- Estaba diciendo que quiero aprender todo sobre todo. Quiero devorarlo todo, descubrirlo por mí misma. - Yo también quiero que lo hagas. ¿Cómo puedo ayudar? - Ya lo has hecho. Me ayudaste a descubrir mí habilidad de querer.
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@wendyharta
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Los septiembres. No empieza nada pero se huele el fin del verano. Todos los años con la misma sensación rara de nostalgia, al no tener el olor de libro nuevo y el lápiz afilado en el estuche. Me siento como esa serpiente que va dejando atrás la vieja piel, mientras repta entre la maleza escuchando agua correr, sin saber si le esperan riachuelos, charcos o acantilados. Sólo con la duda, el miedo, la incertidumbre, la prudencia. Me siento tan diferente que a veces me cuesta verme dentro de ese espejo que me devuelve los ojos oscuros e inconformes de mi pasado. A menudo me echo de menos, quisiera cuidarme más de lo que lo hago y ser menos estricta con la moral y el decoro. Las personas con las que me voy cruzando me tocan; caricias o golpes, marcan, aunque no tienen la misma permanencia. Soy más atrevida aunque muy cobarde para encarar a algunos fantasmas. Me propongo con frecuencia retarme. No aguanto la monotonía, es veneno para mi cerebro, que, camina ávido, aunque yo esté inmóvil. Y, cuando me atoro, necesito el bolígrafo y el papel, como el ahogado que necesita el aire. Yo era fuego, la vida a veces me enfría pero, sin remedio, siempre busco el calor que me devuelva a mi misma.
Y otro día más de maldito desamor venenoso, hastío, decepción hacia la gente, desanimo y encima comiendo sin parar porque, mis malditas hormonas parecen decirme: “ya que nadie te quiere ni tampoco follas, come y ponte gorda”. Pues, ¿sabes qué os digo, viles estrógenos? Que me he zampado un helado, siento mucha culpa y furia (a la vez que infinitas ganas de llorar, con un terrible puchero diciendo entre hipidos “te odio”), no quiero hablar con nadie y me veo fea y peluda. Pero…creo en el karma. La energía universal me compensará tarde o temprano. Aunque se está cebando bien…
Cuando era niña, era la típica empollona de manual: voz aguda, pegada siempre a un libro, boletines de notas con progresa destacando y los mejores comentarios de los profesores. Siempre me he identificado con Matilda, aquella niña rara, cuyos mejores amigos eran los personajes de las historias que leía. Desde pequeña crecí escuchando que era muy trabajadora y responsable; los niños necesitan palabras que les definan, etiquetas que les den luz a su oscuridad interior. ¿Cómo soy?, ¿quién soy?, ¿soy importante?, ¿pertenezco?, ¿hay algo malo en mí? Me fui construyendo en los ojos de los demás. Aún hoy tengo secuelas: a menudo me siento alerta cuando veo un gesto extraño en los ojos de alguien. Es como si se encendiera una hoguera en mi cuerpo, quemándome la incertidumbre: "no soy lo que espera, he fallado". Mi cabeza de adulta empieza a susurrarme para que respire, pero aunque no me ahogue, el corazón sigue a mil por hora. Hoy me he dado cuenta de que uno de mis grandes miedos sin fundamento eran las matemáticas. Era el gigante, ese que me miraba sin compasión y me hacia temblar. Me frustraba, rehuía, me hacia temblar la idea de salir a la pizarra y equivocarme. Claro, si ya no era perfecta, ¿quién sería? Paradojas de la vida: después de estudiar una carrera de letras, ahora doy clases de matemáticas y, sólo con la propuesta, sentí ardor de estómago. Pero, curiosamente, es una sensación agridulce. Cada vez que resuelvo un problema, siento que he ganado una batalla, conquistando la tierra prometida. O quizá, es una reconquista. Porque más allá de mi miedo, siempre pude vencer.
Quizá el día no sea muy diferente a ayer, pero la homeostasis se va imponiendo. Llevo días y me aventuraría a decir que semanas esperando a que escribiera y diese señales de vida, mirando el teléfono con ansiedad, anhelando que el mensaje fuese suyo. De locos, lo sé, pero he decidido aceptar y respetar mis sentimientos, creo que me irá mejor así. Siempre he pensado que había algo malo en mí, no sabría ponerle palabras, los hechos hablaban por sí solos. Llegaba la gente a mi vida y mi modus operandi se ponía en marcha: yo lo daba todo, sin reservas. Hasta que un incierto día, las personas que yo amaba, se iban, para no volver, sin ni siquiera darme un porqué. De nuevo, la soledad más honda inimaginable: la desazón de la incomprensión. ¿Qué hacía tan mal?, ¿qué era eso tan terrible que asustaba a los demás y de lo que yo ni siquiera era consciente? Lleva pasándome mucho tiempo, como si fuese aficionada a las montañas rusas. Y aquí sigo, una vez más, sin razones y sin que me sobren los motivos. Pero hoy, como una pequeña lucecita, lo he visto. Lo he mirado y contemplado, mientras me sujetaba el corazón. El fallo no es ser quien soy porque, aunque imperfecta, me mueve algo de dentro. El fallo no es confiar, forma parte de la naturaleza humana. El fallo no son las expectativas, así funciona la mente. Y es que, no hay fallo. Porque en eso consiste vivir: en intentarlo.

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Ahí voy, como si una parte de mi se hubiese detenido igual que un reloj roto. Es la desgana del calor. Sólo quiero dormir, pero no dejo de soñar. Aún sigo esperando, supongo que un indicio para poner en duda las verdades que pesan y darme cuenta de que eran mis fantasmas los que poblaban la realidad. Pero, no pasa nada. Sigo despertándome, trabajando, escuchando a otros y viendo a la noche llegar con un escalofrío. Y, pasé lo que pase, caballeros y príncipes, ladrones o embusteros, la erosión carcome, curte, escuece, espabila. Y lo peor: sigo necesitando respuestas.
Lo bueno de crecer es que las personas no te sorprenden como antes lo hacían. Vamos acumulando decepciones, como el obsesivo que acumula periódicos antiguos. Llevo años en guerra con la inocencia, tratando de protegerme de buitres y otras alimañas pero, creo que las especies evolucionan haciéndose inmunes a las estrategias clásicas. Porque ir de frente, no está de moda. Decir lo que una piensa, expresar lo que quiere, respetarse a uno mismo, pisoteando prejuicios, no es tan común como pensaba. Nos desconocemos. Nos contradecimos. Publicamos frases profundas, en inglés y sin foto, para que impacten más. Proclamamos que nos hemos hecho fuertes en soledad. Decimos a bocajarro que no tememos a nada. Incluso, osamos confesar que lo único que nos interesa es el placer, el deleite y vivir el carpe diem en carne viva. Y así, nos engañamos, porque no somos Hombres ni Mujeres, así, es mayúsculas, con orgullo y honestidad, sólo somos un puñado de espejismos. Mentiras con patas cortas. Dejamos que alguien nos abra su caja de Pandora y, acto seguido, escapamos por la puerta de atrás. Y seguimos bebiendo, teorizando, adoctrinando y mirándonos las sonrisas que conquistan con la falsa seguridad del inconsciente. Estoy llena de rabia y hastío. Deseo con todas mis vísceras que el karma pasé la cuenta algún día.
Miras al mar, bebes cerveza y es de noche: perfecto contexto para que salgan todos tus fantasmas de la jaula. Sólo con la noche, no necesito más. Y es que últimamente (me cuesta tanto, tanto, tanto…) debato sobre lo efímero, lo fugaz, lo esporádico, lo breve, lo inesperado. Juego con todas las palabras sin entender muy bien cómo he llegado al siglo XXI tan anacrónica. Porque ahora valoramos más la piel que las neuronas, la fachada que la buhardilla, la eficiencia a la paciencia. En relaciones humanas, es mucho más fácil llevarte a alguien a la cama que llegar con alguien a alguna parte íntima; saltarían los radares. Todos los miedos se encierran bajo llave, bien guardados para que no molesten. Pero, tristemente, el miedo a la soledad, ese que todos llevamos dentro, ese terror a no encontrar a alguien que nos conozca visceralmente, con el que compartir nuestro universo interno y, también, por qué no, soñar que permanecerá en nuestras vidas por tiempo indefinido, ese miedo no se deja controlar. Y nos hace enamorarnos de golpe y porrazo, a menudo de quien menos nos conviene, confiar rápido, ilusionarnos, auto engañarnos y volver al círculo vicioso cuando la realidad se ríe en tu cara. Así que vuelves a la playa, más despeinada y herida, Paulaner en mano. Sigue siendo de noche.
Buena. Dulce. Cariñosa. Educada. Discreta. Diplomática. Serena. Equilibrada. Sumisa. Empática. Cuidadora. Servicial. Amable. Inocente. Madura. Estable. Trabajadora. Soñadora. Constante. Atenta. Paciente. Femenina. Contenida. Lógica. Sensible. Buena. Wendy está harta de esconderse detrás de palabras vacías, etiquetas que no hablan de ella. Es fácil creer que un adjetivo puede decir quién eres. Sin embargo, es tan iluso como pretender que el mundo te conozca a través de tus publicaciones en Facebook. Después de muchos y largos días haciendo malabares para que ninguna de las palabras, tan grabadas a fuego como su propio nombre, cayese al suelo llamando la atención, Wendy se ha hartado. Ya vale de tantas mentiras y disfraces, es la hora de crecer y eso significa, estamparse con la verdad más cruda. Y la primera es: Definirse con palabras todo o nada significa atarte a etiquetas inamovibles. Encontrar tus palabras lleva tiempo, es difícil y a veces imposible. ¿Qué como soy? No lo vas a saber por un puñado de palabras. Conocer a alguien es un trabajo más arduo. Y lo más jodido, es toda una utopía cuando no te conoces bien a ti mismo.