Cuentos de Atemahawke
FIGO
Figo desde niĂąo habĂa sido bien parecido, adaptado, y mas o menos simpĂĄtico. Figo no necesitaba mas de la vida que lo que estĂĄ le daba, y para demostrarlo, aunque casi sin planearlo, se casĂł acabando la carrera de caballero, con la chica bonita del pueblo llamada Ingrid Von Leberkase, y nada pudo haber alegrado mĂĄs a los cuatro futuros abuelos. La boda estuvo bien planeada, con efiges de papel machĂŠ, peinados de concha, y banqueterĂa de nivel estatal. DespuĂŠs de la celebraciĂłn, y con los cocteles ayudando a silenciar el futuro, Figo y su mujer iban realmente dormidos mientras el caballo los introducia mĂĄs y mĂĄs en lo profundo del bosque.
De pronto lo despertĂł una intensa exclamaciĂłn de su mujer:
ÂĄFigo, mira!
Ofuscado por el alcohol, le tomĂł algo de tiempo explicarse lo que veĂa. A escasos veinte metros del camino habĂa un ĂĄrbol enorme con ventanas, y una puerta. Su esposa bajo del caballo, y corriĂł hacia la casa. Se acercĂł con cuidado de no parecer mal intencionada, y al asomarse vio el interior de una pequeĂąa casa acogedora, donde unas criaturas peludas y adorables, con cuerpo de humano, axilas de perro y narices de codo de labrador reĂan y comĂan hojaldres baĂąados de miel, piĂąones, y pasas, mientras contaban historias alrededor de una chimenea-fogata. El frĂo arreciaba, y Figo no le pudo decir que no cuando su esposa le pidiĂł que tocara la puerta. Las criaturas, cubiertas de un pelambre suave, y con cara como de pandas, los invitaron amablemente a sentarse y a beber un vino dulce con especias. DespuĂŠs de presentarse y platicar, los anfitriones sacaron una vela grasienta de una caja de palofierro, y le preguntaron a la pareja: âÂżhan jugado destinitos?â. âSiâ, mintiĂł Figo, mientras su esposa miraba fijamente la fina construcciĂłn de la caja.
âBien!â, rieron, âÂżEntonces no te importarĂĄ que tu mujer apague la vela?â.
Figo, prefiriĂł lucirse que preguntar, tomĂł por la muĂąeca a su mujer, y le pidiĂł soplara a la vela. Su mujer obedeciĂł y desapareciĂł dejando caer la caja. De la caja saliĂł una torre de ajedrez, un torito de botella de vino, y un frasco vacĂo de gotas para los ojos, mientras Figo recuperaba la sobriedad, las criaturas tomaron actitud de changos, y se reĂan frenĂŠticamente mientras brincaban de mueble en mueble, gritĂĄndole a Figo que habĂa sido una buena. âÂżUna buena que?â, preguntĂł el caballero, ya completamente ensombrecido. El mĂĄs chico de los tres, sin dejar de reĂr, tomĂł a Figo de una patilla con una fuerza sobrenatural, y lo arrastrĂł hacia afuera de la casa.
Afuera, Figo vio que su corcel habĂa desaparecido, y no era de noche mas. El dĂa era tan caluroso que le secĂł la boca de inmediato. Uno de los peludos y extraĂąos hombrecillos le dijo: âFigo realmente nosotros no te hicimos esto, ni te vamos a decir que lo hiciste tu mismoâ, mientras tranquilo y sonriente le preparĂł su equipaje, explicĂĄndole: âTarde o temprano tu vida cambiarĂa y que mejor que de una forma tan romĂĄnticaâ. Estallando en risas exclamaron: âÂĄeso! ÂĄeso! ÂĄesto!âŚ..Es filosofĂaâ.
Entonces muy emocionados le explicaron las reglas: âTu mujer estĂĄ en una torre, que estĂĄ en el lomo de un toro⌠O en un toro que vive en una torreâŚ.. O en un toro de torresâŚ.. O en una torre de torosâŚ. TendrĂĄs que descubrirlo. Como todo buen juego tienes limite de tiempo, ya que el toro saliĂł del ocĂŠano y muy pronto regresarĂĄ inevitablemente ahogĂĄndola. Nosotros te regalaremos este flamante unicornio, tu deber serĂĄ buscarlaâ Figo montĂł su lĂĄnguido unicornio y le clavĂł lastimosas las espuelas, entre las costillas, forzĂĄndolo a correr en buscar de su mujer.
ContinuaraâŚ
HANSEL Y GRETEL
âPreferiria que nunca hubieras nacidoâ.
AsĂ felicitĂł su madrastra a Gretel cuando cumpliĂł 5 aĂąos. La madrastra, claro estĂĄ, no era perfecta, pero cualquier conocido que la hubiera oido le habrĂa dado por lo menos una parte de razĂłn. A Gretel la consideraron una niĂąa mala. Siempre mala. Desde que naciĂł era muy notoria su maldad. Mientras las niĂąas de su edad jugaban con muĂąecas o a ser madres, Gretel hacĂa arder los establos de la gente que mĂĄs necesitaba a sus animales. Ella tenĂa algo a su favor y eso era que nunca, nunca la descubrĂan. Debido a su hermosa sonrisa y sus penetrantes ojos rosas nadie podĂa castigarla. Culparla siempre pero jamas castigarla.
DespuĂŠs vino su hermano menor, Hansel.
Hansel siempre fue dĂŠbil de cuerpo, mente y espĂritu. Era un chico inocente y manipulable. Siempre hacia lo que su hermana le ordenaba. AsĂ vivieron estos dos hermanos hasta que su madrastra convenciĂł a el padre de estos chicos a abandonarlos en el bosque porque ya no habĂa comida suficiente para todos.
Los dejaron en lo mĂĄs profundo del bosque, diciĂŠndoles que durmieran mientras ellos recogĂan leĂąa. Los dejaron como se deja a un animal sin gracia. DespuĂŠs de algunos dĂas de caminar tratando de encontrar su hogar, encontraron la acogedora casa de una panadera: La viuda de Barbosa.
La tierna seĂąora era casi ciega y les ofreciĂł adoptarlos. Ya tenĂa a un niĂąo llamado Emilio, y donde comen dos comen cuatro, Âżno?. A Emilianito le encantaba la idea de tener con quien compartir su actividad favorita, la invenciĂłn e investigaciĂłn cientĂfica. Hansel y Gretel, agradecidos comieron hasta saciarse y celebraron a su llegada con cantos alrededor de la chimenea.
ParecĂa que habĂa llegado felicidad al hogar de los Barbosa.
Desafortunadamente, en la noche Gretel se dejĂł llevar por su ira bien conocida. Se robĂł las joyas de la casa y la hizo arder (como en los viejos tiempos, se decĂa, nerviosa). Hansel no terminaba de gritar cuando Gretel lo tomĂł del cinturĂłn para huir. Vagaron durante dos semanas y al llegar al primer pueblo que encontraron, inventaron una historia ridĂcula de una mujer que los tratĂł de hacer pan dulce. El pueblo conmovido organizĂł una excursiĂłn para encontrar a la familia de la valiente niĂąa. El coraje que sintiĂł el padre y su mujer al verla se ablandĂł con las joyas, y los hermanos vivieron felizmente durante unos aĂąos, hasta que un incidente mal documentado dejĂł al papĂĄ en un hospital psiquiĂĄtrico, y a la madrastra en el bosque, muda.
CHICLOSO
Nublada era una ciudad que habĂa perdido la cuenta de sus habitantes. Era un mar de calles y callejones, cada uno con su olor y forma. Chicloso era un perro dueĂąo de una cantina en el callejĂłn mĂĄs sombrĂo de la ciudad. Como el prestigiado empresario que era, tenĂa que vestirse acorde a su altura, y nunca fue visto sin botas vaqueras, tanga (que cambiaba de estampado cada dĂa), joyas ostentosas, y su bien cuidada mohicana. A pesar de estos hĂĄbitos, Chicloso âChicloâ para sus amigos era un buen perro.empresario, de esos que con solo sonreĂr, su lengua de fuera te hubiera sacado una sonrisa. Su carrera como bailarĂn era prometedora. Desde sus inicios en los clubes de danzĂłn mĂĄs sabrosos de la ciudad, los eruditos del baile le decĂan que no podĂan enseĂąarle nada nuevo. Era impresionante su forma de moverse. La gente se quedaba inmĂłvil frente a sus habilidades, especialmente cuando bajaba las escaleras haciendo pequeĂąos giros, y desaparecĂa para aparecer arriba, y hacerlo todo otra vez.
Chicloso siempre se considerĂł un canino multifacĂŠtico y esque podia estar furioso un instante, y al siguiente estar bailando sus cumbias favoritas. Claramente era, en su opiniĂłn y la de sus amigos y clientes, un artista. Su cantina nunca estaba vacĂa. Una de las particulares razones para esto eran sus raroz experimentos con ingredientes peligrosos y dificiles de conseguir. Cualquiera con la suerte de arreglarlo de buenas podĂa pedirle un paseo por la âcocinaâ, un laboratorio de punta para el desarrollo del arte de embriagar. La especialidad de Chiclo, fuera de la pista de baile, era el âMaximeâ, la fuerte combinaciĂłn de mezcal con axiote y melaza que hizo famosa a su cantina.
Chiclo, siempre perfeccionista, se preocupaba por que todo en la cantina saliera bien, y se enorgullecĂa de tener al personal mĂĄs eficiente de toda Ciudad Nublada. Y eficiente era la palabra correcta, porque una sola mesera, un cantante, y Chiclo, tenĂan que tomar Ăłrdenes, embriagar y entretener a la clientela, cobrar, limpiar el piso, mobiliario y platerĂa de una cantina de buen tamaĂąo. Precisamente por esta escasez de manos le doliĂł bastante que su mesera se fuera sin decir adiĂłs. Siempre habĂa sido explosiva. Lo que lo confundiĂł e indignĂł, fue la nota en papel bien doblado y tinta rosa que encontrĂł en el escritorio de la oficina ese dĂa:
âEn un patrimonio de arrabal me condeno al hueco silecio si, de estatua perfecta silencio si, aburre el calendario, muerde, come televisiones familiares. Afuera el ruido caliente, un trĂĄfico de dos pisos, los alacranes hechos hombre en la cara de mi ciudad. ÂżDejĂŠ morusas en el camino? ÂżCĂłmo regreso? ÂżCĂłmo apago esta noche si el oxĂgeno deliberado defiende mi alerta? Con las uĂąas encogidas dejo nata en lo ido, me clausuro la libertad por si el vuelo equivocado por si brota tu nombre en mis ojos y funda un reino en mi carĂĄcter. ÂżPara quĂŠ tanta lentejuela en este mar de espejos? Apuesto a perderte, es la Ăşnica forma de ganar⌠Gretelâ.
MORGAN
Morgan era el producto de una noche de copas entre un pulpo y un marinero de las costas frĂas o al menos esto era lo que las pantallas le habĂan dicho. VivĂa en las inundadas partes de un barco encallado en el hielo del polo norte y la informaciĂłn que tenĂa de su pasado se limitaba a los televisores que le mostraban imĂĄgenes abstractas y sonidos mĂsticos que para ella eran el pan de cada dĂa. Todas las pantallas estaban colocadas alrededor del inundado barco. Le decĂan a esta criatura informaciĂłn sobre el mundo exterior.
Un dĂa de marzo un niĂąo llamado Vega entro al barco seducido por los cantos de la joven pulpo. Al verla moverse quedo encantado, entre sus cantos y la luz de las televisiones, se metiĂł con ella al agua helada y la abrazo. El pequeĂąo sobreviviĂł comiendo la lama que se hacĂa en todas partes. AsĂ vivieron casi un aĂąo. Pasaban dĂas enteros con el cielo nublado, viendo desde la ventana rota del camarote del capitĂĄn, como las ballenas salĂan a la superficie. Su vida se limitaba a cosas sencillas pero hermosas. Un dĂa mientras desayunaban lama, preparĂĄndose para ver las auroras boreales, Morgan advirtiĂł a su amiguito de una extraĂąa carta que habĂa recibido dentro de una perla, la cual narraba maravillas sobre el ocĂŠano que ellos dos no conocĂan. Muy triste Vega le dijo que querĂa ir pero ĂŠl era humano y no podĂa respirar bajo el agua.
La mujer pulpo, desesperada por la incertidumbre de no poder llevar a su mejor amigo, tomo una decisiĂłn. Mientras Vega dormĂa en su camarote. Lo anestesiĂł con extracto de molusco rojo, le quitĂł un pulmĂłn; lo cambio por uno suyo, (el cual podĂa respirar agua). El niĂąo instantĂĄneamente cambio de color y rayas verdes azules aparecieron en todo su cuerpo. Antes que despertara, aunque un poco debilitada, Morgan lo lanzĂł al agua y cuando Vega despertĂł ya estaban nadando entre tranquilas algas gigantes que se movĂan lentamente mientras los dos perdieron el miedo a dejar su antiguo hogar. QuizĂĄs era momento para que Morgan dejara de resolver los problemas de otros y solamente se dedicara a flotar entre el inmenso y desconocido ocĂŠano.
VAQUERO GALĂCTICO
Albino era un pueblo chico. AhĂ habĂa un tipo honesto que se dedicaba a arriar vacas. Le gustaba su trabajo, era bueno para su trabajo, y su trabajo le daba para cuidar a su familia. A las vacas no les pudo haber tocado mejor arriero, porque este arriero se consideraba un artitsta del arriaje. A este arriero le llamaban no por su nombre, sino por su oficio, y una vez, cuando le preguntaron âÂżCĂłmo te llamas?â contestĂł âArrieroâ, y le gustĂł. Arriero desenvolvĂa su vida en Albino, cuidando a su familia, cuidando a sus amigos, y cuidando a sus familiares. El papĂĄ de Arriero habĂa sido arriero, y su mamĂĄ, por lĂłgica, esposa de arriero. Sus hijos, hijos de arriero se convertirĂan algun dĂa en arrieros y se casarĂan con esposas de arrieros. A cualquiera que no fuera de ahĂ le pareceria monĂłtono, pero a Arriero le gustaba verlo como su inmortalidad. AsĂ habia sido desde siglos atrĂĄs, asi era ahora, y asĂ seguirĂa siendo. En cada generaciĂłn el arriero habĂa perfeccionado la tĂŠcnica de arriar. En estos dias, Arriero habĂa llegado a un mĂŠtodo que a juzgar por ĂŠl, no tenĂa rival, y si lo tenĂa, A Arriero no le interesaba. Todos los dias Arriero alimentaba a sus vacas con la pastura mĂĄs fresca y cariĂąosamente cortada. DespuĂŠs de una ligera caminata para diferir el desayuno, arriero las llevĂł a cepillar, antes de hacerles pruebas de sangre para detectar la presencia de bilis y asegurar la presencia de endorfinas, es decir, les hacĂa pruebas de felicidad.
DespuĂŠs de la comida por lo general las invitaba a la sala, a escuchar la fonola, tocar mĂtria, o jugar juegos de mesa que habĂan estado siempre en el baĂşl. Arriero se despertaba al amanecer, a tiempo para estar rasurado casi todos los dias excepto cuando eran fechas especiales, y esta vez se trataba de su cumpleaĂąos. Al rasurarse a la luz del sol, Arriero pensaba acerca de su vida. Invariablemente le gustaba lo que encontraba al pensar. Todo tenĂa funciĂłn y sentido. Se le venĂan a la mente imĂĄgenes de sus dos hijos en la pianola, su esposa en el violĂn y su hija con una guitarra vaquera. Aunque solo lo imaginaba, estaba seguro de que el niĂąo que su esposa llevaba en el vientre lo acompaĂąaban cantos inaudibles pero existentes. Su teorĂa le provocĂł una sonrisa, que se corto con la navaja. Mientras cortaba un trozo de papel para parchar su error, entraron al cuarto en fila india entonando las maĂąanitas, la esposa del arriero pesadamente embarazada y sus tres hijos, seguidos por la madre de Arriero presentando un pastel de tres niveles un poco chueco, con tres velas delgadas y largas, y otras dos mas que le resultaron un poco extraĂąas. Arriero abrazĂł a su mujer y le dio un beso en la frente a su mamĂĄ antes de sentarse a soplar las velas. InhalĂł profundamente con sus pulmones de campo y soplĂł con fuerza para no tener que hacerlo dos veces.
Las tres velas largas se apagaron inmediatamente, pero las dos extraĂąas se negaban rotundamente a apagarse. Cuando ya le empezaba a faltar oxĂgeno, las dos velas se apagaron de repente, sin humo, sin brasa, sin nada. Cuando volteĂł a su alrededor, medio mareado pero orgulloso de su fuerza, se encontraba totalmente solo. Ni una seĂąal de la fiesta que habĂa sucedido ahĂ hacĂa segundos. Arriero confundido busco primero en el cuarto, luego en la casa, luego en el rancho, y luego de nuevo en la casa. Solo las vacas y su gato estaban ahĂ. Se sentĂł en un tronco caĂdo, y su desesperacion era silenciosa porque no habĂa a quiĂŠn decĂrsela. DespuĂŠs de una horas, habiĂŠndose olvidado de darle a las vacas de comer, llegĂł a la conclusiĂłn de que esto tenĂa que ver con las sucias velas (si realmente eran velas) que no se habĂan querido dejar apagar. ÂżDe dĂłnde habĂan salido estas velas? De seguro su mamĂĄ las habĂa obtenido de las tres criaturas peludas y risueĂąas con las que la habĂa visto hacia unos dias. ÂżQuiĂŠnes eran estas criaturas? ÂżQuĂŠ eran? De seguro si las encontraba a ellas encontrarĂa a su familia.
En la noche, despuĂŠs de haber alimentado a las vacas con pastura reseca y de mala forma, se acostĂł solo, con frĂo, y con su desesperaciĂłn. Al dĂa siguiente, sin haber dormido, y sin haberse rasurado, llevĂł a cabo su trabajo, distraido, esperando a su familia de regreso, entumido de miedo y desesperaciĂłn, AsĂ se acostĂł, y asĂ se levantĂł, sin dormir, a hacer lo mismo el dĂasiguiente. Pasaron tres, cuatro dias. Meses y aĂąos. SiguiĂł valiente, con lo poco que quedaba de su vida, esperando que todo volviera a la normalidad. A veces tenĂa la sensaciĂłn de que todo habĂa sido una pesadilla, que si se concentraba lo suficiente se podrĂa despertar y ver a su familia. Pero esto era, por supuesto, la respuesta normal de una mente atrofiada por la soledadâŚ
Como no se habĂa rasurado, no habĂa tenido necesidad de verse al espejo. Un dĂa de primavera, harto de huisapoles que le plagaban la barba, decidiĂł rasurarse. Cuando terminĂł no pudo quitar los ojos del espejo. Lo que vio lo asustĂł. Vio un hombre acabado y chamagoso. Este no era ĂŠl, y no podĂa permitirse ser el. Se desnudĂł, llevaba aĂąos sin lavar su ropa, y se metiĂł a la tina vacĂa y dejo de prohibirse llorar mientras abrĂa la llave del agua frĂa serena. CerrĂł los ojos y metiĂł la cabeza al agua helada. Al sacar la cabeza del agua y abrir los ojos, quedĂł paralizado al ver una mujer con tentĂĄculos en lugar de piernas, parada en su tina, vomitando tinta con cara de desesperaciĂłn. En un impulso de pĂĄnico Arriero brincĂł de la tina y cayĂł boca abajo en el piso del baĂąo. Cuando volteĂł su cara entintada, estaba otra vez, completamente solo. Esto habĂa sido realidad o una alucinaciĂłn muy convincente, porque la tina seguĂa llena de una tinta obscura.
Cuando superĂł el asco y metiĂł el brazo para quitar el tapĂłn de la tina, se dio cuenta que en la tina se revelaban instrucciones detalladas para construir un tipo de transporte. Las instrucciones, en espaĂąol, indicaban que se necesitaban por lo menos 7 personas para construir lo que fuera que describĂan. Como no habĂa nadie en el pueblo fantasma, y la gasolinera hacĂa mucho se le habĂa acabado la gasolina, decidiĂł enseĂąarle a las 6 vacas mĂĄs inteligentes a leer, a hacer operaciones matemĂĄicas bĂĄsicas, y a manejar herramientas con el hocico.
Entre los siete construyeron este ambicioso transporte. Le adaptaron turbinas de tambo a la casa que construyĂł cuando hacia mucho tiempo. Construyeron controles con instrumentos de granja, y reforzaron las ventanas como las instrucciones mandaban. Un dĂa, despuĂŠs de mucho tiempo empleado en este proyecto, las vacas ingeniero lo despidieron deseandolse suerte con su espaĂąol quebrado, mientras las plantas de una casa de rancho flotaban sobre el pueblo vacĂo. Desde adentro, tras una ventana reforzada, ĂŠl y su gato se despedĂan de ellas y se preparaban para una aventura que podĂa terminar en una explosiĂłn inmediata, o un viaje interplanetario. AsĂ, nerviosos, pero sin poder dar marcha atrĂĄs, ascendieron hasta salir de vista.
FLAMBI
Flambi es un proyecto caprichoso, concebido por una de las mas grandes mentes cientĂficas de Ciudad Nublada. Este hombre querĂa un ayudante, pero no querĂa uno comĂşn y corriente. DiseĂąarĂa algo que le recordara el oficio de su madre y algo que se moviera por medio de impulsos electrĂłnicos. El resultado fuĂŠ Flambi, un panque con extermidades robĂłticas diseĂąadas para moverse al ritmo de la mĂşsica y llevar y traer cosas de hasta diez kilogramos. A Flambi y su conciencia choco-chip le gustaba su existencia. Cuando le preguntaban que quĂŠ era, contestaba emocionado: ÂĄMandadero y bailarin!, Flambi era por naturaleza curioso pero no tenia ningun problema en seguir obedeciendo las ordenes de su amo graciosamente mientras llevaba y traĂa aparatos.
El desorden en la vida de este curioso panque surgiĂł cuando el doctor escribĂa cĂłmo le hacia falta un corazĂłn para su creaciĂłn mĂĄs importante. Flambi quedo extasiado con esta palabra âÂżPara quĂŠ funciona?, ÂżYo podria tener uno?, ÂżQuĂŠ serĂĄ tan importante de este Ăłrgano?â Todas estas dudas iban y venĂan en la mente-nuez de la curiosa criatura hecha de harina, metal y azĂşcar.
Un dĂa, al cargar un zapato, no pudo mĂĄs, y con una sonrisa nerviosa le pregunto a su amo: âÂżQuĂŠ es un corazĂłn?â El doctor, irritado, le dijo: âTu no tienes, no necesitas y nunca tendrĂĄs corazĂłn, y tienes prohibido preguntarlo de nuevoâ. Hasta Flambi tenĂa su dignidad, y le enojaba no haberse merecido una respuesta. Cuando el Doctor le pidiĂł el otro zapato, a Flambi le diĂł tanto coraje que se arranco su luneta azul. El Doctor tenĂa suerte de no haber diseĂąado un panquĂŠ mĂĄs poderoso.
No fuĂŠ sino hasta una semana despuĂŠs cuando llegĂł el doctor con cara de felicidad y un objeto especial: un corazĂłn en una funda de almohada. Flambi pretendĂa que todo seguĂa normal pero asombrado observaba cada uno de los movimientos del doctor, mientras trabajaba en su proyecto mĂĄs celado: La Dama. El Doctor, sintiĂŠndose observado le ordenĂł a Flambi que se fuera a limpiar el baĂąo. Mientras el esclavo de harina desconsolado cepillaba los azulejos detrĂĄs del lavabo, despuĂŠs de horas de impotencia, saliĂł un tentĂĄculo de la tina, y le tocĂł el hombro. Flambi no tuvo tiempo de asustarse antes de empezar a bailar al ritmo del canto de la mujer pulpo. El robot de reposterĂa bailĂł mientras la mujer pulpo se arrastraba hacia el laboratorio del Doctor. Cuando escuchĂł el silenciĂł horrible, seguido de un grito peor, Flambi corriĂł, tan rĂĄpido como sus resortes que funcionaban como piernas lo permitĂan. Lo que viĂł es difĂcil de describir. Una mujer pulpo apoyada en sus manos, con los tentĂĄculos en el aire, con el corazĂłn de la funda en la boca, y un tentĂĄculo sosteniendo cada ojo del doctor. El doctor, confundido y gritando, buscaba la mano de âLa Damaâ acostada, sin ser terminada, en la plancha frĂa del laboratorio. La escena quedarĂa para siempre sellada en el alma de crema del panquĂŠ. Nunca odiĂł realmente al Doctor. Paso sus corajes, pero lo querĂa, y nunca lo habrĂa daĂąado. El buen Doctor no merecĂa esto. Mientras la mujer pulpo se arrastraba a la tina, Flambi se acercaba al doctor a consolarlo, y ayudarlo. El inventor hijo de una panadera, recargado en la mesa, con la mano de la Dama en la suya, sacĂł una navaja de su bolsillo, y con las manos temblorosas se cortĂł la garganta. Flambi tratĂł de evitarlo, pero no tenĂa la fuerza, y solĂł pudo quitarle la navaja cuando ya no tenĂa caso.
Enojado, corriĂł al corazĂłn que habĂa dejado caer la mujer pulpo al salir, y lo hizo trizas. Cuando el robot viĂł lo que tenĂa en las manos, no pudo pensar en otra cosa mĂĄs que en huir. ArmĂĄndose de valor y cobardia, corriĂł con sus elĂŠctricas patitas hasta la calle, cruzĂł sin fijarse que casi lo atropellaban y exhausto llego a un callejĂłn donde penso que estarĂa a salvo. ÂżA salvo de quĂŠ? Llorando escandalostamente se enterrĂł el trocito de corazĂłn en lo mĂĄs profundo de su interior de panque e inexplicablemente comenzĂł a latir. Cuando recuperĂł el aliento estaba bailando al lado de un basurero pues escuchaba la mĂşsica que provenĂa de una puerta sucia y pateada. De esta saliĂł un perro en tanga, y dijo las palabras mĂĄs gloriosas que Flambi habĂa escuchado: âÂĄCaray! Tu si que tienes el corazĂłn de un bailarĂn⌠¥Estas contratado!â
EMILIANO
La infancia de Emliano Barbosa dio un giro terrible cuando un incendio le arrebato a su madre. Se habĂa quedado dormido en el sĂłtano estudiando sus tablas astronĂłmicas y cuando lo despertĂł el sopor del monĂłxido de carbono, su casa era una montaĂąa de cenizas, donde nunca encontraron los cuerpos ni de su mamĂĄ ni de los dos invitados que habĂa esa noche. Cuando cubierto de cenizas llegĂł a pedir ayuda al pueblo mĂĄs cercano, tuvo la impresiĂłn de que las personas de ahĂ, que no conocĂa, le guardaban rencor. Afortunadamente el pueblo tenĂa un telĂŠfono pĂşblico, de donde pudo llamar a su tĂa que lo adopto.
Su tĂa vivĂa en Ciudad Nublada, y era la dueĂąa de una funeraria prestigiosa, en una mansiĂłn antigua donde solo las personas mĂĄs reconocidas podĂan hacer sus servicios funerarios. En cuanto Emiliano recuperĂł las fuerzas, y como parte de la familia, comenzĂł a ayudar en el ĂĄrea de arreglo, la pareciĂł un trabajo fantĂĄstico. Para una persona con sus inclinaciones cientĂficas era un deleite poder trabajar con tantos cadĂĄveres, y descubrir de primera mano la formaciĂłn tan elegante de las venas que corrĂan por sus clientes, y por el resto del mundo.
AsĂ, mientras se ganaba una vida cĂłmoda, estudiaba medicina y muy pronto llego a ser el mejor embalzamador de Nublada, y tampoco era un mal doctor. MĂĄs de una vez evitĂł que enterraran a personas que no habĂan muerto, sino que sufrĂan de formas exĂłticas de catatonia. Al pasar de los aĂąos, habiendo perfeccionado su arte, decidiĂł adentrarse en su otra pasiĂłn: la de inventor. OcultĂĄndoselo a su vieja tĂa empezĂł a tomar partes que nadie extraĂąarĂa. Un brazo aquĂ, una cadera acĂĄ. Lo que estaba formando, aunque el sabĂa que no estaba bien, era demasiado importante para dejarlo: ÂżPodrĂa armar una persona completa? EchĂł una moneda al aire, para decidir si deberĂa hacerla hombre o mujer, y cuando cayĂł la moneda, quedĂł decidido. El Doctor Emiliano Barbosa dedicarĂa su tiempo y experiencia a crear a La Dama. Al Doctor lo descubrieron poco antes de poder terminar su creaciĂłn , y sin tener idea si funcionarĂa. Su tĂa, que lo querĂa, no llamo a la policĂa, pero si le prohibiĂł volver a acercarse a la funeraria, y esto obligo al doctor a trabajar clandestinamente y en condiciones menos que ideales, en un laboratorio armado de manera informal en una cochera rentada.
La mujer armada estaba dentro de una tina con hielos y medusas elĂŠctricas que mantenĂan el agua en condiciones exactas. No pudo contener su emociĂłn mientras se acercaba a insertar el corazĂłn, y tuvo que contener el aliento. TratĂł de librarse de cualquier distracciĂłn pues sabĂa que su propio corazĂłn no podĂa soportar emociones demasiado fuertes, y decidiĂł descansar un poco. El doctor se quedĂł dormido con el corazĂłn en la mano, y de pronto lo despertaron coros que nunca habĂa escuchado antes, sĂłlo vio dos tentĂĄculos que iban a su cara.
VEGA
El show de Vega comienza a las doce en punto, y usualmente un minuto antes de las diez, el lugar esta a reventar. Vega sabe que Chiclo, su patrĂłn no le tiene confianza, pero que lo necesita porque llena la cantina. En las mesas de primera fila siempre estĂĄn los gatos mas influyentes de ciudad nublada. A las 11:59 cae un silencio pesado en la cantina, y a la media noche se abren las viejas cortinas del escenario.
Damas y caballeros: ÂĄVega!.
El reflector se centra en un niĂąo de complexiĂłn delgada que se viste de gato.
El disfraz no es nuevo, para quien no lo ha visto antes, es asqueroso. El peluche grasoso le cubre solo hasta los codos y las rodillas, y se nota que la intenciĂłn nunca fue hacerlo parecer realmente felino.Â
A primera impresiĂłn, Vega inspira lastima. Cuando su acordeĂłn-baterĂa-silbato-harmĂłnica empieza a moverse, inspira nervios y confusiĂłn.Â
Segundos despuĂŠs el instrumento-invento empieza a rugir, la mĂşsica que emite, empieza por inspirar al pĂşblico y termina por hipnotizarlo. Quien no queda encandilado con la mĂşsica se pierde con los mezcales que sirve la coqueta Gretel que con sus dulces y rosas ojos domina a los gatitos y ligeramente les examina su cartera. Gretel saca un par de billetes, y regresa la cartera.
Cuando termina la funciĂłn, y unas horas despuĂŠs de cerrar, se sientan Gretel y Vega a contar las ganancias. Vega siempre voltea a su ventanita redonda y observa la torre inclinada de donde en ocasiones sale agua a borbotones. Siempre que voltea a la torre, esta realmente maquinando robarle a Chiclo su personalidad y encanto. Mientras, le hace creer a Gretel que la escucha. Gretel prende su cigarro largo y le dice a Vega cuanto quiere dejar de fumar y de hacer el mal. Le dice lo harta que esta de su trabajo. Esa noche llamo su atenciĂłn que la triste chica empezĂł a llorar en el lavabo diciendo que estaba cansada de hacer el mal.
-me siento tan vacĂa.
Vega trato de tocar una canciĂłn que la confortara, pero la tristeza de Gretel era demasiada, y los fantasmas que la acechaban eran muchos, de pronto Gretel cuestiono a Vega:Â
-ÂżQue es lo que siempre ves por la ventana? Vega molesto la ignoro, y se quedo mirando fijamente al piso 113.
Gretel se asomo y miro tambiĂŠn al edificio, como hipnotizada saliĂł del camerino. A Vega le intereso poco que Gretel no se abrigara al salir. Gretel corriĂł en el friĂł y sintiĂł con algo de cariĂąo (!) la escoria que amortiguaba sus pasos. Paso por el camino una camioneta de doble cabina, al detenerse le preguntaron:
-ÂżCuĂĄnto?.
 Gretel acostumbrada a esto, y lo ignoro.
Cuando llego al edificio que Vega no dejaba de observar, se sorprendiĂł ligeramente al no saber que hacia ahĂ. SubiĂł unos pisos por el ascensor medio inundado, y mientras la caja metĂĄlica la llevaba al piso 113 sintiĂł una paz muy peculiar, su corazĂłn comenzĂł a latir suavemente y la mĂşsica que salĂa de la vieja bocina en el elevador le hace el viaje ameno. SaliĂł del ascensor en el piso planeado, y entre el agua que corrĂa por sus pies se encontrĂł con la puerta de un departamento. Sus impulsos la llevaban hacia el interior, pero la puerta estaba cerrada con llave. RompiĂł una pequeĂąa ventana que habĂa en la puerta para abrirla por dentro y se cortĂł al estirar el brazo. Una vez adentro con el agua hasta las rodillas busco el baĂąo, no tuvo que prender la luz porque el baĂąo se iluminaba con la luz de una vela.
-Te tardaste- dijo Morgan.
-Lo sĂŠ- contestĂł Gretel mientras se hincaba junto a la tina, se bajo un tirante de la blusa. Morgan prendiĂł un cerillo y lo puso en el interior de un frasco de mayonesa bien limpio. Con el cerillo todavĂa prendido, y con cuidado de no quemarla, le acomodo la boca del frasco en el centro del pecho y lo moviĂł hacia la izquierda. El cerillo consumiĂł el oxigeno entre el frasco y Gretel, pero no se apagĂł, sino que continuo succionando. Del pecho de Gretel exploto una torrente de sangre, seguido por su corazĂłn sorprendente mente pequeĂąo . Morgan deposito una semilla de mostaza en el orificio que le quedo a Gretel en el pecho y cerro cuidadosamente el frasco . Gretel tomo entre sus brazos a Morgan, porque, aunque sensuales los tentĂĄculos no le servĂan para caminar.
Antes de salir del departamento, Morgan le pidiĂł a Gretel que la llevara a la recamara. Morgan abriĂł el frasco y vaciĂł el contenido dentro de la funda de una almohada.
A su salida el sol comenzĂł a salir.Â
-ÂżQuien vive ahĂ?, pregunto Gretel mientras caminaban al rĂo.Â
-No sĂŠâŚ-
Llegaron a un muelle donde se despidieron y Gretel la dejo caer en el agua tranquila. MoviĂŠndose con gracia , se alejo Morgan mientras que Gretel comenzĂł a llorar con una sonrisa de paz
Sus lagrimas hicieron germinar a la semilla que llevaba dentro y salieron de sus ojos y de todos los poros de su cuerpo curiosas raĂces que se enraizaron firmemente en el muelle.


















