Pasada la media noche, cuando las almas en paz descansan en los brazos de Morfeo, la mía hace un viaje bastante extenso. Recorre de sur a norte todos los caminos que una vez, mi triste corazón transitaría en tardes llenas de leche y miel, embriagante y pacificadora; repasa senderos sube y baja escaleras grises, recoge lagrimas derramadas y se esconde en lugares que antaño fueron especiales; visita tristezas y alegrías, observa suspiros infinitos que fueron caras llenas de gozo; guarda recuerdos y rememora alegrías, se queda observando, a veces con confusión, lugares donde descubrió maravillas naturales y artificiales, mira a la cara a Dios, lo cuestiona y lo ama. Se proyecta y se sustrae de cualquier rastro de vida. Pero también encuentra caminos, caminos que llevan a la nueva Roma, una Roma que cruza puentes, ríos, montañas, una Roma que pasa por la Pintada y llega, exhausta, a una ciudad movida por la contemporaneidad y la nueva vida. Pasa por calles desconocidas buscando un lugar que no conoce personalmente, un lugar hablado, una especie de Atlantis, una ventana escondida en un cuadro mítico, una cama cálida que espera con paciencia su llegada.
Durante el camino, piensa, que aquella alma atrapada en su cuarto también le busca, piensa esto con incertidumbre, pero nunca pierde la fe. Mientras tanto, su cuerpo (yo) se envuelve en un humo espeso con sabor a muerte y tabaco, un humo que se escabulle y cruza con todos sus sentidos corpóreos, algo problemático y tedioso, pero que aligera la espera. Las velas son su inicio y su final.
A veces encuentra su destino y da gracias al ci elo por el camino recorrido y pide paz en el camino por recorrer. Encuentra aquellos brazos prometidos y halla dicha en esos labios que dicen ser solo suyos, se pierde de nuevo entre esos hermosos cabellos, se toma con aquellas delicadas caderas y revolotea, con la que proclama ser, su amada.
En la mañana, cuando el sol, tímido, entra por su ventana, respira un olor mágico, un olor de regocijo, un olor a madera calida, a colonia y alegría; un olor respetuoso, que entiende su espacio y da gracias por ser compañía. Un aroma que perdura y reconforta y, así, como si hubiera descifrado el dilema de la creación, empieza otro día, largo y agotador, pero bañado en la alegría renovadora del amor.