dorados que parecen juzgarlo en silencio y listos para dictar sentencia en cualquier momento. Y así es, porque cuando eleva la voz y demanda, todos callan de nuevo: «¿quién les hizo sonar las alarmas?» la pregunta parece hacer eco por todo el patio. Las manos empiezan a moverse, a revisar móviles o a negar, porque nadie va a confesar. Hay otro momento de silencio prolongado que se interrumpe. Y Eunki sabe que está jodido porque, por supuesto, no pudo encontrar mejor momento que aquel, cuando tiene atención de sobra, para hacer sonar la alarma de Hyuk, de nuevo.