Aquel domingo
Aun recuerdo aquel domingo. Me encontraba ensimismado, como ya se volvía costumbre, pensando en como el pasar de las horas se hacía algo notable, a tal punto que únicamente esperaba que el astro padre diera paso a la luna para ir a dormir de nuevo doce horas. De repente un breve destello de inquietud cruzó mi cabeza; en seguida volví a mi estado natural de lunes a viernes: me sentía ahogado por mi pasión. A pesar de la simpleza de mi vida poca cosa me hacía agobiar tanto como darme cuenta de todo lo que había acumulado durante la semana. Tareas, trabajos, exámenes, todo cuanto se ocurriese debía. Pero no es menester malinterpretar mis sentimientos. No espero comprensión de ningún tipo y mucho menos generar lastima, pero desde el momento en que lo único que te motiva a levantarte cada día es volver a dormir, muchas verdades salen a la luz.
Recuerdo que aquel domingo, envuelto en mis pensamientos como de costumbre, conocí a alguien muy particular. Su cabello era oscuro, como sus ojos; tenía una cara normal, a pesar de caracterizarse por su contextura robusta. Recuerdo sus labios secos y sus ojeras, como si cargara un secreto o un dolor en el corazón, un dolor que parecía una mancha, un dolor que era su cruz. Su mirada era diferente a su aspecto físico, parecía emocionado como si su plan estuviera en orden, demostraba seguridad y, sin decir una palabra, era capaz de expresas sus ideas sin mucho problema. En un momento resolvió todo: habló con quien tenía que hablar, escuchó lo que tenía que escuchar, escribió lo que tenía que escribir y, como vino, se fue.
Aun recuerdo su forma de ser particular. Un rostro cargado de tristeza, pero una eficiencia y motivación incomparable. Después de su partida volví a entrar en mis pensamientos y, con tristeza, me di cuenta de la verdad.
Aun recuerdo aquel domingo en que conocí al otro yo.














