
if i look back, i am lost

❣ Chile in a Photography ❣
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he wasn't even looking at me and he found me
we're not kids anymore.
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2026-05-30
No hay que sentir empatía ni pena por gente que no pensó en ti mientras hacía cosas que sabía que te dolería.
Me preguntó cuando podré dejar de tener consideración por todos y todo lo que le pasa a los demás y serán ellos los que tengan la iniciativa de tener consideración hacia mi persona.
La chica de los cristales rotos
A veces te odio tanto por tus acciones y a veces me odio tanto a mí, por seguirlas permitiendo.
Fak
Mi parte favorita de viajar es el momento en el que te das cuenta de que la vida es mucho más que la burbuja en la que estás acostumbrado a vivir.

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El silencio es la respuesta que más ruido hace.
Shi
Ahora me da risa, pero ese suceso me dejó sin sentimientos......
Yo esa HAJAJAJAJAJAJ
Perdón por tratarte así, es que nunca supe como perdonarte 
:(

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“Ojalá que cuando llegue el día, alguien me sostenga en su cariño, me perpetúe a través del afecto; será la prueba más honda de que no habré vivido en vano.”
— Julio Cortázar, «Cartas 1937 - 1954»
Causa de defunción
Hay algo que insiste, no llega a pregunta, no llega a nada que se pueda responder sin que se rompa, más bien un zumbido que se mete por debajo de todo, que organiza incluso lo que parece estable, y llevo tanto tiempo con eso que ya no sé si alguna vez hubo silencio antes, o si el silencio era simplemente otra forma de no escuchar, de aplazarlo, de fingir que no estaba ahí, porque en cuanto se nombra, en cuanto se le da un borde, todo lo demás empieza a tambalearse con una facilidad obscena, como si la vida entera fuese una escenografía mal clavada, un decorado que aguanta mientras nadie lo toca demasiado.
Y entonces aparecen ellas, no como consuelo, más bien como pruebas, como demostraciones de hasta dónde se puede tensar una vida antes de que empiece a deshilacharse desde dentro, Pizarnik mordiéndose a sí misma con una delicadeza casi ritual, como si cada fragmento arrancado tuviera que ser ofrecido a algo que no responde, Plath con la cabeza en el horno, sí, pero antes de eso la precisión, la limpieza con la que cortaba el lenguaje hasta dejarlo sangrando, y Sexton bebiendo y pidiendo perdón y volviendo a beber y el perdón haciéndose cada vez más poroso, más aguado, hasta que ya no era perdón sino simplemente el nombre que le daba a continuar haciéndolo, y una mira eso y entiende, demasiado, entiende más de lo que querría, porque lo que hay ahí no es una distancia segura, no es una categoría, no es la locura convertida en etiqueta tranquilizadora, es cansancio, es un tipo de agotamiento que no se arregla durmiendo, que no se interrumpe, que sigue incluso cuando el cuerpo parece estar quieto.
Y luego Lispector, o lo que queda de ella cuando se te queda dentro, esa idea de que la compasión hacia uno mismo no es una caricia sino una caída, que soltarte el cuello, dejar de apretar, no trae paz inmediata sino una especie de vértigo seco, como si de pronto te quitaran el suelo y tuvieras que aprender a sostenerte sin esa violencia que al menos marcaba límites, porque sí, el castigo ordena, eso no se dice lo suficiente, el castigo es una arquitectura, una forma de saber dónde empiezas y dónde terminas aunque sea a base de golpearte contra las mismas paredes, y cuando eso desaparece, cuando intentas no hacerte daño, todo se abre demasiado, todo se vuelve impreciso, y ahí es donde empieza otra forma de miedo.
Porque hay algo en hacerse daño a uno mismo que se parece demasiado a casa, y decirlo da asco, reconocer que lo conocido tira más que lo bueno, que el dolor elegido tiene una lógica, una coherencia interna, que incluso se echa de menos cuando no está, porque al menos con él sabes dónde pisas, al menos no hay esta sensación de estar cayendo sin referencias, sin mapa, sin nada que te diga hasta aquí.
Y mientras tanto escribo, escribo sobre el derecho a caer, al exceso, al goce, al hedonismo, construyo argumentos, los afilo, los sostengo en público con una seguridad que a veces yo mismo no reconozco cuando me miro de cerca, y hay algo profundamente sucio en eso, algo que roza la impostura, porque luego vienen las consecuencias, vienen siempre, y no sé qué hacer con ellas, no sé habitarlas con la misma elegancia con la que las defiendo en abstracto, y entonces la sospecha, constante, de ser solo eso, un intelectual vacío, alguien que vende una forma de vida que en la práctica le desborda, que no sabe sostener, que no sabe atravesar sin romperse de maneras poco narrables, poco bellas, poco útiles.
Y sin embargo sigo, porque también está la otra posibilidad, la más incómoda de todas, que todo esto, cada frase, cada giro, no sea para entender sino para dejar rastro, para que algún día alguien lea como ahora se lee a ellas, y encuentre en estas palabras una estela, algo que arde, algo que indica un camino aunque ese camino no lleve a ningún lugar habitable, una belleza que no salva pero ilumina mientras dura, una vida que se consume y en ese consumo produce sentido, o al menos la ilusión de sentido, y entonces la duda vuelve, si los textos son una forma de entender o una forma de diferir, si me estoy alumbrando el camino o simplemente estoy dejando documentado el trayecto, y la diferencia entre las dos cosas importa mucho o no importa nada y tampoco sé eso, no lo sé y quizá no haya manera de saberlo sin llegar demasiado lejos.
El alivio aparece a veces, claro, aparece y lo acepto sin hacer preguntas, cómo no hacerlo, sería ridículo rechazarlo, pero el alivio desplaza, mueve, te acerca sin que te des cuenta a ese punto en el que todo vuelve a estar en juego, y de pronto estás ahí, otra vez, en el borde, y me lo parece porque el borde es lo único que conozco y uno siempre termina llamando virtud a lo que no le queda más remedio que ser, y miro hacia abajo con una claridad que asusta, el cuerpo en tensión, el pulso desbocado, y hay un segundo, uno solo, en el que no sé si voy a sostenerme o si ya he empezado a caer.
Ese segundo es insoportable y es lo más vivo que hay, y eso es lo que no me perdonaré nunca o lo que me perdonaré demasiado pronto, no sé, ya no sé cuál de las dos cosas es peor, porque en ese punto todo se mezcla, la lucidez y el deseo de desaparecer, la belleza y el desgaste, la escritura y la vida como si fueran la misma cosa o como si una estuviera devorando a la otra sin que pueda intervenir.
No sé estar en el centro, no sé si alguna vez quise, el centro me resulta sospechoso, cómodo de una forma que me inquieta, y quizá sea solo una excusa, una coartada elegante para no intentar otra cosa, pero la verdad es más simple y más incómoda, el borde es lo que hay, lo que reconozco, lo que sé nombrar incluso cuando no quiero, y a veces cede, claro que cede, y el pie se va con la tierra y te quedas suspendido un instante absurdo, con el cuerpo descolocado, con una herida mínima que arde como si fuera enorme, preguntándote si esta vez has ido demasiado lejos, si esta vez no vas a poder recomponerlo con palabras, si esta vez no va a bastar con escribirlo para que parezca que tiene algún sentido.