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Prólogo
Chove há três dias e eu nunca consigo atravessar essa rua direito.
É a mesma esquina de sempre, o mesmo sinal que demora a fechar, o mesmo carro branco que sempre passa rápido demais quando o farol já estava fechado para ele. Eu sei disso. Todo mundo do bairro sabe disso. E, mesmo assim, é a essa esquina que meus pés me levam, todo santo dia, no mesmo horário, como se meu corpo tivesse decorado o caminho antes de mim.
Estou pensando em besteira: no que vou cozinhar, numa mensagem que preciso responder e continuo adiando.
O guarda-chuva vira ao vento e me faz cambalear pro lado. Só isso. Uma coisa idiota, banal, o tipo de coisa que não devia significar nada.
E então, por um segundo o barulho do trânsito desaparece. Não literalmente, pois ainda ouço os carros, a chuva batendo no asfalto, uma buzina longe, mas por dentro tudo fica quieto. E eu penso: de novo.
Não sei o que aquilo quer dizer e não tenho tempo de descobrir.
Não vejo o carro, só sinto o vento dele e há uma dor que não chega a doer, porque tudo acontece rápido demais para o corpo processar como dor de verdade. Só um impacto, uma pressa súbita e depois nada.
Nada, exceto essa sensação estranha de reconhecimento. Como se eu já tivesse estado ali, naquele exato ângulo de asfalto molhado. Como se essa não fosse a primeira vez que o mundo decidisse que minha história terminava assim.
E, por baixo do medo, da confusão, do escuro que começa a fechar as bordas da minha visão existe uma certeza pequena e absurda: alguém está vendo isso acontecer.
Alguém sempre vê.
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Westbrook nunca ha sido un lugar especialmente importante.
Apenas un pequeño pueblo rural, perdido entre bosques, carreteras secundarias y kilómetros de campo abierto; uno de esos lugares donde los dÃas parecen transcurrir siempre al mismo ritmo y las novedades duran poco antes de convertirse en parte de la rutina. Con la llegada de Junio, las aulas comienzan a vaciarse, las graduaciones ocupan las conversaciones de la semana y los más jóvenes cuentan los dÃas que faltan para el comienzo del verano.
A simple vista, todo parece igual que siempre.
Pero durante las últimas semanas, algunas personas han empezado a notar cosas difÃciles de explicar. El ruido de camiones atravesando la carretera en mitad de la noche. Luces que permanecen encendidas más allá del bosque cuando el resto del pueblo duerme. Rumores que aparecen en una esquina y resurgen dÃas después en otra, siempre incompletos, siempre inconexos, siempre acompañados por la sensación de que falta una parte de la historia.
Y entre todos ellos, un nombre:
Victor Crowe.
Puede que no sepas quién es. La mayorÃa de las personas en Westbrook tampoco parecen compartir la misma respuesta. Sin embargo, durante los últimos dÃas, su nombre ha comenzado a aparecer en conversaciones, rumores y especulaciones con una insistencia difÃcil de ignorar; como si todo el pueblo estuviera intentando completar una historia de la que todavÃa faltan algunas páginas.
Quizá dentro de unos meses nadie vuelva a hablar de ello.
O quizá este sea el momento exacto en que todo comenzó.
The Wildest of Us: Prólogo
Mariana Palova Mayo 22, 2017
Una vez, los ecos más viejos del bosque me contaron cómo comenzó la leyenda.
Bajo la luna, ocultándose entre las copas de los árboles, susurraron que la primera vez que el pequeño lobo abrió los ojos fue tan solo un par de minutos después de haber nacido; algo muy inusual aun para una criatura de su inusual naturaleza. Y que lo primero que encontró aquella mirada inocente, fue su propio hocico, gris como la ceniza, yaciendo sobre el helado suelo de la improvisada madriguera.
Distinguió de inmediato el azul nÃtido y vibrante de las paredes de roca, las cuales tiritaban con diminutos resplandores plateados asemejándose a un manto de estrellas; como si los muros de aquella cueva se hubiesen revestido de un asombroso cielo nocturno para darle la bienvenida al mundo de los mortales.
Pero como la belleza nunca es consuelo para una criatura recién nacida, la frialdad de la caverna le mordió los frágiles huesos. Se revolvió sobre sus cortas patitas e intentó levantarse; la ausencia del calor que habÃa sentido mientras estaba en el vientre de su madre era dolorosa, y la placenta ensangrentada que lo recubrÃa ya se habÃa enfriado largos minutos atrás.
La sombra de la inquietud comenzó a llenarlo de miedo, asà que, azotado por el frÃo y la confusión, el cachorro abrió la garganta, la apretó y dejó salir un gañido lastimero, instintivo y demandante.
Lo único que le contestó fue un gemido en la penumbra; un timbre femenino que él reconoció de inmediato, asà que volvió a chillar y giró su cabeza en todas direcciones, tratando de encontrar de nuevo la voz de su madre.
El pequeño, al no escucharla de nuevo, sollozó con una voz tan tierna que un corazón se partió en la oscuridad, junto con el ruido de una lágrima arrebatada de una mejilla.
—Aquà estoy, mi cielo.
Dijo su madre al fin, en medio de los resplandores de la cueva; sus ojos grises miraron a su bebé con ternura, y aunque los débiles atisbos de luz y el cansancio apenas le permitÃan reconocerlo con claridad, ella sintió un amor tan poderoso que todas las lágrimas que aguantó durante el complejo parto por fin estallaron en sus ojos.
Cuando el hocico del lobo le rozó uno de los muslos, buscando su cercanÃa, la mujer sonrió, enamorada.
Estiró los debilitados brazos y tomó a su crÃa, aún unida a la cavidad de su entrepierna gracias al cordón umbilical. Sintió un tirón en el vientre, pero aun asà lo acunó en su pecho. Suspiró, pasando sus delgados dedos entre el pelaje grisáceo de su hijo, removiendo con cuidado los restos de la placenta.
Al sentir una ligera corriente soplando desde el exterior, lo envolvió con más celo entre sus desnudas extremidades y se recargó contra la pared rocosa de la estrecha cueva donde habÃa escogido parirlo. TenÃa una gruesa piel a su lado para proteger a su bebé y a sà misma del frÃo, pero prefirió refugiarlo primero en su propio calor materno.
A pesar de todo, la joven mujer sabÃa muy poco de lobos, pero su instinto le decÃa que aquellos primeros minutos eran vitales. No solo para el pequeño, sino para ella; para que por fin comprendiera que todo eso estaba sucediendo. Para que entiendera que ese era su hijo, su pequeño, y que nada en este mundo iba a cambiarlo.
De pronto, se sintió devastada. Era consciente de que todos los meses que estuvo cargando a ese pequeño en su vientre, nunca tuvo claro qué sentirÃa al verlo por primera vez. Incertidumbre era siempre su primera opción, pero en los momentos más bajos… era miedo.
Quiso arrancarse a llorar, avergonzada de sà misma, pero el pequeño cachorro volvió a gemir, ahora con más fuerza. A ella le bastó mirarlo un instante para darse cuenta de que estaba hambriento, asà que lo acunó cerca de uno de sus pechos para que pudiese alimentarse.
La mujer sonrió, enternecida al ver a su criatura aferrarse a su seno sin un solo colmillo. La naturaleza comenzó a aullar entre ellos, cerrando un dulce vÃnculo que ni la distancia o el dolor iban a ser capaces de romper. Jamás.
Después de tantos años, Ivanna sintió que por fin su vida volvÃa a tener sentido. Que ahora, débil, agotada y sucia en aquella solitaria cueva, era más fuerte que nunca. Porque se habÃa vuelto madre, y la razón más poderosa del mundo para ser valiente yacÃa entre sus brazos.
Pero aun asÃ, en medio de esa inmensa ternura, sintió frÃo.
Levantó la barbilla y miró hacia el útero de la cueva, la cual se alargaba varios metros para desembocar a los pies de la mÃstica montaña azul. Ella apretó con cuidado a su pequeño como si un monstruo se cerniera sobre los dos, como una sombra, como una furia, porque a pesar de saber que se encontraba en territorio sagrado e intocable… Fuera de aquellas frÃas paredes nocturnas tan solo le aguardaba un mundo salvaje y cruel que tarde o temprano tendrÃa que enfrentar.
Un mundo que no tendrÃa piedad contra su bebé, porque en el indómito reino de Runa, donde la tierra es azul como los zafiros y los árboles negros como brazos abismales, no habÃa perdón para las criaturas como su hijo; para aquellos fuegos fatuos que nacÃan bajo la furiosa luna anaranjada. Ivanna sabÃa que en esa tierra cubierta de nieve y cenizas, las leyendas eran odiadas, perseguidas y azotadas con puño de hierro.
Y que ese dÃa, ella habÃa parido a la leyenda más grande de todas.
Muchas gracias por leer, ¡espero que te haya gustado! Recuerda que es un borrador inicial, por ende, la publicación final puede diferir de ésta. No olvides dejar tu comentario y compartir los inicios de esta historia; también, te dejo el link de goodreads para que la agregues a tu estanterÃa. Toma en cuenta que este libro ya cuenta con pre-registro oficial. ¡MuchÃsimas gracias por tu apoyo! ¡Y bienvenidos de nuevo a mi fogata!