Soy Ubay
Hay otros lenguajes.
Hoy estoy tan metida en mi cabeza que no siento mis rededores. Un rumor lejano me repite que tengo que Hacer Cosas. Oigo pero no escucho. Mi mente es pantano.
Mi primo me habla por Whatsapp.
Soy Ubay. Soy Ubay. Soy Ubay. (…) El virus es malo. El virus ya está acabando. El virus es malo. El virus ya está acabando.
La primera repetición le sirve para reafirmarse: En el mundo, soy Ubay. Hombre guanche. Luego, las que siguen son ecos de lo que le dicen otros para calmar ansiedades pandémicas compartidas. Soy Ubay, y esto es lo que me han contado de lo que pasa ahí abajo. Mientras su mente flota a mil kilómetros, su cuerpo vive en un mundo que, si es difícil de entender para el ser humano que imaginamos normal, para él más.
Nos encontramos en ese lenguaje disasociado. Aunque yo vivo más pegada al suelo, nos entendemos en la electricidad de lo enunciado. Es un lenguaje más allá de la confinación de las líneas. Indecible. Es el silencio que nombras y se desvanece. Limitarlo lo bajaría al mundo material. Es un lenguaje del cielo.
Mensaje escrito, le mando por nota de voz, y mensaje de voz, le escribo. Intento seguir sus reglas. La lógica la pone él, que es el que está más loco.
Como de costumbre, me llama y me dice: Mándame una nota de voz diciendo “Soy Ubay, María”.
Soy Ubay, María. Pausa. Pero soy María, no Ubay, eh, le grabo yo.
Aunque le envío un sticker de un perrito, no vuelve a contestar. Tendrían que gustarle, a todo el mundo le gustan los perritos. Incluso a los retrasados. Pruebo con otro de Baby Yoda. Nada. Hasta la próxima.
Nuestros encuentros son incoherentes. Sin embargo, me habla en un lenguaje magnético. Siempre me lo ha parecido. Cuando de pequeña iba a visitarle me daba miedo. Mis abuelas me decían que cuando era niño, era normal. Al final, su cuerpo se adelantó a su capacidad de razonar con el resto. Cada año, semanas después de dejar la isla, su esquema mental disfuncional se quedaba conmigo. Imitaba, sin querer, sus movimientos espamódicos de brazos. La María de 9 años, muy capacitista ella, se preguntaba: ¿Seré yo también retrasada? No podía ser, yo era muy lista. Pero tampoco hablaba el lenguaje de los demás niños. Entonces, ¿Qué era yo?
Quizá solo estoy romantizando a un niño de 30 años que me pide cada semana que le mande moticonos y mensajes de audio. Quizá cada niño se monta su mundo de juego y, como bien indica Freud, una vez crece en poeta, tiene la capacidad de elevar sus fantasías a literatura para que los demás se emocionen. Pero siguen siendo juegos de niños. Paradójicamente, ahora que he crecido, no quiero dejar de entender a los niños. No quiero olvidar esa lengua materna primitiva. Entonces, ¿Qué soy yo?
12/03/2021















