La canción que también da nombre al nuevo álbum de Enrique Bunbury. Además de ser una delicia en cuanto a interpretación y arreglos musicales, creo que lejos de poder catalogar a Bunbury únicamente como una estrella de rock, deberíamos darle su lugar entre los grandes liricistas.
Esta canción en especial tiene muchos matices. La frase “de un siglo anterior” puede generar cierta nostalgia en quienes nacimos en el siglo pasado, y algo de eso hay en la lírica. Pero esta vez quiero enfocarme en una parte específica de la canción:
“Vulgaridad y economía de la atención
la lección vital de la cruz
Partiendo desde la economía de la atención, ese concepto que refleja el interés económico por captar nuestra mirada, reducir costos y multiplicar ganancias en el proceso. Para la lógica de la atención, lo importante ya no es lo verdadero, lo bello o lo profundo, sino aquello que captura más rápido el deseo, el impacto y el morbo.
Históricamente, la palabra “vulgar” ha estado ligada a jerarquías sociales y culturales. Del latín vulgus, que significa “el pueblo”, “la multitud”, “la gente común”. Originalmente no tenía una connotación ofensiva. Sin embargo, con el paso del tiempo, las élites culturales comenzaron a asociar “lo popular” con la falta de refinamiento. Y así nace esa carga negativa sobre el concepto.
La vulgaridad entonces no es solamente una conducta; también es una categoría social. Una forma de mirar al otro desde arriba. Y quizá por eso resulta tan funcional dentro de la economía de la atención: porque aquello que antes era despreciado por las élites, hoy también puede convertirse en mercancía rentable.
“La lección vital de la cruz, todo es tabú”.
Podríamos enumerar algunas de las razones de la condena de Jesus Cristo: la crítica a la hipocresía religiosa, la cercanía que tuvo con los marginados, el cuestionamiento a ciertas estructuras morales y políticas de su tiempo.
Jesús hablaba con prostitutas, con pobres, con enfermos; criticaba autoridades religiosas y alteraba jerarquías morales. Eso rompía los límites permitidos en su época. Cristo, en su momento, fue el tabú.
Porque el Tabú no es únicamente “lo prohibido”, sino una frontera social y simbólica. No es solamente lo malo o lo pecaminoso; es aquello que amenaza el orden establecido de relaciones, valores o significados. El tabú aparece cuando alguien cruza el límite de lo aceptable. Un límite histórico, cultural y político.
“La bancarrota espiritual y la esclavitud”.
Un fenómeno que quizá comenzó con la modernidad y esa separación entre lo divino y lo racional. El abandono de ciertas formas de fe en nombre del pensamiento científico y moderno. Pensamos que eliminamos la necesidad humana de creer, cuando en realidad lo único que cambió fue el objeto de adoración.
La espiritualidad fue reemplazada por mecanismos de validación permanente: el consumo, la productividad, la imagen, la aprobación, la atención constante.
Y es ahí donde se cuela la esclavitud...
¿No es acaso el esclavo el primero en sufrir la bancarrota espiritual?
Aquel que fue despojado de todo, incluso de sus creencias y su cultura. Evangelizado y domesticado, sometido a las ideologías de sus amos.
Quizá esa sea la verdadera tragedia moderna.
Pensamos que habíamos dejado atrás los altares, los dogmas y las cadenas.
Pero solo cambiamos de dioses.
La atención reemplazó a la contemplación.
El consumo a la espiritualidad.
Y la validación permanente a la fe.
Tal vez por eso Bunbury canta desde “un siglo anterior”.
No como un gesto de nostalgia vacía, sino como alguien que observa un mundo hiperconectado, saturado de estímulos y entretenimiento, pero cada vez más incapaz de encontrar sentido.
Porque al final, la esclavitud más eficiente no es la que encadena el cuerpo…
sino la que logra domesticar el espíritu.