Una palabra de su boca derretía todos los casquetes polares de mi corazón. Me rompió los esquemas, e hizo de su locura un lugar donde vivir.
Una puta loca, cómo una bala perdida, cómo la risa del culpable. cómo el tabaco sobre el papel fino cómo una caricia antes del beso, cómo el pero, antes del te quiero: movía sus piernas de puta madre, y le daba la risa, y lloraba con tanta alegría, que ya no sabía la diferencia entre la soledad y la tristeza.
Dependía de ella coserse la boca y besarse el corazón: le llamaban “GRECIA”. Por todas las costuras sobre sus hombros, pero seguía siendo increíblemente preciosa, por toda la libertad que le costo el frío de sus pies.
Era la dopamina que dictaminaba el curso insustancial, de la magia que desprendían mis dedos, al hablar de ella.
La quería porque jamás le había conocido con tanta calma y paz.
Y me he vuelto egoísta, porque todos sus besos los quiero para mí. Y me llega la tristeza pensando en el rojizo de sus labios, en el azul de sus venas, en lo mucho que he de extrañar a esa puta loca, cuando me diga que no.
— Álex Hernández. Poema 112: maldita zorra libre.















