Dulce truco: una historia de Halloween
By CherryBlossom68
Yuuri Katsuki no recuerda mucho. Solo que va de la mano de su hermana a pedir “dulce o truco” en la noche de Halloween. Van caminando; ella seria, fumando un cigarrillo; él saltando adelante, balanceando un baldecito de plástico con forma de calabaza, de colores chillones y una cara tenebrosa pintada de negro.
A medida que caminan se alejan un poco de la calle donde se encuentra su casa, el onsen en Hasetsu, hasta llegar al final de una callejuela algo apartada. Yuuri mira con preocupación el recipiente en sus manos. No ha tenido suerte y su calabacita está casi vacía: la gente no parece entender la sencilla felicidad de dar dulces a los niños en Halloween.
Pero algo le dice que tendrá suerte en la casa al final del camino, la mansión señorial donde la festividad parece haber encontrado un lugar propicio, a juzgar por los murciélagos de terciopelo que cuelgan de los árboles y las calabazas huecas convertidas en luminosas linternas.
El sendero, donde los guijarros alternan con caramelos multicolores, parece llevarlos con una clara señal de que el dueño de casa espera su visita para que el convenido “dulce o truco” pueda efectuarse.
Mientras voltea hacia su hermana, Yuuri siente su corazón liviano, ingrávido: presiente que allí no faltarán los dulces ni los chocolates de los que carece su cajón de tesoros, presiente que su baldecito saldrá rebosante de exquisiteces dignas del paladar exigente de un chiquillo de ocho años.
Apresurándose, tironea a su hermana de la mano para que se eleve sobre él y oprima el timbre de la casa. Ella lo complace y el ruido en el interior suena como lo haría una cuchara metálica cayendo en el suelo de una habitación vacía. Su eco lo alcanza durante algunos segundos que a su mente infantil se le antojan horas. Lo asusta un poco pero no tanto como para que retroceda y abandone la misión en la que se encuentra empeñado.
Volviendo el rostro hacia Mari puede contemplar como ella solo le devuelve una sonrisa algo cansada, como diciéndole que se dé prisa, que ya es tiempo de regresar a casa. Verla observar de reojo el reloj en su muñeca no desmiente sino confirma lo que él supone: la chica está cansada, el día ha sido largo y solo más trabajo le espera en la mañana.
Entonces Yuuri quiere volver rápido, regresar por donde vinieron para no hacer enojar a Mari que dejando sus cosas de lado lo ha estado acompañando durante un buen rato. Y ya está dando media vuelta cuando la puerta se abre y un hombre vestido con ropa de entrecasa se presenta y le extiende las manos, llenas hasta desbordar de golosinas, tan llenas que los ojos marrones de Yuuri se agrandan y resplandecen detrás de sus lentes de marco azul, repletos de asombro y deleite.
El hombre le sonríe y comienza a llenar el recipiente plástico. Y Yuuri no sabe qué mirar primero, si el balde que desborda de dulces tesoros o al joven caballero de cabello gris y de ojos azules como el cielo diáfano de su ciudad natal. Pero sabe que debe apurarse, que no tiene permitido derrochar el tiempo concedido y comienza a alejarse, mirando por sobre su hombro al joven señor de los ojos azules y la mirada triste.
Y en eso está… cuando despierta.
Y ya no tiene ocho años, ni está en una idílica Hasetsu, ni camina de la mano de su hermana, a quien lleva más de veinte meses sin ver, por una callecita de su pueblo. Y una vez más debe recordar que en Hasetsu no se celebra Halloween, que ya tiene 21 años, y que por alguna extraña razón un su reiterado sueño, un patinador ruso que admira, que ha ganado en sus jóvenes años todo lo que es posible a nivel mundial, el famoso Víctor Nikiforov es el continuo e inevitable visitante.
Solo sabe que los días que tiene este sueño le irá bien, su rendimiento dejará satisfecho a su entrenador y sus aspiraciones de participar representando a su país en las competencias de patinaje estarán un poco más cerca de hacerse realidad. Está en Detroit y tal vez el cálido ambiente festivo sea lo que ha iniciado la aparición de este sueño recurrente.
Yuuri se prepara al final para un nuevo día.
Tal como esperaba, la jornada se desenvuelve sin contratiempos. Los ejercicios repetidos mejoran y su rutina se va puliendo hasta dejar a Celestino bastante satisfecho, si la sonrisa y el gesto cariñoso de revolver el cabello de Yuuri al pasar significan algo.
De pronto entra en el recinto su compañero de cuarto, el tailandés Phichit Chulanont agitando ante él un periódico. La primera plana resalta delante de los ojos de Yuuri: el patinador ruso Victor Nikiforov estará de paso por Detroit promocionando los próximos juegos de invierno y una línea exclusiva de ropa deportiva cuya campaña publicitaria encabeza tras los logros increíbles de su último año en las pistas de hielo.
La alegría y la sorpresa bailan en la mirada de Yuuri Katsuki que arrebata el diario de las manos de Phichit y trata de buscar más información de cómo y cuándo será la visita de Victor a su ciudad adoptiva.
Los datos están al comienzo y hablan de su llegada para el día 29 de octubre, prolongando su estadía hasta el 1º de noviembre pasando así la popular celebración allí en los EEUU donde el hombre quiere sentir de primera mano el sabor de un festejo tradicional por el que parece haber cobrado interés en el último tiempo.
Para cuando Victor llega a Detroit Yuuri no puede ir a verlo. Un resfrío muy poco oportuno lo mantiene en su cama rodeado de pañuelos de papel y de abrigos superpuestos que Phichit amontona a su alrededor como una abuela cariñosa.
Así pasan los días y para el 31 Yuuri ya se siente mejor y junto a su amigo deciden dar una vuelta por los alrededores de la universidad, olvidada ya la visita de Victor y lamentando habérsela perdido.
Un movimiento de gente delante de ellos les llama la atención mientras van por una concurrida calle, esquivando a los pequeños que en bandadas pasan haciendo su consabida petición a todos los transeúntes. Un grupo inmóvil rodea alborozado a un hombre joven que posa para las fotos de los paparazzi con una soltura y una presencia de ánimo que calienta el corazón de Yuuri cuando reconoce de quien se trata. Su alma da un vuelco y se siente de pronto dentro del sueño, quiere pellizcarse y su acción asusta a Phichit que lo detiene y lo observa temeroso.
Es entonces cuando el grupo de curiosos se separa y del centro emerge Victor, el Victor Nikiforov que Yuuri creyó que no llegaría a conocer y contempla estupefacto como se dirige hacia él. El chico no sabe cómo reaccionar, su máxima aspiración, su ejemplo a seguir y su meta está allí frente a él y las palabras faltan.
Pero menos que menos está preparado para lo que Victor va a decir mientras derrama sobre él caramelos dulces:
-Así que realmente existes y no solo en mis sueños. Creí que nunca te conocería, que eras parte de una ensoñación, algo irreal creado por mi mente. Pero aquí estás, más grande que con tus ocho años pero igual de todos modos, parado ante mí. Solo te pido que esta vez no te vayas y me dejes presentarme. Soy Victor Nikiforov y estoy encantado de conocerte dulce chico de mis sueños, mi dulce truco.
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