¿Qué pasa con las palabras que decimos? ¿A dónde va aquello que no pudimos decir? Desde que nacemos que nos aprendemos a comunicar a través del llanto, las risas, los abrazos y las palabras... Pero aún no logramos entender la inmensidad y el poder que tiene todo lo que decimos. ¿Y lo que pensamos qué? ¿Tiene poder? Pues claro que sí, nuestros pensamientos pueden controlarnos, o nosotros controlar nuestros pensamientos, ¿y las palabras se controlan? ¿Lo que decimos tiene tanto poder como para controlarnos? ¿Y por qué a veces no podemos controlar lo que decimos? No, no es un cuestionario que me acabo de inventar por que no se las respuestas y necesito que me las digan, ya me las sé de memoria después de todo lo que tuve que pasar, para aprender.
Lo que pensamos y lo que decimos, no son lo mismo. Nuestros pensamientos son sólo eso, son nuestros, nadie puede decirte cómo debes pensar, ese es nuestro espacio, a donde sólo nosotros tenemos el derecho de entrar y salir cuando nos de la gana, de hacer y deshacer cualquier pensamiento que no nos guste, o incluso pensar lo que quieras de alguien, pero ahí queda, en nuestra mente, lo que pensamos sólo puede lastimarnos a nosotros, o sanarnos, depende del control que tengas sobre ellos.
Lo que decimos nos pertenece a nosotros, ¿pero hasta qué punto las palabras son sólo nuestras? Cuando usamos las palabras para transmitir nuestros sentimientos a alguien más, cuando decimos que amamos, que extrañamos, o incluso cuando herimos o hablamos mal de alguien, ahí es cuando lo que decimos, ya no nos pertenece. Lo que decimos con palabras impacta en la persona que las escucha, y es ahí cuando se empieza a formar esa cadena infinita de cosas que se dicen, que no son más que pensamientos que habitaban en la mente de la persona que inicia esa conversación. Y es ahí cuando un pensamiento se convierte en un "hecho", que es transmitido de una persona a otra, ni más ni menos que un teléfono descompuesto.
Ahora volvamos al poder de las palabras, y mejor hablemos de cosas que no nos gustan hablar, por que sabemos que al menos una vez en la vida hemos herido a alguien que queríamos con nuestras palabras y supimos darnos cuenta que estuvimos mal, hay personas que no se dan cuenta nunca, o a veces si pero tampoco tienen pensado arrepentirse. Creen que lo que dijeron se esfuma en el aire como humo y listo a otra cosa.
Las palabras tienen un poder increíble. Cuando hablamos mal de alguien, no somos conscientes del daño que podemos generar, no saber controlar nuestros impulsos y decir lo que creemos sin detenernos a pensar en si está bien o no, en si nos corresponde o no hablar, terminamos convenciéndonos a nosotros mismos que no tenemos la culpa de lo que decimos y el impacto que genera en el otro, nos creemos que los demás son los culpables de ser como son. Pero no, lo que decimos habla más de nosotros mismos que de los demás. Cuando buscamos herir a alguien con palabras, no somos más que pobres esclavos de nuestros pensamientos horribles de los que no nos podemos deshacer, ya sea por falta de empatía o simplemente por que no tenemos la capacidad de entender la amplitud de las palabras y lo que ello puede generar. Por eso mismo es que siempre, antes de hablar, hay que pensar. ¿Soy realmente tan impulsiva como para no pensar lo que digo? ¿Soy jueza de la vida del otro para decir lo que quiera sin importar la herida que puedo causar? ¿Estoy dispuesta a escupir por la boca todo lo que pienso del otro y asumir las consecuencias? Si tu respuesta a estas preguntas, es no, entonces algo aprendimos. Lo que decimos puede cambiar al otro, lo que pensamos sólo nos cambia a nosotros mismos.