𝐬𝐞𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧: 𝐩𝐞́𝐫𝐝𝐢𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐟𝐞
señor te he llamado por todos tus nombres
ninguno abrió la puerta
ahora guardo mis plegarias debajo de la lengua
me pesan
me pudren
me enseñan a callar

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Peter Solarz
he wasn't even looking at me and he found me
d e v o n
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ninguno abrió la puerta
ahora guardo mis plegarias debajo de la lengua
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𝐬𝐞𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧: 𝐩𝐞́𝐫𝐝𝐢𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐟𝐞
quise rezar pero dios ya no tenía rostro
en la pared quedó una sombra arrodillada
la llamé por mi nombre
no respondió
Me besa la boca,
me sabe a nada,
tengo dolores de cabeza interminables,
me dice que me ama,
me paralizo ante esa confesión; y le digo que es un error.
No puede amarme cuando aclaramos desde el principio,
desde el final,
que no podíamos confundir la sexualidad tan tosca y humana; con el amor.
Le miro horrorizada, me visto con rapidez, no le faltan las manos para intentar detener mis movimientos y me suplica más de doce veces que me quede.
Le miro con pena, con lastima, con amargura por no poder corresponder al sentimiento amoroso otra vez,
y le confieso, también; que estoy enamorada de otra.
Pero no de nosotras.
𝐎𝐣𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐥𝐨𝐫 𝐜𝐢𝐞𝐥𝐨
Admiro el arte en sus ojos color cielo cuando le muestro las pinturas que tantas otras personas ya miraron antes, pero esta vez lo hago distinto, le cuento las historias que me contaron a mí, sí, pero les sumo la parte que nadie dice, esa que tiene que ver con lo que me pasa cuando ella escucha, con su risa, con su manera de apretar los labios cuando algo la emociona y no quiere decirlo en voz alta. Le sostengo la mano con tanto miedo que me transpiran las palmas y me las limpio sin que se dé cuenta, dos veces, tal vez tres, porque el contacto me quema pero no quiero soltarla.
Se ríe de mis chistes, de esos que son más torpes que graciosos, pero le causan algo real y eso me arranca una carcajada que no pensaba tener, me río porque nadie nunca se había reído así conmigo, con tanta libertad, con tanta alegría genuina, como si nada la pesara. Nos perdemos juntas en el Palacio Ferreyra, entre los techos altos y los pisos que suenan, como si fuéramos dos niñas jugando a estar en un museo. La veo subir las escaleras agarrada de mi mano y por un momento, muy breve, muy suave, siento que camino hacia un altar invisible, uno que no se ve pero que construimos con pasos lentos, con el silencio entre obra y obra, con la forma en que me mira cuando cree que no la estoy mirando.
No me molestan las manos de mis fantasmas. No me tiran de la ropa, no me susurran nada. Están en paz, o tal vez, se fueron. Por primera vez no siento el alma arrastrada hacia atrás, no hay hilos tensos, no hay voces que me reten ni cuerpos que me detengan. Todo fue cortado y yo, por fin, puedo avanzar.
Mi chica de ojos color cielo, me indica los lugares donde quiere besarme y lo hace sin preguntar, me toma de la mano con fuerza y me atrae, le sonrió, me besa la punta de la nariz, mi mejilla, la comisura de mis labios y luego en el centro de mi ser. Por primera vez en mucho tiempo, no tengo miedo de mostrarme tal cual me siento, por primera vez en toda mi vida alguien escucha mis miedos, alguien me ve como persona y no como maldad, por primera vez en mi vida, alguien me quiere en verdad.
𝐍𝐨 𝐦𝐞 𝐚𝐜𝐮𝐞𝐫𝐝𝐨 𝐬𝐢 𝐟𝐮𝐢 𝐲𝐨
No me acuerdo si fui yo la que quiso o si me dejé hacer porque no sabía que podía decir que no. Tenía cuerpo, pero no identidad. Tenía voz, pero solo servía para reír cuando me lo pedían. Así que dije que sí. O no dije nada, que en ese momento era lo mismo. Me quedé quieta. Me dejé tocar. Me dejé mirar como si fuera algo ajeno. Me dejé.
Después intenté recordar si me había gustado. No por placer, sino para convencerme de que no había sido tan grave. Intenté recordar si fui yo la que se acercó, si dije algo, si mi ropa estaba mal puesta. Siempre buscándole el error a mi parte. Porque si el otro se equivoca, duele. Pero si fui yo, entonces puedo cargarlo. Puedo hacerme cargo. Puedo callarme.
Y lo hice. Durante años. Me convencí de que no pasó nada. De que fue un malentendido. De que yo lo provoqué. De que no fue para tanto.
Pero se me marcó en el cuerpo. En la forma en que reacciono cuando me tocan. En cómo no disfruto, en cómo no me entrego. En cómo me desconecto. En cómo me tenso cuando alguien me mira demasiado.
No me acuerdo si fui yo la que quiso. Pero lo sigo pagando como si lo hubiera querido.

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Lo sé. Sé que voy detrás de ella como una niña perdida en busca de su madre.
Ya no se trata de encontrar el amor que alguna vez creí que buscaba. No. Se trata de perseguir esa sensación que me provocaba cuando me gritaba y me hacía llorar. Cuando me obligaba a arrodillarme frente a ella y rezar. No, no a Dios: a ella. Suplicarle. Endulzarle los odios con mentiras de cosas que no hice. Aunque en el fondo… también creía que me merecía el castigo.
Voy detrás de su mano. De sus cachetadas. De los tirones de pelo, de los gritos, de los empujones contra la pared. De la sangre que me caía por las muñecas cada vez que me hacía llorar. Voy detrás de su posesión y de mi dolor.
Sé que sigo corriendo detrás de un fantasma. Uno que murió hace tiempo. Que ya no está en este plano. Y sin embargo, cada vez que levanto la mirada de mis libros, algo la trae de vuelta. Un gesto. Una palabra. Un tono de voz.
Voy detrás de sus pasos. De sus besos, de sus abrazos, de su dolor que se metía dentro del mío y se lo comía desde adentro.
Corro. Y con cada paso que doy, siento que me alejo un poco más. Sé que nunca voy a encontrar un amor tan enfermizo, tan cerca de la locura, tan físico en su mentira y su cuchillo. Pero igual voy.
Busco una mujer que se le parezca. Una que sepa dejarme tirada en el suelo. Que me humille hasta las mejillas. Que me seque las lágrimas a la fuerza. Porque no conozco otro tipo de amor que no sea ese.
No me reconozco en otros brazos que no sean los de la sumisión.
𝐅𝐢𝐧𝐚𝐥
No fue un adiós. Fue un grito. Uno que me abrió la garganta desde adentro, que sonó como un rezo al revés, como una promesa quebrada con los dientes.
Dijiste que el cielo te llamaba, que tu Padre ya te esperaba con los brazos abiertos, como si yo no hubiera abierto los míos cada noche para que durmieras dentro.
Tus pasos eran suaves, casi piadosos. Pero yo no soy la compasión. Soy el hambre.
Te miré una última vez y supe que no iba a dejarte ir.
No después de todo lo que me hiciste sentir, no después de volar entre tus piernas, de beber tus gemidos como vino viejo, de confesarme entre tus muslos cada madrugada. No. No así.
Corrí. La locura me empujó. La desesperación me guió.
Te alcancé como un animal herido que muerde antes de morir. Te abracé tan fuerte que casi te partí, y entre gritos y lágrimas y promesas que ya no servían, te tiré al suelo.
Tus alas, blancas como la mentira. Tus alas, suaves como la traición.
Las arranqué. Con mis manos. Con mis uñas llenas de amor podrido. Con la rabia acumulada de sabernos fin. Y vos gritaste. Dios no vino.
La sangre chorreó sobre mi pecho, salpicó mis labios, me llenó las costillas. Me sentí viva por última vez. Completa. Digna.
Me miraste como se mira a un monstruo, pero vos me hiciste así.
Me arrodillé entre tus restos. Bebí de vos. Guardé tus plumas entre los senos, y lloré como se llora a una parte de una misma que ya no vuelve.
No te maté. Te dejé sin cielo. Te dejé como me dejaste: con los ojos abiertos, la boca muda, y el alma colgando de un hilo.
Yo me quedé con todo. Tu luz. Tu divinidad. Tu final.
Ahora, incluso Dios me teme.
Compatibles en sueños, deseos que se entrelazan en un tarde y los besos provocan la unión de dos seres que parecían lejanos. Acoplados entre la rima y los textos, que se encuentran apilados en una esquina de la habitación. La luz entra en finos filamentos de calentura arraigada a la paz que tienen cuando se miran, se siente y se tocan.
La puerta cerrada con llave, el sonidos de los pájaros en la naturaleza de un bosque que los acuna, pero no los retiene. Parecen quererse como se quiere la gente y se besan como los amantes que alguna vez fueron, se tienen, se poseen y hoy solo son el polvo de un libro nunca jamás tocado.
Se miran como los enamorados de una época juvenil, ella mantiene la mirada serena, risueña mientras monta con dureza un objeto que jamás comprendió y las blanquecinas lluvias de sudor se esparce por el color de sus pieles. Quieren quererse pero no lo logran, no hay sentido en lo que hacen más que una sensación de vida acabada en un suspiro y un descanso. Él la mira como si supiera todo de ella, la admira con cierto dolor de cabeza luego del orgasmo y ella parece sentir asco luego de no llegar a ningún lado.
Le ha faltado su luz, él tiene la gracia de poseerla y la luna luego la castiga por ser tan ingenua. Los jóvenes que no tienen la juventud se visten en silencios, ya no hay besos, ni caricias; solo queda ese sabor a metal en la boca después de pecar tanto y no llegar a nada.
Se odian, lo hacen con todas sus fuerzas, el calor del sol ya no ilumina sus sombras y todo parece resumirse a la oscuridad de una cueva que los tiene y los retiene. Hay lianas de humo negro esparcidos por los espacios tan extraños de la conciencia, ella se viste mucho más rápido y se nota como quiere marcharse de ese algo que han tenido y le sabe a nada, él lo hace más calmado más lejano a la situación de su compañera. Y ambos humanos parecen vivir una vida de lejanas casualidades, los libros en el escritorio, la taza de té olvidada y un plato que tiene sobras de alguna cena pasada han sido testigo del acto más trágico del amor.
𝐂𝐚í𝐝𝐚
Me dijiste que no, que no podías, que no sabías cómo pecar. Pero te abriste igual.
No con palabras, sino con la espalda contra el colchón y los labios temblando por todo lo que no sabías decir.
Te desnudé como quien arranca un secreto. Te temblaba la respiración, pero no apartaste la mirada cuando te besé entre las piernas, cuando mi lengua hizo lo que tus rezos no podían calmar.
Tus dedos se enredaron en mi pelo como si de ahí viniera la salvación. Y quizás sí.
Porque me suplicaste sin hablar, solo con las caderas, solo con el jadeo entrecortado que me rogaba más, más hondo, más fuerte, más adentro.
Y lo hicimos. Nos deshicimos.
Te monté como si el cielo pudiera nacer de vos, te mordí los pezones hasta que dijiste mi nombre entre sollozos, te abracé los gemidos con los dientes, y sentí cómo te convertías en pecado bajo mis dedos.
Ese momento fue sagrado.
Cuando tus piernas me rodearon la cintura y me pediste que no pare, que no piense, que no hable. Solo que te tome.
Y lo hice. Hasta que ya no fuiste ángel. Fuiste mía.
Y en esa caída, en esa mezcla de sudor, saliva y gemidos, creamos algo más feroz que el amor.
Algo que nunca sube. Solo arde. Solo queda. Como una quemadura en el alma.
𝐓𝐞𝐧𝐭𝐚𝐜𝐢ó𝐧
Esta vez no vine a adorarte. Vine a comerte.
A bajarte del pedestal y meterte en la cama, a chuparte el alma por la boca, a lamerte la pureza hasta dejarla en carne viva.
Dejá de mirar como si no entendieras que me estás matando con cada gesto inocente. No sos santa cuando me hablás con esa voz, cuando cruzás las piernas y ni siquiera sabés que me estás rezando el deseo.
No sabés lo que es querer clavarte los dedos tan profundo que te olvides de cómo se camina, de cómo se pronuncian los nombres que no son el mío.
Quiero que abras las piernas como se abren las heridas, con miedo y con hambre. Quiero empujarte contra la pared de tu cielo y que bajes solo por mí.
Voy a hacer que gimas mi nombre en todas las lenguas, que aprendas a rezar con la boca llena, que te mojes de tanto pecar entre mis muslos.
Quiero que sepas qué se siente perder la gracia entre mis caderas. Que entiendas lo que es quemarse y no querer apagar el fuego.
Y que, cuando acabes, me pidas más. Sin culpa. Sin Dios. Sin alas.

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—Lo amé... como se ama solo una vez en la vida. Con la ceguera y el delirio de quien cree que puede salvarse en otro cuerpo.
𝐂𝐨𝐧𝐟𝐞𝐬𝐢ó𝐧
Te amo. Y no lo digo como lo hacen los mortales, con flores de supermercado y promesas huecas, sino con el corazón desollado, como se ofrece un animal recién muerto al dios equivocado.
Te amo y me odio por eso.
Porque nunca quise necesitar nada que tuviera luz. Porque todo lo que he amado antes, lo he destruido.
Pero a vos no puedo. Sos indestructible. Sos incorrupta. Sos lo que jamás debió tocar mis ojos.
Y sin embargo, acá estoy: mojando tus pasos con lágrimas que no me enseñaron a llorar, mordiéndome la lengua para no gritarte que me estás salvando y eso me está matando.
Hay noches en las que intento exorcizarte de mi sangre, como si fueras un veneno dulce, como si tu recuerdo pudiera salir a latigazos. Pero no hay látigo que funcione con lo que no se quiere ir.
Tenés mi nombre escrito en las uñas. Y eso me parte.
Porque no quiero querer así, con hambre de que me mires, con fiebre en la piel cada vez que imaginás otro mundo sin mí.
Quiero ser de piedra. Quiero volver a ser de fuego. Pero me hiciste carne. Y ahora late.
Y sangra. Y te ama. Como un crimen sin resolver, como una plegaria que se repite hasta volverse herida.
𝐀𝐥𝐚𝐛𝐚𝐧𝐳𝐚
¿Cómo se escribe tu cuerpo sin profanarlo? ¿Cómo se dice “te deseo” sin ensuciarte con la boca? Te juro que intenté, que me até las palabras al paladar para no vomitarte mis ansias.
Pero existís. Y eso basta para que me arda la lengua.
Tenés la espalda de un castigo, el cuello de las cosas que no deben tocarse y un par de ojos que, si me miran, me devuelven el pecado como un espejo roto.
Caminás como si no pesara la perfección, como si no doliera existir sin culpa, y yo te observo desde abajo, atada a mi propio barro, arañando el cielo con las ganas.
Tenés el pulso de una tormenta sagrada, la voz que me haría callar siglos de gritos y los labios con los que Dios debió haber creado el mundo.
Te he alabado con la sangre de mis víctimas, con las sombras de los que se me entregaron sin saber, pero nunca, nunca nadie mereció mis rodillas como vos.
Y eso me enferma. Y eso me arranca la piel.
Porque te amo como solo aman los condenados: en silencio, con rabia, y esperando —en vano— la absolución de tu mirada.
𝐈𝐧𝐯𝐨𝐜𝐚𝐜𝐢ó𝐧
Te vi. Bajabas del firmamento como si no doliera caer, como si la gracia no pesara. Y yo, que nunca supe rezar, te recité con los dientes manchados de furia.
No fui hecha para el temblor de tus alas, pero aun así extendí mi carne rota como altar, como trampa, como súplica.
Mis manos huelen a carne quemada de tanto intentar alcanzarte, de tanto ofrecerte mi alma sin envoltorio ni decencia, como se ofrecen las bestias: con la lengua afuera y los huesos a la vista.
Nombrarte es escupir luz, es tragar vidrio bendito, es desnucarme sola en la idea de que podrías tocarme sin disolverme.
Te invoqué, te dibujé en las paredes de mi infierno con uñas, con llagas, con los restos tibios de lo que alguna vez amé.
No viniste por mí. Pero igual bajaste. Y yo te vi. Y ya no me pude morir.
𝙇𝙖 𝙈𝙖𝙜𝙖 𝙮 𝙨𝙪 𝙛𝙤𝙧𝙢𝙖 𝙙𝙚 𝙖𝙢𝙖𝙧
Nunca necesité entenderla del todo para amarla. Bastaba con verla entrar a una habitación con esa calma antigua que sólo tienen las cosas que no intentan brillar, pero lo hacen igual. Era la Maga. Y con eso alcanzaba.
No me tocaba como otros me han tocado. No se le escapaba la mano hacia la cintura o el muslo como quien tantea el terreno antes de lanzarse. Ella no tanteaba. No necesitaba explorar mi cuerpo porque le bastaba con observarme mientras hablaba. Esa forma suya de escucharme, con la cabeza ligeramente inclinada y los ojos atentos, como si cada palabra mía fuera un mundo por habitar.
Nunca me pidió que me desnudara. Pero me dejaba desnuda. No con gestos, ni con urgencias, sino con preguntas. Con esa forma suya de mirarme largo y hondo, hasta que me dolía el alma y luego, de algún modo, ya no.
La primera vez que me confesó su verdad lo hizo con la misma sencillez con la que uno habla del clima o del pan que sobró del desayuno. Dijo: "No lo siento así, no necesito eso y no está en mí."
Y lo dijo sin culpa. Sin esperar que yo lo arreglara ni que yo me fuera.
Y lejos de confundirme, sentí que todo tenía sentido. Porque ella era así: una mujer de amor sin hambre, de ternura sin garras, de abrazos que eran un mundo entero.
A su lado aprendí que hay otras formas de amar. Que el deseo no siempre es piel que busca otra piel, que a veces es alma que quiere quedarse en el silencio de alguien. Que hay miradas que arden más que un roce, y hay manos que nunca tocan pero sostienen.
Y si alguna vez sentí el impulso de besarla, no fue por necesidad, sino por belleza. Por ese gesto de querer acercarme a lo inalcanzable, como quien acaricia una estrella sabiendo que el calor no va a llegar, pero la luz sí.
La Maga es asexual. Y no es una ausencia, ni una negación. Es un modo distinto de habitar el cuerpo, de elegir el vínculo, de ser presencia sin reclamo. Ella no desea como nos enseñaron a desear, pero ama como nadie me ha amado: con constancia, con humor, con palabras que se clavan donde duele y abrazan donde uno ya ni sabía que estaba roto.

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𝐈𝐠𝐮𝐚𝐥𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐩𝐞𝐫𝐯𝐞𝐫𝐬𝐨
Hay cosas que no deberían decirse, no porque sean mentira, sino porque son demasiado ciertas. Como esa vez en que pensé que era igualmente perverso amar a alguien y seguir eligiendo lo que lo lastima. No con saña, no con intención de herir, pero sí con esa cobardía tibia que se disfraza de “no sé qué quiero” o de “estoy confundida”.
Te juro que me he mirado mil veces al espejo, intentando entender cómo es posible que convivan en mí el afecto más honesto y el impulso de volver, una y otra vez, a lo que sé que me aleja de vos. Y no tengo respuestas, sólo esta sensación de estar desdoblada, de vivir dos vidas en una, de querer con el corazón pero actuar con el miedo o la costumbre o el deseo de no perder mi libertad o lo que yo llamo libertad y a veces es apenas un desorden que me da vértigo soltar.
Y sé que no se puede querer bien desde ahí. Lo sé. Porque también he estado del otro lado, del lado de quien espera algo que nunca llega del todo, que recibe migajas envueltas en palabras lindas, que se queda por si alguna vez se da el milagro de que la otra persona elija por fin quedarse, sin peros, sin idas y vueltas, sin ese “todavía no” que acaba sonando a “nunca”.
Me siento culpable, pero no lo suficiente como para cambiar. Me siento rota, pero lo justo como para seguir andando. Porque hay algo igualmente perverso en este querer que no se entrega por completo, en esta ternura que acaricia pero no protege, que acompaña pero no sostiene. Y aún así, lo llamamos amor. O algo parecido.
No sé cómo se construye una salida desde acá. No sé si es cuestión de coraje o de pérdida. Si hay que irse o hay que quedarse y, por fin, elegir con firmeza. Lo que sí sé es que algo se rompe cuando una persona da y la otra sólo puede recibir a ratos. Y yo he sido esa. He sido la que aparece, la que se muestra abierta, la que promete aunque no con palabras, sino con gestos tibios, abrazos a destiempo, mensajes de madrugada, silencios interrumpidos por un “te extraño” que no sé si realmente siento o si digo para no perderte del todo.
Tal vez lo más perverso no es hacerle daño a alguien. Tal vez lo más perverso es hacerle bien a medias. Dejarlo esperando. Amar con la mitad del cuerpo, con un corazón que aún duda.
Y lo peor de todo, lo que más me cuesta admitir, es que a veces me convenzo de que eso también es amor.
Aunque sé que no lo es.
El día que decidas volver las flores serán del color del invierno, tendrán sus hojas perladas con un tono carmesí y los pájaros cantarán las melodías que se cantaron en veranos pasados. La gente de la calle vestirá ropas distintas y se sonreirán los unos con los otros porque habrán sabido encontrar la paz en las distintas banalidades de la vida. Todo parecerá tener un tono más humano, un tono más natural, como la luz del sol en una tarde y entrando por una ventana.
El día que decidas volver las flores sentirán que brillan bajo tu luz, pero estarán más interesadas en recibir la del sol y ya no importará si las alumbras o no; ese día ya no me importará tanto como hoy y yo ya habré emigrado a otros brazos.