𝔈𝔩 𝔩𝔲𝔧𝔬 𝔡𝔢 𝔢𝔰𝔱𝔞𝔯 𝔰𝔬𝔩𝔞
Estuve sola todo un domingo. No llamé a nadie, y nadie me llamó. Sentada en el sofá, con los pensamientos a la deriva, fui testigo de mí misma. Tres veces, sin aviso, algo dentro despertó: un reconocimiento súbito, profundo, luminoso. Me sumergí en sombras densas y salí bañada en una luz dorada. Era yo, encontrándome con mi propio ser, sin máscaras ni ruidos. La soledad, cuando no pesa, se convierte en un lujo. Una casa silenciosa. Un alma que se escucha. Y una paz que no se compra.


















