Carta que jamás fue entregada.
¿Como a las cuántas indirectas te das cuenta de que me gustas? ¿A las cuántas miradas?
¿Cómo le hago para que te des cuenta de que busco mis escusas para estar contigo? Que me atraes como la miel a las abejas. Que eres tan necesaria en mi vida como tomar agua todos los días, que tu existencia basta y sobra para alegrarme el día. Que no necesitas hacer nada, que Dios ya hizo todo al inventarte; al ponerte en mi camino cuando menos lo esperaba. Ha sido una grata sorpresa, lo confieso, ha sido una larga espera. He llegado a pensar que, en mi otra vida, si es que existe, tuve que haber hecho algo muy bueno para conocer a alguien como tú. ¿Pero qué te falta para estar conmigo? O, mejor dicho, ¿qué me falta? Qué me falta para tener tus brazos alrededor de mi cuello, para tener tus labios en mi boca y expresar con besos, todo o que no puedo expresar con palabras.
Tener tu piel bien juntita a la mía para que se conozcan y contarte las pecas de la espalda y equivocarme una y otra vez, y todas las veces que sean necesarias.
¿Qué me falta para ser tu confidente, tu amante, tu cómplice, tu amigo, tu compañero de vida y disfrutar de este viaje, juntos? Porque déjame decirte que tengo un buen plan para nosotros, que incluyen unos ricos domingos de películas en mi cama, Varios atardeceres en una playa paradisiaca rentada exclusiveness para ti y para mí. Una mañana fresca despertando en una cabaña despertando debajo de muchos cobertores. Algunas discusiones, claro, para no caer en la monotonía. Y sobre todo para reconciliarnos en el colchón, en la regadera, en la cocina, en el comedor, en el carro, en donde se pueda.
Hacer una bonita familia; claro, ellos se parecerían más a ti porque lo importante es mejorar la especie. Trabajar juntos, hombro a hombro, con la única intención de hacernos felices. Yo Ernesto, prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso; en la salud y en la enfermedad. Amarte y respetarte en ese momento en que tus pechos se vayan al piso y que yo no pueda mantener una erección. En el momento en que veamos partir a nuestros hijos de la casa y nos preguntemos cómo se nos fue el tiempo tan rápido. En el momento en que, oxidados, no viejos, nos sentemos en una mecedora a platicar de todo lo que hicimos... porque todo lo haremos, si tú quieres. O, mejor dicho; si tú puedes.
Tal vez el destino nos puso en el mismo camino, pero eso no quiere decir que tengas que quedarte para siempre... Sólo un favor: si no puedes quedarte, no rompas nada al salir.












