Frente al espejo del baño, me encontré sangrando. No era una hemorragia cualquiera, era un río rojo, una fuente incontenible de vida que brotaba sin tregua. Mis piernas temblaban bajo el peso de la pérdida, y mientras la sangre caía al suelo, sentía que algo más se escapaba conmigo: las posibilidades finitas, el don de dar vida, desperdiciado en un ciclo que no tenía más propósito que la vida sin vida.
Fue entonces que me sentí dividida. No solo era la carne la que sangraba, sino también la idea de que algo dentro de mí se marchaba sin regreso. Lo cual me dejaba en el corazón una marca de profunda tristeza. ¿Qué era esa desdicha que me hinchaba el pecho?
Afuera, una anciana reía. Me observaba sufrir haciendo de su burla un eco constante que se filtraba por la puerta entreabierta. “Ahora sí pagarás”, decía, llamando a su prole como si ese momento fuera un espectáculo para ella. No era el dolor lo que le interesaba, sino la oportunidad de señalar mi debilidad.
Cerré la puerta para ignorarla, pero no a tiempo para evitar verlas: tres mujeres desfilaban frente a la entrada del baño, mirándome con ojos que conocía demasiado bien. Eran versiones de mí misma, cada una cargando un rostro que no quería enfrentar. La que dudaba. La que se resignaba. La que lloraba. Y todas ellas no dejaban de sangrar.
Tal vez pasó solo un instante, o tal vez fueron días o años. El tiempo no se mide nunca al encontrarse con una misma sin saber qué hacer con lo que se siente, y con lo que ellas también sienten. Es como un torbellino de caos que culmina en tormento, un gran tormento al débil y triste corazón.
Cuando logré salir de la casa, descubrí que el mundo afuera no se detuvo. Mi familia esperaba, apretada en un auto que parecía demasiado pequeño para tantos cuerpos y tantas historias. Un viaje se iniciaba como si nada hubiera pasado, pero dentro de mí, el peso del espejo y la sangre seguía creciendo. Mis pensamientos, absortos en un mundo que a pesar de estar afuera, solo adentro mío existía.
Llegamos a un claro en el bosque. Allí, el aire olía a brasas listas para encenderse, y el sonido del agua rompía la tensión de mis ideas. Una pileta cristalina emergía en medio de la tierra. Al acercarme, vi en el fondo luces que brillaban como pequeños tesoros, promesas que me llamaban desde un mundo más tranquilo.
Llevaba conmigo mi pluma, esa que siempre había sido mi herramienta para entender lo que no podía decir en voz alta. La tomé entre mis dedos, sintiendo su peso, más grande ahora que nunca. Era mi voz, mi refugio, mi trinchera. Pero también era una barrera que me mantenía contenida, atrapada en mis propias palabras. La miré por un momento, y luego la lancé al agua. Fue un acto instintivo, un sacrificio necesario. Si quería tocar esos tesoros, si quería entrar en ese reflejo, debía renunciar a algo que me definía.
El agua me recibió con un frío que apagó el fuego de mis huesos. Por un instante, todo el dolor desapareció. Me sumergí más y más hasta que las vi: las mismas mujeres del espejo. Pero ahora no estaban afuera, estaban conmigo.
—¿Por qué vienes aquí? —preguntó una de ellas, la que lloraba.
La que dudaba habló entonces:
—¿Alivio para qué? El dolor te ha dado palabras, las palabras te han sostenido. Si lo dejas ir, ¿qué quedará?
Me quedé en silencio. La respuesta parecía obvia, pero en el fondo sabía que no era tan simple.
—No lo sé —confesé—. Tal vez solo quedaría yo.
La que se resignaba extendió una mano hacia mí.
—Y eso, ¿no es suficiente? ¿No es eso lo que buscas? Verte a ti misma, completa, sin necesitar que nada más te sostenga.
Nos miramos, y entendí que no eran mis enemigas. Cada una sostenía un fragmento de mí, una lección que debía aprender. Con sus manos unidas a las mías, recogimos las luces del fondo. No eran monedas, ni objetos tangibles. Eran recuerdos, deseos olvidados, fragmentos de esperanza que creí haber perdido.
Cuando emergí de la pileta, sentí que llevaba algo más que esos tesoros. Llevaba la certeza de que, aunque la sangre fluya, aunque las burlas intenten romperme, mi fuente nunca se secará.
Salí del agua con los tesoros marcados en mi piel. Con un brillo renovado, con pecas sobre el cuerpo como las constelaciones del universo. El frío del mundo real regresó al instante, afilado y cruel como siempre, pero esta vez algo había cambiado. Ahora sabía que cada pérdida, cada sacrificio, era una semilla esperando crecer.
Regresé al grupo con la piel fría y los ojos abiertos. La anciana me miró, esperando que respondiera a su risa con vergüenza, pero esta vez no tenía lugar para ella. En mi interior, la fuente seguía fluyendo, más fuerte que nunca.
Colección: La sonrisa de María